Seis mil razones para casarse
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Capítulo 1
—¡Que te apartes, coño!
El grito le sale a Olalla con las dos manos pegadas al volante y el corazón subido a la garganta.
El chico —porque eso es, un chico, no llegará a los veinticinco— se ha quedado plantado en mitad del paso de cebra con el móvil en una mano y una bolsa de basura en la otra, como si los coches fueran atrezzo de una película en la que solo actúa él.
El Polo se detiene a quince centímetros de sus rodillas. Huele a goma quemada y a las patatas fritas que él lleva en la bolsa, que se ha volcado sobre el asfalto.
—¿Tú eres gilipollas o entrenas? —le suelta el chico, dándole una patada a la bolsa como si tuviera la culpa de algo.
Me quedo con la boca abierta un segundo entero. Nadie me habla así desde el instituto.
—Estabas cruzando en rojo, chaval.
—Y tú vas mirando el móvil, seguro. Todas igual.
—Yo no he mirado el móvil en mi vida al volante —miento, porque el teléfono sigue encendido en el hueco portavasos con un wasap de Recursos Humanos a medio leer.
Él me mira de arriba abajo, sin disimulo, con esa mezcla de desprecio y curiosidad que solo se permiten los que todavía creen que el tiempo no les va a pasar factura.
Lleva el uniforme naranja de una cadena de hamburguesas, el pelo aplastado por la gorra y una mancha de kétchup en la manga que, no sé por qué, me da ternura durante exactamente medio segundo. Luego se me pasa.
—Métete el rollo esquela por donde te quepa —dice, y se agacha a recoger las patatas.
No salgo del coche. Me quedo ahí, con las manos temblando un poco por la subida de adrenalina, mirando cómo masculla algo mientras rescata del suelo lo que puede.
Y entonces, sin que medie ningún tipo de planificación racional, algo hace clic dentro de mi cabeza.
Es el wasap de Recursos Humanos. Es la reunión de esta tarde.
Es Verónica, de Marketing, enseñando el anillo como si fuera una medalla al mérito.
Bajo la ventanilla.
—Oye.
No se para.
—Oye, en serio.
Se gira, con las cejas levantadas, esperando más insultos, más gilipollez, más de lo mismo.
—¿Te gustaría ganar cinco mil euros?
Se queda quieto. Mira el coche, me mira a mí, mira otra vez el coche, calculando si soy de las que se paran a hacer bromas pesadas o de las que directamente están mal de la cabeza.
—¿Qué coño dices?
—Que si te interesa ganar cinco mil euros. Por casarte conmigo.
Silencio. Un coche pita detrás porque seguimos parados en mitad de la calzada. Yo ni me inmuto.
—Estás fatal —dice, y empieza a andar.
—Espera.
—No.
—Espera, joder, que te estoy hablando en serio.
Aprieta el paso. Yo meto primera y avanzo al ritmo de sus zancadas, con la ventanilla bajada, en una escena de acoso que hasta a mí me suena mal en cuanto la pienso en voz alta.
—Solo necesito que estés casado conmigo sobre el papel. Nada más.
—Que te den.
—Seis mil.
Eso lo frena un segundo. Solo un segundo, pero me basta para saber que he encontrado la grieta.
—Anda y que te folle un pez —me dice, y dobla la esquina hacia la parte de atrás del local de comida rápida, dejándome con el coche en mitad de la calle y un conductor detrás pitando como si le fuera la vida en ello.
Aparco mal, en doble fila, porque de repente me da igual la multa.
Me quedo sentada con las manos en el volante, mirando la puerta de empleados por la que ha desaparecido, y me pregunto en qué momento exacto de mi vida he pasado de ser la subdirectora en funciones más eficiente de Gestesa a perseguir a un crío por la calle ofreciéndole dinero.
La respuesta me la sé de memoria, porque llevo dos años dándole vueltas: el momento exacto fue el lunes pasado, a las nueve y cuarto de la mañana, cuando Fermín Otazu, director regional, convocó a todo el departamento para anunciar «con mucha alegría» la nueva política de conciliación familiar.
Beneficios extra para empleados casados.
Prioridad en promociones internas para «perfiles con estabilidad familiar demostrada».
Una frase que sonó a chiste hasta que vi la cara de satisfacción de Verónica, que llevaba el anillo nuevo puesto desde el viernes anterior, como si lo hubiera comprado ella misma esa misma mañana con las prisas.
Dos años. Dos años currándome el puesto de subdirección regional, aguantando informes trimestrales, viajes a Bilbao en tren de las seis, comidas de trabajo con clientes que me llaman «señorita» aunque tenga treinta y cuatro años, y ahora resulta que el factor decisivo va a ser si llevo o no un anillo en el dedo.
Golpeo el volante con la palma de la mano, una vez, sin fuerza, más por rabia teatral que otra cosa.
