Seis mil razones para casarse Capítulo 3
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Capítulo 3

—Entonces va en serio —dice Nekane, sirviéndose la segunda copa de vino sin ni siquiera preguntarme si quiero yo también.

—Va en serio.

—¿Le has contado ya a mamá que te vas a casar con un desconocido de veinticuatro años que trabaja friendo patatas?

—No pienso contárselo a mamá. No pienso contárselo a nadie, ese es el punto.

—Olalla, cariño, esto no es un plan, es una avería.

Estamos en la cocina de mi hermana, con la niña ya dormida y la tele de fondo con un concurso que ninguna de las dos está viendo. Nekane tiene ocho años menos que yo, dos hijos y una capacidad asombrosa para mirarme como si todavía tuviera quince años y me hubiera pillado fumando en el baño.

—Es un contrato, Neka. Como el que firmas para el gimnasio, solo que este me sube el sueldo.

—Es un matrimonio.

—Es papel.

Se ríe, negando con la cabeza, y se levanta a por más aceitunas aunque las que hay en el plato ni las hemos tocado.

—¿Y si te enamoras de él?

—No me voy a enamorar de un chaval de veinticuatro años que me ha llamado gilipollas la primera vez que me ha visto.

—Ya, porque esas son las peores historias de amor de la historia, las que empiezan con odio.

—Eso es una película, Nekane. Esto es Vitoria un martes cualquiera.

Ella se sienta otra vez, más seria de pronto, y me coge la mano por encima de la mesa, un gesto que no hace desde que murió papá.

—Lo que no entiendo es por qué tienes que pasar por esto. Eres buenísima en tu trabajo. Todo el mundo en Gestesa lo sabe.

—Todo el mundo lo sabe y a nadie le importa lo suficiente como para dármelo sin condiciones. Verónica va a subir porque se casa. Yo lo llevo currando dos años y de repente resulta que no soy suficiente sin un anillo.

—Eso es injusto.

—Ya lo sé. Por eso hago trampas.

Nekane no dice nada durante un rato, solo me mira, y por primera vez esa noche no parece que esté a punto de reírse de mí.

—Ten cuidado, eso es lo único que te pido. Con el dinero, con el papeleo y, sobre todo, contigo misma.

No le contesto. Me acabo el vino y cambio de tema, porque sé que si sigo hablando de esto voy a terminar contándole cosas que ni yo misma tengo claras todavía, como por ejemplo por qué llevo toda la semana revisando el móvil cada vez que me llega una notificación, con una expectación que no tiene ningún sentido tratándose de un desconocido con el que voy a firmar un papel.

·  ·  ·

El bufete de Iratxe Zumalde huele a café recién hecho y a madera nueva, un despacho pequeño en la calle Dato que una compañera del gimnasio me recomendó hace un año para un tema de la hipoteca y que ahora resulta providencial, porque es de las pocas abogadas de la ciudad que no me va a mirar como si estuviera loca.

Roque llega puntual, cosa que no esperaba, con una camisa que claramente no es suya —le queda ancha de hombros— y una carpeta de plástico con lo que imagino serán fotocopias de su DNI y poco más.

—¿Te ha prestado la camisa alguien? —le pregunto, sin poder evitarlo.

—Mi compañero de piso. Ha dicho que si voy a casarme, que al menos vaya decente.

—Pues dale las gracias de mi parte.

Se sienta a mi lado, no enfrente, y ese detalle, tan pequeño, hace que la reunión entera se sienta distinta a como me la había imaginado, más como dos personas del mismo bando que como una transacción entre desconocidos.

Iratxe nos explica las condiciones con una voz neutra que agradezco: separación de bienes automática por tratarse de un matrimonio sin convivencia demostrable, cláusula de confidencialidad mutua, un documento privado —sin validez legal pero con peso moral, dice ella, sonriendo con media boca— donde constan los seis mil euros y los plazos, redactado como préstamo para evitar líos con Hacienda.

—Y en caso de que uno de los dos decida romper el acuerdo antes de tiempo —pregunta Roque—, ¿qué pasa?

—Pasa que has firmado un papel diciendo que devuelves el dinero recibido hasta la fecha, con intereses simbólicos —dice Iratxe—. Nada que os pueda mandar a la cárcel, pero sí lo bastante incómodo como para que a ninguno le convenga romperlo por capricho.

Roque asiente, leyendo cada cláusula con una atención que no esperaba de alguien que, según mis prejuicios de hace tres días, seguramente ni se leería el contrato del móvil.

—Una cosa más —dice, levantando la vista del papel—.

Quiero que quede escrito que, si en algún momento tu empresa pregunta detalles, cosas de pareja, yo tengo derecho a inventarme lo que me dé la gana siempre que no te deje mal a ti.

Historias, gustos, lo que sea. Si voy a hacer de marido de mentira, quiero hacerlo bien.

Me lo quedo mirando un segundo de más.

—Vale. Trato hecho.

Firmamos los dos documentos —el legal para el registro civil, el privado para Iratxe— con un bolígrafo azul que se ha quedado sin tinta a mitad de mi firma y que Roque me presta, sacándolo del bolsillo interior de la camisa prestada, sin decir nada, como si ya llevara ahí guardado esperando ese momento exacto.

El sábado antes de la boda, Roque se presenta en mi piso con una libreta de espiral que parece sacada de un instituto y una expresión de examen sorpresa.

