Capítulo 2
Mi hermana me llama justo cuando salgo del turno, con la voz de siempre, esa que suena a que está sonriendo aunque no la vea.
—¿Has cenado?
—Voy a cenar ahora. ¿Qué tal el cole?
—Bien. Bueno, mal. Me han dicho que lo del frenillo hay que hacerlo ya, que si no se complica.
Aprieto el móvil un poco más fuerte contra la oreja.
—Ya lo sé, Uxue. Estoy en ello.
—¿En ello cómo?
—En ello de trabajar y ahorrar, que es la única manera que conozco.
Cuelgo antes de que me pregunte más, porque no tengo respuestas que darle todavía y porque llevo todo el día con la cabeza en otro sitio: en la tía del coche gris, en el tique de aparcamiento que llevo doblado en el bolsillo del pantalón como si fuera algo importante, aunque me diga a mí mismo que lo voy a tirar en cuanto llegue a casa.
No lo tiro.
Llego al piso que comparto con dos tíos que conocí por un anuncio de habitación en alquiler y que, para ser sincero, no me caen ni bien ni mal, sencillamente ocupan espacio y pagan su parte a tiempo, que es todo lo que les pido. Uno de ellos, Peio, está viendo la tele con el volumen demasiado alto.
—¿Qué tal el curro?
—Una tía ha intentado atropellarme y luego me ha ofrecido pasta por casarme con ella.
Peio ni se inmuta, tiene la vista fija en el partido.
—¿Cuánta pasta?
—¿Por qué todo el mundo me pregunta lo mismo?
—Porque es la pregunta importante, tío.
Me meto en mi habitación, que es más un armario grande con ventana que otra cosa, y me tiro en la cama sin quitarme las zapatillas. Saco el tique del bolsillo y lo miro un rato, como si el número de teléfono fuera a cambiar de significado si lo miro suficiente tiempo.
Olalla. Ni siquiera sé el apellido. Solo sé que tiene un coche que le habrá costado el sueldo de un año entero, un traje que no compra en Primark, y una desesperación en los ojos que no encajaba con nada de lo demás.
Hago cuentas. Seis mil euros. El frenillo de Uxue son mil doscientos, con lo que ahorraría, de golpe, cuatro meses de sueldo entero.
El resto podría meterlo en el curso de electricista que dejé a medias en primavera, o en el fianza del piso si alguna vez consigo vivir solo, sin Peio y su volumen de televisión imposible.
Es mucho dinero. Es sospechosamente mucho dinero.
Y ahí está el problema, que llevo toda la vida desconfiando de las cosas que parecen demasiado buenas, porque en mi experiencia nunca lo son.
Mi padre se marchó con la promesa de que volvería en verano.
Mi primer curro de verdad, en una obra, terminó con el jefe desapareciendo sin pagarnos las últimas dos semanas.
Cuando algo suena a regalo, normalmente es una trampa con lazo.
Pero seis mil euros son seis mil euros.
Le mando un mensaje a las once y media de la noche, cuando ya me he convencido de que no lo voy a mandar.
«Roque. Quiero que me expliques bien el tema antes de decir nada. Sin rollos.»
Contesta en menos de un minuto, como si hubiera tenido el teléfono en la mano esperando.
«Mañana a las cinco. Cafetería Zumeta, plaza de los Fueros. Invito yo.»
«No hace falta que invites a nada. Voy porque quiero, no porque me compres con un café.»
«Vale.»
Me quedo mirando la pantalla un rato más, sin saber muy bien por qué me ha molestado tanto que aceptara tan rápido, como si en el fondo hubiera esperado que insistiera un poco más.
· · ·
Llego diez minutos tarde a propósito, porque no quiero que piense que tengo tantas ganas de verla como en realidad tengo, aunque las ganas no son las que ella cree. Son ganas de entender el timo antes de que me atrape.
Está sentada en la mesa del fondo, la más alejada de la puerta, con un café con leche sin tocar delante y el móvil boca abajo sobre la mesa, como si se hubiera obligado a no mirarlo.
Lleva el pelo suelto esta vez, sin el moño de ayer, y por algún motivo eso me desconcierta más que verla con el traje.
