Capítulo 20 #2
—Yo tenía mi vida entera organizada en una hoja de cálculo, literalmente, y estaba convencida de que la felicidad y el control eran la misma cosa.
Un desconocido maleducado en un semáforo me enseñó que no, que a veces la vida mejora precisamente cuando dejas de controlarlo todo y te permites que alguien más entre en la ecuación sin que puedas calcular de antemano el resultado.
Prometo seguir dejándote entrar en mis planes, en mis hojas de cálculo y en todo lo demás, durante el resto de mi vida.
Nekane, a mi lado, aprieta el ramo de flores que ha estado sujetando durante toda la ceremonia contra el pecho, con lágrimas corriéndole libremente por la cara sin ningún intento de disimulo, y cuando nuestras miradas se cruzan un segundo, me hace un gesto pequeño con la cabeza, como diciéndome que lo estoy haciendo bien, que siga adelante.
Detrás de ella, en la segunda fila, veo a Iratxe secándose disimuladamente una lágrima con el dorso de la mano, y a Sagrario dándole un pañuelo a Fermín, que parece haberse emocionado bastante más de lo que su cargo directivo le permitiría admitir en horario de oficina.
El oficiante, visiblemente conmovido a pesar de llevar el título recién sacado, nos declara marido y mujer por segunda vez, esta oficialmente sentimental, y cuando nos besamos, con todos los invitados aplaudiendo y Uxue lanzando el resto del cesto entero de pétalos de golpe, sin ningún control sobre la cantidad, pienso que si alguien me hubiera dicho hace seis meses, aquel día del semáforo, que iba a terminar exactamente aquí, me habría reído en su cara sin ningún tipo de duda.
Y sin embargo, aquí estoy.
· · ·
Antes de salir hacia el banquete, ya con los anillos intercambiados y la ceremonia oficialmente terminada, Olalla me arrastra un momento aparte, lejos de las cámaras del fotógrafo primo de Sagrario, con una expresión traviesa que no le había visto en toda la mañana tan cargada de solemnidad.
—Tengo que confesarte una cosa.
—¿Ahora? ¿En mitad de nuestra propia boda?
—Es el momento perfecto, precisamente. —Sonríe, sacando algo del pequeño bolso que ha llevado prendido a la muñeca durante toda la ceremonia—.
Cuando firmamos el contrato original, en el bufete de Iratxe, guardé una copia.
Y la he traído hoy, a la boda de verdad, porque quería enseñártela una última vez antes de destruirla oficialmente.
Me enseña el papel amarillento, con nuestras firmas de hace casi un año, el que estipulaba seis mil euros en tres plazos por un matrimonio de conveniencia, y no puedo evitar reírme al verlo, pensando en la distancia enorme entre lo que ese papel representaba entonces y lo que representa ahora, convertido en poco más que una anécdota curiosa de cómo empezó todo.
—¿Y qué piensas hacer con él?
Saca un mechero pequeño del mismo bolso, con una previsión que demuestra que llevaba este plan pensado desde hace tiempo, y quema el contrato ahí mismo, en un cenicero de piedra del jardín, con las llamas consumiendo lentamente el papel que empezó esta historia disparatada.
—Ya no lo necesitamos. Lo que tenemos ahora no cabe en ningún contrato.
La abrazo, con las cenizas del papel todavía calientes a nuestro lado, y pienso que quemar simbólicamente el origen mercantil de nuestra historia, justo el día que la convertimos en algo completamente distinto, es exactamente el tipo de gesto disparatado y perfecto que solo a Olalla se le podría haber ocurrido.
· · ·
El banquete se celebra en el jardín de la urbanización de la tía Braulia, con mesas decoradas sin mucho lujo pero con mucho cariño, y con un discurso de Peio como padrino que consigue, contra todo pronóstico, hacer reír y llorar a partes iguales a todos los presentes, terminando con un brindis que se ha convertido en broma recurrente de esta historia entera.
—Conocí a Roque hace años, cuando todavía no sabía freír una hamburguesa sin quemarla ni la mitad de las veces —empieza Peio, copa en mano, con una seriedad fingida que hace reír a toda la mesa de entrada—.
Y en todo este tiempo, nunca lo había visto tan nervioso como el día que me contó que una desconocida le había ofrecido dinero por casarse con él.
Pensé, sinceramente, que mi amigo había perdido la cabeza.
Resulta que no la había perdido: la había encontrado, sin saberlo, en la persona equivocada en el momento perfecto.
Se hace un silencio breve, expectante, antes de que retome el discurso con ese tono suyo que mezcla la broma y la ternura sin previo aviso.
—Olalla, gracias por ver en mi amigo algo que él mismo tardó bastante en ver. Y gracias, sobre todo, por convertir la anécdota más ridícula que le ha pasado nunca en la historia de amor más bonita que he tenido el privilegio de presenciar de cerca. Por Roque y Olalla.
