Capítulo 4 #2
Y por primera vez desde que la conozco, no tengo ni idea de qué contestar.
Me quedo mirando cómo la lluvia resbala por el cristal, con el olor de los dos todavía metido en la ropa, y pienso que acabo de casarme con una desconocida por seis mil euros y que la única cifra que ahora mismo me importa de verdad es cuántos días quedan hasta que vuelva a verla.
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Me despierto solo, en mi propia cama, sin recordar muy bien cómo he llegado hasta allí ni a qué hora la dejé a ella en su portal, solo el detalle nítido de un beso más, corto y torpe, contra la puerta del coche, y un «no le des demasiadas vueltas» que ella misma pareció no creerse mientras lo decía.
El teléfono me despierta del todo. Es Peio, desde el salón, gritando que hay café hecho, y cuando salgo de la habitación me lo encuentro sentado en el sofá con cara de resaca ajena, viendo highlights de fútbol con el volumen bajado por una vez en la vida.
—¿Qué tal la noche de bodas? —pregunta, sin apartar la vista de la tele.
—No sé de qué me hablas.
—Ya. Por eso has vuelto a las tres de la mañana silbando por el pasillo como un idiota.
No le contesto. Me sirvo el café y me quedo apoyado en la encimera, mirando por la ventana el día gris de siempre, con la cabeza todavía a medio camino entre lo que ha pasado anoche y lo que se supone que tenía que pasar, que era firmar un papel y ya está, nada de coches empañados ni de risas contra el cuello de nadie.
Miro el móvil. Ella no ha escrito nada. Yo tampoco sé qué escribiría si lo hiciera.
Me visto para el turno de las doce pensando que, contrato aparte, papel aparte, dinero aparte, hay una parte de todo esto que se me ha escapado de las manos anoche sin que me diera ni cuenta, y que ahora, a la luz gris de un viernes cualquiera, no tengo ninguna intención de recuperar el control sobre ella. Al menos no todavía.
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Nayara se entera por Instagram, porque alguien ha etiquetado el bar de pintxos de la cena de después y ella sigue esas cuentas de cotilleo del barrio por puro vicio, y llega al turno de mañana con el teléfono ya en la mano antes de haberse puesto el delantal.
—¿Me puedes explicar por qué sales en una foto con traje, delante de un juzgado, con una tía que no eres yo?
—Porque me he casado, Nayara.
Se queda con la boca abierta, con la espumadera colgando de la mano, goteando aceite sobre el suelo sin que a ninguno de los dos le importe en ese momento.
—¿Te has casado de verdad? ¿Con la de los seis mil euros?
—Con la de los seis mil euros.
—Roque. Roque, mírame. ¿Estás bien de la cabeza?
—Estoy perfectamente de la cabeza. Y con el frenillo de mi hermana ya pagado, por cierto.
Eso la frena un segundo, porque Nayara conoce a Uxue de las tardes que ha venido a esperarme al final del turno, y sabe lo que llevo meses dándole vueltas al tema del dentista.
—Vale. Eso lo cambia todo. Pero sigo pensando que estás como una cabra.
—Es posible.
—¿Y ella? ¿Está buena al menos, si vamos a ser superficiales un momento?
—Nayara.
—Es una pregunta legítima, Roque, te acabas de casar con una desconocida.
No le contesto, porque contestar a esa pregunta en concreto me obliga a pensar en Olalla de una manera que llevo evitando hacer en horario de trabajo, y porque además el encargado acaba de entrar por la puerta de atrás y las dos sabemos que si nos pilla de cháchara nos toca limpiar la freidora grande, la que nadie quiere limpiar nunca.
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Olalla me escribe el domingo por la noche, cuatro días después de la boda, cuando ya había empezado a pensar que lo de aquella noche en el coche iba a quedar enterrado por los dos de mutuo acuerdo tácito, sin necesidad de hablarlo.
«¿Podemos vernos? Necesito hablar de una cosa. Nada malo, tranquilo.»
Se lo enseño a Peio, que lee el mensaje por encima de mi hombro sin ningún pudor, como hace siempre.
—«Nada malo, tranquilo» es justo lo que dice la gente antes de soltar algo malísimo, Roque. Prepárate.
Quedamos al día siguiente en un banco del parque de la Florida, terreno neutral, ninguno de los dos en su barrio ni en el del otro.
Ella llega con dos cafés para llevar, me da el mío sin decir nada, y se sienta con las piernas cruzadas y la vista fija en las palomas durante un rato que se hace largo.
—Fermín me ha pedido la documentación para el comité —dice al fin—. Libro de familia, certificado de convivencia, lo normal.
—¿Y eso es un problema?
—El certificado de convivencia es el problema. Porque no convivimos, Roque. Y si alguien de Recursos Humanos decide comprobarlo, empadronamiento incluido, se nos cae todo esto encima de golpe.
Le doy un sorbo al café, dejando que la información se acomode antes de contestar, porque intuyo que esto es solo la primera parte de lo que ha venido a decirme.
—¿Qué propones?
—Que uno de los dos se empadrone en casa del otro. Solo sobre el papel, evidentemente. Pero eso significa que, si alguien viene a comprobar, tiene que parecer que de verdad vivimos juntos. Ropa en el armario, cepillo de dientes, ese tipo de cosas.
—O sea, que ahora encima tengo que mudarme un poco a tu casa de mentira.
—Un poco a mi casa de mentira, sí.
Me quedo mirando las palomas, que a estas alturas ya se han dado cuenta de que no llevamos nada de pan y han perdido todo interés en nosotros, y pienso que ojalá fuera tan fácil para mí perder el interés por esta mujer que se ha convertido, sin que ninguno de los dos lo planeara, en la persona con la que más hablo en todo el día.
—Vale —digo—. Pero el mando de la tele lo controlo yo cuando esté en tu casa. Es lo único que pido.
Se ríe, esa risa que ya no le cuesta tanto sacar como al principio, y por un momento, sentados en un banco cualquiera de un parque cualquiera de esta ciudad, con dos cafés que se enfrían sin que a ninguno le importe demasiado, tengo la sensación clarísima de que este contrato, el que empezó con un semáforo y un insulto, se me está yendo de las manos de la mejor manera posible.