—Llegas tarde —dice, sin levantar la vista del todo.
—Y tú casi me atropellas ayer, así que estamos en paz.
Se le escapa algo parecido a una sonrisa que aplasta enseguida, igual que hice yo el día anterior, aunque ninguno de los dos lo reconocería en voz alta.
Me siento enfrente. Pido un café solo. Ella junta las manos sobre la mesa, como si fuera a empezar una reunión de verdad, con power point y todo.
—Te lo explico rápido y sin rodeos —dice—.
Trabajo en Gestesa, gestión de seguros. Llevo dos años esperando la promoción a subdirectora regional.
La semana pasada, mi empresa ha anunciado una nueva política: prioridad en ascensos y beneficios extra para empleados casados.
La otra candidata al puesto se acaba de prometer.
Yo, de momento, no tengo a nadie con quien casarme, ni ganas de tenerlo, para que quede claro.
—¿Y por eso quieres casarte conmigo?
—Contigo, con el frutero de la esquina, con quien sea que firme el papel. Tú simplemente eres el que estaba delante cuando se me ocurrió la idea.
—Qué halago.
—No te estoy pidiendo que te enamores de mí, Roque.
Te estoy pidiendo un contrato. Nos casamos por lo civil, dentro de dos meses como muy tarde porque necesito que conste antes de la evaluación de julio.
Vivimos separados, cada uno su vida, nadie tiene que enterarse de los detalles salvo mi empresa.
Aguantamos así un año, año y medio si hace falta, y cuando ya no sea sospechoso nos divorciamos sin ruido.
—¿Y si alguien pregunta cosas? Mi familia, la tuya, tus compañeros de curro...
—Improvisamos. La gente se cree lo que quiere creer si se lo cuentas con la suficiente naturalidad.
Le doy vueltas al café, que todavía no he probado.
—¿Por qué yo?
Se queda callada un segundo, y por primera vez desde que la conozco parece que está pensando la respuesta de verdad, no recitándola.
—Porque no te conocía de nada, y eso, no sé, me pareció más limpio.
No tengo que fingirte un cariño que no siento ni tampoco esconderte cosas de mi vida real, porque tú no formas parte de ella.
Es exactamente lo contrario de lo que la gente busca en un matrimonio, y por eso creo que puede funcionar.
Hay algo en cómo lo dice, sin dramatismo, casi con alivio, que me hace pensar que igual no está tan loca como parecía ayer en mitad de la calle.
—Voy a necesitar el dinero por adelantado. Parte, al menos.
—Dos mil al firmar el compromiso, dos mil el día de la boda, dos mil cuando quede registrado en mi empresa. Todo por transferencia, con concepto de préstamo entre particulares, para que Hacienda no se meta donde no le importa.
—Lo tienes muy pensado para haberlo improvisado ayer en mitad de la calle.
—Lo llevo pensando dos años, Roque. Ayer solo necesitaba a alguien concreto delante para que la idea se me hiciera real.
Se hace un silencio corto, ninguno de los dos incómodo del todo. Ella le da al fin un sorbo al café, que ya estará frío. Yo remuevo el mío sin necesidad, solo por tener algo que hacer con las manos.
—Necesito pensarlo —digo.
—Tienes hasta el domingo. Si no me dices nada, entiendo que no y busco otra opción.
—¿Tienes una lista de reserva o algo?
—Tengo el listado de empleados solteros de mi departamento y una hoja de cálculo con columnas de pros y contras. Tú vas primero por edad, por disponibilidad horaria y porque no pareces de los que van contando cosas por ahí.
—Qué manera más romántica de pedirle matrimonio a alguien.
—No te estoy pidiendo matrimonio, Roque. Te estoy ofreciendo un empleo temporal con muchas ventajas fiscales. El anillo es solo atrezzo.
Me río, sin querer, una risa corta que se me escapa antes de poder pararla. Ella levanta las cejas, sorprendida de haberlo conseguido, y durante un segundo parece más joven, menos ejecutiva de traje gris, más una persona normal sentada en una cafetería normal.
—Te escribo el domingo —le digo, y me levanto antes de que se me note que ya sé cuál va a ser la respuesta.
