Capítulo 3 #2
—Prefiero mantener las cosas separadas, Fermín.
—Muy sensato. Bueno, enhorabuena. Esto, aparte de la alegría personal, claro, también entra dentro de los criterios del comité de julio, así que no dudes en traer la documentación a Recursos Humanos en cuanto la tengas.
Lo dice sin ningún pudor, mezclando la felicitación con el trámite administrativo en la misma frase, y por un momento tengo que morderme la lengua para no decirle exactamente lo que pienso de su nueva política de conciliación.
—Lo tendrá esta misma semana.
—Perfecto. Verónica se casa en septiembre, por cierto, ya que estamos con el tema. Va a ser una boda preciosa, por lo que cuenta, en una bodega de Rioja Alavesa.
Asiento sin decir nada más, porque cualquier cosa que añada en este momento va a sonar amarga, y prefiero guardarme la amargura para casa, donde nadie del comité de julio puede verla.
Cuando se va, Sagrario se acerca con dos cafés, uno para ella y otro para mí, y se sienta en el borde de mi mesa con la confianza de quien lleva ocho años sentada a dos metros de distancia.
—¿Cómo es él? —pregunta, bajando la voz—. El marido. Porque en la boda, la verdad, parecía majo. Un poco joven, pero majo.
—Es majo —digo, y me sorprende lo fácil que me sale, sin necesidad de fingir nada—. Un poco cabezota. Pero majo.
—¿Y cómo lo llevas tú? Lo digo en plan, de verdad. No lo de la empresa, sino lo otro.
No sé qué contestarle, porque llevo tres días dándole vueltas a una noche en un coche aparcado bajo la lluvia, a una conversación que no supimos terminar bien porque ninguno de los dos tenía la respuesta, y a un mensaje suyo de buenos días que me llegó el sábado sin venir a cuento y que todavía no he sabido cómo contestar sin que suene a más de lo que se supone que es esto.
—Lo llevo bien —digo al final, que es la respuesta más corta y la más falsa de todas las que podría haber dado, y Sagrario, que me conoce desde hace ocho años, se limita a levantar una ceja y no insistir, aunque por su cara veo que no se lo ha tragado del todo.
· · ·
Mi madre me llama esa misma noche, y en cuanto veo su nombre en la pantalla sé, con la certeza absoluta de quien lleva treinta y cuatro años siendo hija suya, que la tía Braulia ha hablado más de la cuenta.
—¿Me puedes explicar por qué me entero por mi propia hermana de que mi hija se ha casado?
—Ama, no te has enterado por la tía Braulia, te has enterado por la tía Braulia que se enteró en la cena porque yo se lo conté.
—¡Eso es peor! ¡Se lo cuentas a Braulia antes que a mí!
—Se lo conté porque la invité a la cena, ama, no fue una decisión, fue logística.
Se hace un silencio al otro lado que reconozco de toda la vida, el silencio de mi madre calculando el siguiente ataque con la precisión de una jugadora de ajedrez que lleva ventaja.
—¿Y por qué no he sido invitada yo a esa cena tan importante?
—Porque fue una boda pequeña, de trámite, sin nadie más que dos testigos.
—Tu propia madre no es "nadie más", Olalla.
Me froto los ojos con la mano libre, sentada en el borde de la cama con el pijama ya puesto y ganas de que esta conversación se termine antes de que se me acabe la paciencia del todo.
—Ama, ha sido una decisión rápida. Roque y yo llevábamos poco tiempo, no queríamos nada grande, y con el tema del trabajo nos convenía adelantarlo.
—¿Qué tema del trabajo?
Ahí está. El hueco por el que se me cuela la mentira que llevo días evitando decir en voz alta, la que le he contado a Fermín, a Sagrario, a media oficina, pero no a la única persona capaz de notar cuándo le miento de verdad.
—Nada, ama. Cosas de la empresa. Da igual.
—Olalla.
—¿Qué?
—¿Estás bien? Porque esto no es propio de ti. Tú lo planeas todo con seis meses de antelación, hasta las vacaciones de verano, y de repente te casas en tres semanas con un chico que no conocíamos ni tu hermana ni yo.
Y ese es el problema exacto de que mi madre me conozca desde que nací: que puede oler la mentira aunque no sepa todavía dónde está escondida.
—Estoy bien, ama. En serio. Confía en mí.
—Confío en ti. No confío en las prisas.
Cuelga con un «te quiero, hija, aunque me tengas escondida como una vergüenza» que se me queda clavado más de lo que debería, porque no es eso, no es vergüenza, es solo que no sé todavía cómo explicar algo que ni yo misma tengo del todo explicado, y esa noche me cuesta más de lo normal quedarme dormida, dándole vueltas a una mentira que cada día pesa un poco más que el anterior.
· · ·
Nekane se presenta en mi piso esa misma mañana, sin avisar, con una bolsa de flores blancas y cara de no admitir un no por respuesta.
—No pienso dejar que te cases sin nada en las manos. Aunque sea mentira, que se note que alguien te quiere un poco.
—Nekane, no hace falta.
—Cállate y sujétalo bien, que si se te caen los pétalos por la escalinata del juzgado quedas fatal en las fotos que sí que voy a hacer, aunque tú no quieras.
Me ayuda a colocarme el pelo, que se me ha rizado con la humedad de la ducha, y me arregla el cuello del traje con esos gestos rápidos de hermana pequeña que ha hecho esto mismo mil veces antes, aunque nunca en unas circunstancias parecidas.
—¿Estás nerviosa?
—Un poco.
—¿Por el trabajo o por él?
No le contesto enseguida, y ese silencio, más que cualquier palabra, es la respuesta que ella estaba buscando, porque me da un beso rápido en la mejilla y coge el bolso sin decir nada más, dejándome sola frente al espejo del recibidor con el ramo apretado contra el pecho y una sensación en el estómago que llevaba muchísimo tiempo sin sentir antes de una simple cita en el juzgado.