—He hecho deberes —dice, sentándose en mi sofá sin que lo haya invitado del todo, con la misma naturalidad con la que ya se ha adueñado de la cafetera de mi cocina las dos veces anteriores que ha venido.

—¿Deberes de qué?

—De nosotros. —Abre la libreta y me enseña una lista escrita con una letra apretada y rápida—. Si tu tía Braulia me pregunta cómo nos conocimos, dijimos curso de electricidad. Necesito saber en qué academia, qué mes, y al menos dos anécdotas por si insiste, porque esa mujer insiste.

Me siento a su lado, sorprendida a mi pesar de que se lo haya tomado tan en serio.

—Academia Lakua. Curso de instalaciones básicas, de enero a marzo. La anécdota es que se te cayó una caja de fusibles en el pie el primer día y todo el mundo se rió menos yo.

—Vale, eso es humillante, pero me lo apunto.

—Tiene que ser humillante para que suene real. Nadie se cree las historias bonitas del todo.

Roque anota, sacando la punta de la lengua por la comisura de la boca con una concentración que no le había visto ni firmando el contrato, y durante un segundo me quedo mirándolo hacer ese gesto en vez de prestar atención a lo que estoy diciendo yo misma.

—Siguiente pregunta. Comida favorita.

—Lo que sea con patatas. Trabajo en una hamburguesería, Olalla, no finjas sorpresa.

—Vale, comida favorita: patatas. Anotado. ¿Película favorita?

—No veo películas. Veo partidos y documentales de naturaleza a las tres de la mañana cuando no puedo dormir.

—Eso es rarísimo y a la vez perfecto, porque nadie se va a inventar esa combinación, así que suena verdad. La usamos.

—¿Y la tuya?

—¿Mi qué?

—Película favorita. Si me vas a hacer memorizar la mía, lo justo es que yo sepa la tuya.

Dudo un segundo, porque hace mucho que nadie me pregunta cosas así, cosas pequeñas y sin trascendencia que sin embargo cuestan de contestar cuando llevas años sin que nadie las pregunte.

—Manhattan. La de Woody Allen. La vi con mi padre como quince veces de pequeña.

—No la he visto.

—Pues ya tenemos plan para cuando te aburras de las patatas.

Se queda callado un segundo, mirándome con una media sonrisa que no sé descifrar del todo, y carraspea antes de volver a la libreta, como si también a él le hubiera pillado desprevenido lo fácil que ha sido esa conversación.

—Última pregunta, la importante. Si alguien pregunta por qué nos casamos tan rápido.

—Porque nos daba igual la ceremonia grande y queríamos empezar ya. Prisa buena, no prisa mala.

—Suena a mentira.

—Todo esto es mentira, Roque. Solo tiene que sonar mejor que la verdad.

Cierra la libreta despacio, y por un momento el salón se queda en un silencio que no es incómodo pero tampoco es cómodo del todo, uno de esos silencios nuevos que todavía no sé bien cómo se llaman.

—¿Tienes miedo? —me pregunta, de repente, sin la ironía habitual.

—¿De qué?

—De todo esto. De que se líe.

Podría mentirle. Es lo que llevo haciendo toda la semana con todo el mundo, con mi hermana, con mi madre, con Fermín Otazu y su sonrisa de comité. Pero algo en cómo lo pregunta, sin ganas de quedar bien, me hace contestar de verdad.

—Un poco. Pero no por lo que crees.

—¿Por qué entonces?

—Por lo fácil que se me está haciendo hablar contigo.

No añade nada más. Se guarda la libreta en el bolsillo de la chaqueta, se levanta, y antes de irse se queda un segundo de más en la puerta, como si fuera a decir algo y decidiera en el último momento que todavía no es el momento.

—Nos vemos el jueves, Olalla.

—Nos vemos el jueves.

·  ·  ·

Al salir a la calle, con las copias dobladas en el bolso, me doy cuenta de que llevamos quince minutos sin discutir por nada, y eso, no sé por qué, me pone más nerviosa que toda la discusión del semáforo.

—¿Cuándo es la boda? —pregunta él, encendiendo el cigarro de después de la reunión, el segundo del día, algo que seguramente no debería contar pero que cuento igual.

—El registro me ha dado cita para dentro de tres semanas. Un jueves.

—Genial. Libro turno.

—Roque.

—¿Qué?

—Gracias. En serio.

Él se encoge de hombros, quitándole importancia con el mismo gesto que usa para todo, y se marcha calle abajo sin despedirse del todo, con la camisa prestada ondeando un poco por detrás, y a mí se me queda la sensación rara de que acabo de organizar mi propia boda con más ilusión de la que sentí organizando la fiesta de mi treinta cumpleaños.

·  ·  ·

La noticia llega a la oficina antes de que yo haya tenido tiempo de decidir cómo contarla, porque Sagrario, que fue testigo de cómo pedía cita en el registro civil por teléfono desde el pasillo de la fotocopiadora sin darme cuenta de que hablaba demasiado alto, se lo ha contado ya a medio departamento con todo lujo de detalles inventados que yo no le he confirmado ni desmentido.

—Así que hay boda —dice Fermín Otazu el jueves siguiente, asomando la cabeza por el panel de mi mesa con esa sonrisa de quien cree que acaba de descubrir algo entrañable—. No sabía que tuvieras pareja, Olalla. Nunca hablas de tu vida privada.