La veo cruzar la plaza sin mirar atrás, con ese paso de quien tiene una agenda con quince minutos exactos para cada cosa, y me quedo ahí sentado con el café solo enfriándose y el tique de aparcamiento otra vez en la mano, como un idiota.
Peio me manda un audio esa noche preguntándome si al final me caso o no, porque se lo he contado por encima y ya se ha inventado media boda en su cabeza, con barra libre incluida.
No le contesto. Me quedo tumbado mirando el techo, haciendo cuentas otra vez, dándole vueltas a la voz de Olalla cuando ha dicho lo de que no formo parte de su vida real, como si eso fuera un cumplido y no lo que realmente es, que ni me conoce ni le importo, solo le sirvo.
Debería darme igual. Total, es un contrato.
El domingo por la tarde, con la ropa de la colada a medio doblar sobre la cama, escribo el mensaje cuatro veces antes de mandarlo.
«Vale. Pero quiero verlo todo por escrito antes de firmar nada, y quiero conocer a un abogado o alguien que lo revise, que no me fío de los contratos de boca.»
Contesta a los dos minutos.
«Perfecto. Te mando dirección y hora. Y Roque: gracias.»
No sé por qué esa última palabra, tan corta, se me queda dando vueltas más tiempo del que debería.
· · ·
El martes, antes del turno de tarde, paso a buscar a Uxue al colegio porque a mi madre le toca doble turno en la residencia y no llega a tiempo.
La veo salir con la mochila a rastras y la sonrisa torcida que se le pone cuando ya sabe que algo bueno viene de camino, porque me ha visto esperando en la verja y sabe que eso significa que hoy hay merienda de las buenas, no el bocadillo de siempre.
—¿Me vas a llevar a la de churros?
—Si me cuentas qué tal el examen de mates, sí.
—Un siete.
—Mentirosa.
—Un seis.
—Ahí está.
Caminamos hacia la churrería de la calle Dato, la mano pequeña de Uxue metida en la mía sin que a ella parezca importarle todavía tener doce años y que eso, dentro de poco, dejará de estar bien visto entre sus amigas.
Le compro el cucurucho de churros y me quedo con el café, porque los seis euros que llevo encima tienen que estirar hasta el jueves.
—Roque.
—Dime.
—¿Es verdad que te vas a casar?
Me atraganto un poco con el café. Peio, el muy bocazas, no ha tardado ni una semana en que la noticia le llegue a mi madre por otro canal, y de mi madre a mi hermana solo hay un paso.
—¿Quién te ha dicho eso?
—Ama. Dice que se lo contó la vecina, que se lo contaste tú a un amigo tuyo que se lo contó a su primo que trabaja con papá... con el marido de la vecina, digo.
—Es un rollo de trabajo, Uxue. No es una boda de verdad, de esas con vestido y familia y baile.
—¿Y entonces por qué te casas?
Le limpio el azúcar de la comisura del labio con el pulgar, ganando tiempo, porque no tengo ni idea de cómo explicarle a una niña de doce años el concepto de matrimonio de conveniencia sin que suene todavía peor de lo que ya suena.
—Porque me van a pagar por hacerlo, y con ese dinero te puedo pagar lo del frenillo sin que ama tenga que pedir un préstamo al banco.
Se queda callada un momento, mirando el cucurucho vacío como si ahí dentro hubiera alguna respuesta.
—No quiero que hagas cosas raras por mi culpa.
—No es por tu culpa. Es por mí, que soy tu hermano mayor y para eso estoy.
—¿Y ella es simpática, al menos? La chica.
Pienso en Olalla persiguiéndome por la calle en su coche de gama alta, en su cara de resignación firmando papeles en el bufete de Iratxe, en cómo se ríe cuando se olvida de que no quiere reírse delante de mí.
—Es un poco rara. Pero sí. Creo que sí.
—Vale. Pues entonces está bien.
Lo dice con esa contundencia de los doce años, que resuelve las cosas complicadas del mundo adulto con una frase corta y sigue comiendo churros como si el asunto ya estuviera cerrado del todo, y por un momento envidio esa capacidad suya de no necesitar más explicación que esa.