Seis mil razones para casarse Capítulo 4
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Capítulo 4

—Así que tú eres el afortunado.

Nayara lo dice sin levantar la vista de la báscula de las patatas, con ese tono suyo que no distingue bien entre ironía y desprecio, y que a estas alturas del turno ya ni me molesto en corregir.

—No sé si "afortunado" es la palabra.

—Seis mil euros por firmar un papel. Yo firmaría hasta la Constitución si me pagaran eso.

—Es más complicado que firmar un papel.

—¿Ah, sí? ¿Qué tiene de complicado?

No le contesto porque no tengo una respuesta que suene bien en voz alta.

Llevo tres semanas viendo a Olalla dos, a veces tres veces por semana, para papeleo, para detalles, para una cena con su tía Braulia en la que tuve que inventarme que nos conocimos en un curso de electricidad —lo único remotamente cierto que se me ocurrió— y en la que la mujer no dejó de mirarme las manos como calculando si valía para algo.

Lo complicado es que ya no me acuerdo de qué se siente estar nervioso el día antes de algo importante, y llevo dos noches sin dormir bien, y no es por el dinero.

Lo complicado es que Olalla tiene una risa que no enseña casi nunca, guardada como si costara dinero sacarla, y cuando se le escapa entera, sin control, algo se me mueve por dentro que no tengo ningún interés en analizar.

Lo complicado es que hoy es jueves.

Peio se ha tomado la mañana libre solo para acompañarme a comprar algo decente que ponerme, porque según él —y en esto, para variar, tiene razón— no pienso presentarme a mi propia boda con la sudadera de los findes.

—Esta no. Pareces un pinche de cocina de gala.

—Es una camisa blanca, Peio.

—Es una camisa blanca fea. Hay grados.

Terminamos en unos grandes almacenes del centro, con Peio sacando camisas de las perchas como si llevara toda la vida haciendo de estilista y yo probándomelas en un vestidor diminuto que huele a plástico nuevo, hasta que da con una azul marino, sencilla, que según él «no parece que te la hayas comprado por obligación, aunque te la hayas comprado por obligación».

—¿Sabes qué es lo más raro de todo esto? —le digo, abrochándome el último botón frente al espejo.

—¿Que te cases por dinero con una desconocida?

—Aparte de eso.

—Dispara.

—Que tengo más ganas de las que debería.

Peio deja de doblar la camisa que no hemos comprado y me mira por el espejo, con esa cara suya que solo pone cuando algo le parece de verdad importante y no una broma más para el grupo de wasap del piso.

—Roque. Eso no suena a contrato.

—Ya lo sé.

—Suena a otra cosa.

—Ya lo sé, Peio.

No añade nada más, por una vez en su vida, y se limita a darme una palmada en el hombro antes de arrastrarme hacia la caja, donde pagamos la camisa a medias porque, según él, «invertir en el amor de mi colega de piso es la única inversión que voy a hacer en mi vida», cosa que dudo mucho pero que le agradezco de todas formas.

·  ·  ·

El juzgado de lo civil no se parece en nada a lo que había imaginado.

Esperaba mármol, esperaba solemnidad, y en cambio me encuentro un pasillo con sillas de plástico naranja, una funcionaria mascando chicle detrás de un cristal y una pareja de verdad, la de antes que nosotros, llorando los dos a la vez con un bebé de meses berreando en brazos de la abuela.

Olalla llega con un traje que no le había visto, azul marino, sencillo, sin nada de boda en él salvo un ramo pequeño de flores blancas que lleva sujeto contra el pecho como si se le fuera a escapar.

—¿Eso es para la foto? —le pregunto, señalando el ramo.

—Esto es para que mi madre, si algún día ve una foto por accidente, no se dé cuenta de que esto no es una boda de verdad. Llevo flores. Las bodas de verdad llevan flores.

—Muy lógico.

—Cállate y ponte bien la corbata, que la llevas torcida desde que has entrado.

Se acerca y me la endereza ella misma, con dos dedos, sin mirarme a los ojos, concentrada en el nudo como si de eso dependiera algo importante de verdad.

Le huele el pelo a algo que no sé identificar, ni cítrico ni floral, algo más discreto, y me quedo quieto más tiempo del necesario para que termine con la corbata.

—Ya está —dice, dando un paso atrás.

—Gracias.

—No hay de qué. No quiero que salgas mal en las fotos de un matrimonio que no existe.

La funcionaria nos llama por megafonía, mal pronunciando mi apellido, y entramos a una sala más pequeña que mi habitación, con dos testigos que hemos tenido que buscar por encargo —Peio, encantado de hacer de testigo a cambio de una cerveza, y una compañera de Olalla llamada Sagrario que no ha dejado de mirarme con cara de sospecha desde que hemos llegado.

La ceremonia dura ocho minutos. Ocho minutos, un par de firmas, una pregunta protocolaria que contesto con un "sí" que me sale más ronco de lo que esperaba, y de repente estoy casado, legalmente, con una mujer de la que hace tres semanas no sabía ni el nombre.

Cuando salimos a la calle, con los papeles ya sellados dentro de una carpeta azul, Olalla se para en seco en la escalinata del juzgado y se queda mirando al frente, sin decir nada, con el ramo todavía apretado contra el pecho.