Mi teléfono suena. Es mi hermana, Nekane.
—¿Dónde estás? Llegas tarde a la cena de mamá.
—Estoy en mitad de una crisis existencial, Neka.
—Otra vez la promoción, ¿no?
—Casi he atropellado a un chaval y le he ofrecido dinero por casarse conmigo.
Silencio al otro lado. Luego una carcajada tan fuerte que tengo que apartarme el teléfono de la oreja.
—Vale, esto necesito oírlo con vino delante.
—No es broma, Nekane.
—Ya sé que no es broma, por eso me hace tanta gracia. Ven a cenar y me lo cuentas todo, con pelos y señales.
Cuelgo sin contestar. Miro otra vez la puerta del local.
Sé que estoy a un paso de convertirme en la protagonista de una de esas noticias que salen en la sección de sucesos, la típica de «Mujer detenida por acosar a joven en su puesto de trabajo».
Pero también sé —y esto es lo que de verdad me asusta— que no pienso rendirme.
Meto el coche en el aparcamiento de detrás del local, el mismo donde media hora después le esperaré fumando su único cigarro del día, aunque eso todavía no lo sé.
Ahora solo sé una cosa: necesito ese contrato firmado antes de que acabe el mes, antes de la evaluación de julio, antes de que Fermín Otazu anuncie oficialmente quién sube y quién se queda donde está.
Y si para eso tengo que convencer a un veinteañero maleducado con mancha de kétchup en la manga, lo voy a hacer.
· · ·
La reunión de la tarde anterior, la que lo empezó todo, todavía me da vueltas en la cabeza cuando entro a la oficina el lunes con diez minutos de margen y el café en vaso de cartón, porque la cafetera de la planta tercera lleva rota desde marzo y nadie en mantenimiento parece tener prisa por arreglarla.
—Buenos días, subdirectora —me dice Verónica al cruzarnos en el pasillo, con un retintín en la palabra que no se molesta ni en disimular.
—Todavía no soy subdirectora, Verónica.
—Ya, bueno. Cuestión de tiempo, ¿no? —Se toca el anillo con el pulgar, un gesto que ha convertido en costumbre desde que se lo pusieron, como si necesitara comprobar cada dos minutos que sigue ahí—.
Fermín dice que la decisión se toma en el comité de julio.
Con la nueva política, imagino que ya sabes por dónde van a ir los tiros.
No le contesto. Me meto en mi despacho, que en realidad es una mesa con dos paneles de separación que apenas llegan a la altura de los hombros, y dejo el bolso en el cajón de siempre con más fuerza de la necesaria.
Fermín Otazu convoca la reunión semanal a las diez, en la sala grande, con café de verdad y pastas que nunca llegan a comerse porque nadie quiere ser el primero.
Se sienta a la cabecera, se sube las gafas por el puente de la nariz y empieza con su ronda habitual de buenas noticias que casi nunca lo son para todos por igual.
—Como sabéis, la dirección general ha aprobado el nuevo plan de conciliación —dice, sonriendo como si estuviera anunciando un aumento general de sueldo—.
Esto incluye días adicionales de permiso, ayuda para guardería y, lo más relevante para el comité de promociones de este trimestre, una valoración positiva adicional para los perfiles que acrediten estabilidad familiar.
Matrimonio, principalmente, aunque también se valorarán otras situaciones de convivencia estable.
Sagrario, sentada dos sillas más allá, me busca la mirada un segundo, con esa cara que pone cuando algo le parece una barbaridad pero sabe que no es el momento de decirlo en voz alta.
—¿Y eso cómo se acredita exactamente? —pregunta alguien del fondo, uno de comerciales, sin mala intención, solo por curiosidad de trámite.
—Certificado de matrimonio o pareja de hecho, principalmente —contesta Fermín—. También estamos estudiando cómo incorporar situaciones de cuidado de familiares, pero eso todavía está en fase de estudio.
Verónica, sentada justo enfrente de mí, no dice nada, pero no le hace falta. Le basta con mirarme un segundo de más y volver a sus notas con una sonrisa pequeña que a mí me sienta como una bofetada con web de por medio.
Salgo de la reunión con la mandíbula tensa y el móvil ya en la mano, buscando entre los contactos guardados el número de la asesoría legal del sindicato, porque durante un segundo entero me planteo si esto es discriminación pura y dura y si merece la pena pelearlo por la vía formal.
La respuesta, después de media hora de búsqueda en internet, es descorazonadora: la empresa lo ha vestido con cuidado suficiente como para que no sea ilegal, solo profundamente injusto, que es distinto y, legalmente, mucho más difícil de combatir.
Es esa misma tarde, saliendo del trabajo con la cabeza todavía dándole vueltas al comité de julio, cuando casi atropello a un chaval en un paso de cebra.