Seis días en Bombay CAPÍTULO 12 #3
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CAPÍTULO 12 #3

La vivienda de los Falstaff estaba en el norte de Chelsea. Caminé desde allí hasta el parque de St. James. Necesitaba pensar. ¿Qué daño habría en conocer a un hermano y una hermana que habían estado allí todo el tiempo? ¿Significaría eso perdonar a mi padre? ¿Perdonarlos a ellos por haberlo tenido?

Me abrí paso entre turistas que esperaban el cambio de guardia en el Palacio de Buckingham. Apenas notaba dónde estaba, tan absorta como iba en mis pensamientos. Mentiría si dijera que no sentía curiosidad por Alistair y Lucy. ¿Habrían heredado gestos de nuestro padre que yo también tenía? ¿Se notaría en cómo hablábamos? ¿En cómo nos movíamos? ¿Y nuestras diferencias? Su acento inglés, por ejemplo. Su ropa, sin duda más elegante que la mía. ¿Nos separaría eso? ¿Nos impediría ser una familia?

Seguí caminando por Piccadilly Circus, observando el torbellino de coches, camiones y autobuses de dos pisos, con anuncios de chicle Wrigley’s, Schweppes Tonic Water y seguros Ryman. Un enorme letrero luminoso proclamaba: «Guinness Is Good For You». Folletos sobre la coronación de Jorge VI e Isabel se acumulaban en las aceras, se enroscaban en las farolas y cubrían los escalones de la estatua de Eros.

Quedarme en Londres para conocer a mis medio hermanos implicaba pasar unos días en un albergue, lo que significaba gastar más dinero. Ni siquiera sabía dónde vivían Alistair y Lucy. ¿Tendría que salir de Londres para verlos? Marion había dicho que tenía una nieta. ¿Eso significaba que yo tenía una sobrina? Siempre había querido una familia extensa, como la de Rebecca e Indira. ¿Sería capaz de salir del capullo que mi madre y yo habíamos construido y dejar entrar a más familia en mi vida?

Caminé sin rumbo hasta Trafalgar Square. Dos policías escoltaban a un manifestante borracho lejos del tráfico. Supe que había llegado a Covent Garden cuando empecé a ver carteles de espectáculos: Los cuentos de Hoffmann, Turandot de Puccini. Por impulso, compré una entrada para la función de la tarde de Tristan und Isolde. No tenía la ropa adecuada ni el dinero para comprarla. Ni siquiera había ido nunca a una ópera, pero sabía que era el tipo de cosa que mi madre, o Mira, o Amit habrían querido ver. Además, me ayudaría a apartar la mente del torbellino de preguntas que no dejaban de girar en mi cabeza.

Cuando salí del teatro, ya había tomado una decisión.

Busqué la Oficina General de Correos y envié un telegrama al doctor Ralph Stoddard, a través de Edward.

«Ahora te toca a ti», escribí.

***

En el parque de St. James, el calor abrasador hacía que los hombres se abanicasen con sus sombreros y las mujeres agitaran sus faldas alrededor de las rodillas. Desde mi banco, escuchaba a la gente quejarse de las temperaturas récord.

—¡Apenas es junio!

Sonreí, preguntándome qué pensarían de los calores de Bombay… y de su humedad sofocante.

Las abejas revoloteaban entre los jacintos en busca del néctar más dulce. Campanillas azules cubrían el suelo bajo los árboles, desprendiendo un aroma fresco y verde. Apoyé la cabeza en el respaldo del banco, con el rostro hacia el sol, y escuché a los niños suplicar a sus padres por un polo de hielo.

—¡Mamá, me estoy derritiendo!

Percibí el aroma de la crema de afeitar del doctor —lavanda, musgo de roble y vainilla— cuando se acercó a mi banco. Sin abrir los ojos, pregunté:

—¿Cómo ha ido?

—Tan mal como imaginas. No… peor.

Abrí los ojos y lo miré, entrecerrándolos debido a la luz.

Ralph Stoddard se sentó pesadamente, apoyándose en su bastón. Parecía más cansado que nunca. Tenía ojeras grisáceas, manchas en la frente, el rostro enrojecido por el sol. Su cuerpo delgado parecía haberse quedado sin una sola gota de grasa. Se frotó la pierna que se había roto.

—Me ha dicho que había pensado muchas veces qué diría si alguna vez volvía —comentó, mirándome—. Y lo que más le dolía era que me hubiera casado con una mujer negra y tuviera un hijo negro.

El doctor se detuvo. Sabía que a mí me habían llamado «Blackie-White», igual que a su hijo. Y muchos británicos habrían llamado «negra» a su esposa india. Era otra forma de dividir a las personas, de separar a quienes pertenecían de quienes no.

—¿Y tú qué has dicho?

—Le he dado los buenos días.

Parpadeé.

—¿Y?

—Y he venido aquí —respondió, quitándose el sombrero para espantar una mosca de mi hombro—. ¿Quién es el santo patrón de las causas perdidas, querida?

Fruncí el ceño, pensando.

—San Judas, creo.

—Tendremos que ir a visitarlo cuando volvamos a Bombay.

Eso me arrancó una sonrisa. El doctor había tomado un vuelo desde Estambul en cuanto recibió mi telegrama. Edward se marchaba a su nuevo destino en Bombay, y si no hubiera escrito a su padre a tiempo, hubieran viajado juntos.

—Recibí una postal de Mishra hace unas semanas. Desde París —dijo, observando a tres jóvenes que pasaban riendo—. Me preguntaba si te cruzaste con él.

Evité su mirada.

—París es una ciudad grande.

El doctor guardó silencio un momento. Asintió.

—Así es.

—¿Te sientes mejor? ¿Con respecto a Elizabeth?

—Veamos… Me siento mejor por haberla dejado hace tantos años. Pero no me siento mejor respecto a ella —dijo con ironía.

Luego se levantó con ayuda de su bastón y me ofreció el brazo.

—¿Nos vamos a casa, querida?

BOMBAY