—¿Estás bien? —le pregunto.

—Sí. Es solo que... no sé. Pensaba que me iba a sentir distinto. Más ligero, con lo de la promoción encarrilada. Y me siento exactamente igual que ayer.

—Bienvenida al matrimonio.

Se ríe, esa risa que le cuesta, y por primera vez desde que la conozco no la aplasta enseguida.

·  ·  ·

Celebramos con una cena que ninguno de los dos había planeado, en un bar de pintxos cerca del juzgado, porque Peio y Sagrario se han invitado solos y ninguno de los dos ha tenido valor de decirles que no.

A las diez, cuando los testigos ya se han ido cada uno por su lado, quedamos solo nosotros dos con la cuenta a medias y una sensación rara de after, de fiesta que no debería seguir pero que ninguno de los dos quiere terminar todavía.

—Te acompaño al coche —dice ella, y es una excusa tan mala que a los dos nos hace gracia, porque su coche está aparcado a treinta metros del bar y no necesita compañía para eso ni de broma.

Caminamos despacio. Ha empezado a chispear, esa lluvia fina de Vitoria que moja sin que te des cuenta hasta que ya estás calado, y ella se ríe cuando se le pega el pelo a la cara, sin importarle el peinado por primera vez en las tres semanas que la conozco.

—Oye, Roque.

—Dime, mujer.

—No me llames así.

—Técnicamente lo eres.

—Técnicamente eres un dolor de cabeza con patas.

Nos quedamos parados junto a su coche, bajo la marquesina de una parada de autobús vacía, y la lluvia arrecia de golpe con esa violencia repentina que tiene en esta ciudad, y ninguno de los dos hace ademán de entrar en el coche ni de irse.

—Gracias por hoy —dice, más baja de voz—. En serio. Sé que esto es raro y que no tenías por qué currártelo tanto, con lo de las flores y todo.

—Las flores han sido idea tuya.

—Ya sabes a qué me refiero.

La miro. Tiene el rímel un poco corrido por la lluvia, el traje azul marino pegado a los hombros, y esa expresión que no le había visto todavía, sin la coraza de ejecutiva ni la ironía de siempre, solo ella, cansada y un poco borracha de vino barato y con un anillo nuevo que no significa nada y que aun así le queda raro en la mano.

—Olalla.

—¿Qué?

No le contesto con palabras. Me acerco despacio, dándole tiempo de sobra para apartarse, y cuando no lo hace, cuando en vez de eso da un paso hacia mí con la mano cerrándose en la solapa de mi chaqueta, la beso, ahí de pie bajo la marquesina, con la lluvia cayendo a un metro de distancia y su pulso latiéndole contra mi mano cuando le sujeto la nuca.

Ella responde enseguida, sin la vacilación que yo esperaba, con una urgencia que me pilla desprevenido, y el beso deja de ser una pregunta y se convierte en otra cosa, algo con dientes y con las manos buscando piel por debajo de la ropa, torpes por la prisa y por el frío.

—Esto es una idea pésima —dice ella, sin apartarse ni un centímetro, con la boca todavía rozándome la mía.

—Terrible.

—Vamos a arrepentirnos mañana.

—Seguro que sí.

Ninguno de los dos se mueve hacia atrás.

Es ella la que da el paso definitivo, tirando de mí hacia el coche con la llave ya en la mano, y en menos de un minuto estamos dentro, con los asientos echados hacia atrás y el cristal empañándose por dentro, torpes contra la palanca de cambios y riéndonos entre beso y beso de lo ridículo de la postura, hasta que dejamos de reírnos.

Le desabrocho la blusa despacio, no porque tenga paciencia sino porque me tiemblan un poco las manos, y ella se deja hacer con los ojos cerrados y la cabeza echada contra el reposacabezas, murmurando algo que no llego a entender cuando le recorro el cuello con la boca.

Huele a lluvia y a ese perfume discreto que llevaba en el juzgado, y bajo la palma de mi mano el corazón le va tan rápido como el mío.

—Roque.

—Dime.

—Como esto se lo cuentes a alguien, lo niego todo.

—No pienso contarle a nadie que me he liado con mi mujer la noche de bodas. Suena raro hasta para mí.

Se ríe contra mi cuello, una risa baja que se corta enseguida en otra cosa cuando le paso los dedos por debajo de la cinturilla de la falda, y a partir de ahí dejamos de hablar del todo.

El cristal del coche sigue empañándose, la lluvia sigue cayendo fuera, y durante un rato que se me hace corto y larguísimo a la vez, ninguno de los dos piensa en contratos, ni en promociones, ni en seis mil euros repartidos en tres plazos, solo en el calor del otro y en lo bien que encajan las cosas cuando se dejan de pensar tanto.

Después, con la ropa a medio poner y la respiración todavía entrecortada, Olalla apoya la frente contra el volante y se queda callada un buen rato, mirando por el parabrisas la calle vacía y mojada.

—Esto no estaba en el contrato —dice al fin.

—No. Esto no estaba en el contrato.

—¿Qué hacemos ahora?