—Por los matrimonios que empiezan por dinero y terminan por amor. Que no le pase a todo el mundo, pero cuando pasa, hay que celebrarlo como se merece.
Bailamos hasta tarde, con Uxue insistiendo en elegir media docena de canciones que nadie más reconoce, con mi madre y la madre de Olalla comparando recetas de marmitako en una esquina como si llevaran toda la vida siendo amigas, con Fermín, dos copas de más, contándole a quien quiera escucharlo la versión suavizada de cómo descubrió que uno de sus matrimonios más rocambolescos terminó siendo el más sólido de toda la empresa.
Peio, entre canción y canción, se las arregla para ligar con una de las primas segundas de Olalla, algo que ella misma me señala entre risas desde el otro lado de la pista, y Nayara, que ha traído a su nuevo «amigo», acaba enseñándole pasos de baile que él ejecuta con un entusiasmo muy superior a su talento real, para diversión general de todos los que los observamos.
En un momento de la noche, subo al pequeño escenario donde toca el grupo de música que hemos contratado, con permiso del cantante, para dedicarle una canción a Olalla sin que ella lo espere, algo que había planeado en secreto con Nekane durante semanas.
—Esto es para mi mujer, otra vez, esta vez de verdad —anuncio, con el micrófono temblándome un poco en la mano, mientras Olalla, desde su mesa, se lleva las manos a la cara con una mezcla de sorpresa y vergüenza feliz que no le he visto nunca.
Canto fatal, para qué engañarnos, pero la canción es la misma que sonó cuando entró en la ermita esta mañana, y verla llorar de la risa mientras intento, sin ningún éxito, mantener el tono, es probablemente uno de los momentos más felices de toda la noche, aunque el cantante de verdad tenga que salvarme el estribillo final antes de que la cosa se vuelva completamente desastrosa.
Verónica no está invitada, claro, y durante el baile oigo por casualidad a Sagrario contándole a Olalla, con esa mezcla suya de chisme y compasión genuina, que ha oído que consiguió trabajo en otra aseguradora de la ciudad, un puesto de nivel similar al que tenía aquí, y que parece haber rehecho su vida sin más rencor visible del que cabría esperar dadas las circunstancias.
—Me alegro por ella, la verdad —dice Olalla, y por su tono sé que lo dice en serio, porque a estas alturas, con todo lo bueno que le ha pasado desde entonces, no le queda espacio para guardarle rencor a alguien cuya peor jugada terminó, sin que ella lo supiera nunca, empujándonos a pelear por algo que de otra manera quizás nunca habríamos conseguido.
—Eres demasiado buena persona, Olalla.
—O demasiado feliz para gastar energía en otra cosa. Puede que sea lo mismo, en el fondo.
Me acerco a abrazarla por detrás justo cuando termina de decirlo, y ella se apoya contra mí sin sorprenderse, como si ya esperara que hubiera estado escuchando.
En algún momento de la noche, ya tarde, con la mayoría de invitados bailando o charlando dispersos por el jardín, Olalla y yo nos escapamos un rato a un rincón tranquilo, lejos del ruido, solo para estar los dos un momento a solas con todo esto que acabamos de hacer oficial.
—¿Sabes qué es lo más raro de todo? —me dice, con la cabeza apoyada en mi hombro y los zapatos ya descalzos en la mano, porque llevaba toda la noche quejándose de que le hacían daño.
—¿Qué?
—Que si no te hubiera estado a punto de atropellar aquel día, ahora mismo estaría sola en mi piso, probablemente subdirectora regional en Bilbao, con una vida perfectamente organizada y completamente vacía de todo esto.
—Yo, sin ti, seguramente seguiría friendo patatas sin plantearme terminar ningún curso, sin saber que se podía querer a alguien sin que doliera ni costara nada.
—Menos mal que casi te atropello, entonces.
—Menos mal, sí.
Uxue nos encuentra en nuestro rincón tranquilo, todavía con el vestido de dama de honor un poco arrugado de tanto bailar, y se sienta entre los dos sin pedir permiso, como lleva haciendo desde el día que la conocí.
—¿De qué habláis?
—De lo raro que fue todo esto, Uxue. De cómo empezamos.
—Yo creo que no fue raro, fue perfecto. Como en las películas, pero mejor, porque es de verdad.
Olalla y yo nos miramos por encima de su cabeza, sonriendo, y ninguno de los dos se molesta en corregirle la afirmación, porque en el fondo, después de todo lo vivido, tiene más razón de la que ella misma imagina.
Nos quedamos así un rato, en silencio, escuchando de fondo la música y las risas del resto de invitados, con el anillo nuevo brillándole a Olalla en la mano bajo las luces del jardín, y pienso que de todas las decisiones disparatadas que se pueden tomar en un semáforo en rojo, ofrecerle matrimonio a un desconocido maleducado ha sido, sin ninguna duda, la mejor idea que Olalla ha tenido en su vida entera.
Y la mejor que yo he aceptado, sin saberlo, aquel día que casi me atropella.