CAPÍTULO 12
La casa de Owen Falstaff estaba en una hilera de viviendas idénticas de dos plantas, ordenadas y compactas, cada una con una reluciente puerta principal negra, un llamador de latón y una brillante verja de hierro negro. Se alineaban hombro con hombro como cerillas en una caja. Había tres escalones desde la acera hasta la puerta, dieciséis desde la acera de enfrente, donde yo estaba de pie. Y, sin embargo, no conseguía recorrer esa distancia.
Antes de salir de Florencia, había enviado un telegrama a Edward en la embajada de Bombay para pedirle la dirección de mi padre. Me respondió de inmediato, preguntando si necesitaba dinero. Me molestó la insinuación. No era un caso de caridad. Había sido prudente con mis gastos. Junto con la mujer de la agencia de viajes, había calculado que podía llegar a Inglaterra con el dinero reservado para volver a Bombay. Después de eso, mi futuro era incierto. No tenía suficiente para regresar a casa. No sabía cómo me las arreglaría, pero ya lo resolvería. Hasta ahora lo había conseguido, ¿no?
Puede que odiara a mi padre, pero llevaba toda la vida sintiendo curiosidad por Londres. Algunas cosas eran iguales que en Bombay: autobuses de dos pisos, tranvías, ciclistas zigzagueando entre el tráfico, policías con casco y guantes blancos dirigiendo la circulación en medio de la calle, vendedores de helados empujando sus carros. Edificios con frontones, torrecillas góticas y columnas similares a la estación Victoria Terminus. Pero el cielo estaba cubierto, gris, y la ausencia de color hacía que Londres resultara sombrío. En lugar de mujeres con saris verde lima barriendo con largas escobas, aquí eran hombres con sombrero y chaqueta quienes limpiaban las calles. En Londres la gente no deambulaba. Caminaba con un propósito, como si cada uno tuviera una misión de gran importancia. No había tiempo para intercambiar cortesías.
No sabía cuánto tiempo llevaba mirando la casa de mi padre. Había algo intimidante, una blancura cegadora, en la casa de los Falstaff, tan distinta de la calidez y la hospitalidad de los hogares indios, incluso de la finca de los Singh. Bastaba con mover el pie izquierdo, luego el derecho, luego el izquierdo para llegar al pequeño rellano frente a la puerta. Había ensayado ese gesto en mi mente. Me imaginaba subiendo los escalones, poniendo la mano en el llamador, levantando el aro y golpeando la placa de latón. Toc, toc, toc.
Por el rabillo del ojo vi moverse una cortina en la ventana de la derecha. Sin pensarlo, me giré en dirección contraria y caminé lo más rápido que pude hasta el final de la calle. Sin aliento, me detuve, me incliné hacia delante y vomité en la cuneta. Tenía la nariz congestionada. Saqué un pañuelo del bolsillo y me limpié la boca y la nariz. ¿Por qué no podía obligarme a llamar a esa puerta? Había sido tan valiente, más de lo que jamás imaginé, al dejar mi casa, a mi madre, mi país. Había cruzado frontera tras frontera para terminar allí, frente a la casa de mi padre. ¿Y ahora no podía reunir ni una pizca de valor para enfrentarlo?
Una voz en mi cabeza decía: «Has llegado hasta aquí. Vuelve y termina lo que has venido a hacer. ¡Deja de ser una cobarde!».
Tragué saliva y me aclaré la garganta. Me giré y me sobresalté al ver a un niño pequeño con pantalones cortos de lana manchados de barro que me observaba. Llevaba un balón de fútbol en los brazos. ¿Me había visto vomitar el té de la mañana en la alcantarilla? La vergüenza me hizo apartar la mirada.
Esta vez crucé la estrecha calle y regresé a la casa. 1059 Pinkney Lane.
«Puedo hacerlo. Tengo derecho a hacerlo. He llegado demasiado lejos. ¿Qué diré cuando por fin vea a mi padre después de veinte años? ¿Le escupiré en la cara? ¿Le daré una bofetada? ¿O lloraré y le diré cuánto lo he echado de menos, cuánto deseaba que volviera a casa, con nosotras, conmigo?».
La puerta principal del 1059 Pinkney Lane se abrió. Me quedé paralizada. Una mujer estaba en la puerta, mirándome. Llevaba un vestido azul marino con flores blancas, ceñido a la cintura con un cinturón blanco. Sus zapatos de tacón hacían juego con el vestido.
—¿No vas a pasar? —dijo con timidez.
Abrí la boca y la cerré. ¿Me hablaba a mí? Me sentí como si me hubieran pillado haciendo algo indebido, como cuando la supervisora reprendía a una enfermera por fumar a escondidas durante el descanso.
La mujer tenía una mirada amable.
—Por favor.
Me obligué a caminar hacia ella. Pierna izquierda al primer escalón. Luego la derecha. Luego la izquierda. Ahora estaba a menos de un metro de ella. La primera esposa de mi padre.
De cerca pude ver las arrugas en las comisuras de su boca y las líneas de la frente. Sus mejillas y la punta de su nariz estaban rosadas. Parecía tener unos cuarenta y muchos años, aunque por mi experiencia como enfermera sabía que la piel clara de las inglesas envejecía más rápido que la de las mujeres indias.
Durante un momento nos quedamos mirándonos. Sus ojos estudiaban mi rostro. Quizá buscaba rasgos de su marido en mí. No lo sabía. Creí percibir un leve asentimiento de cabeza, aunque quizá me lo imaginé.
Abrió más la puerta y se alisó el vestido con la mano libre.
—He preparado té.
Lo dijo como si tuviéramos una cita concertada.
Justo delante de mí había una escalera que supuse conducía al segundo piso. A mi derecha había un pequeño salón. Un sofá y dos sillones flanqueaban una chimenea de piedra. Ella cerró la puerta principal y, con un gesto, me indicó que podía sentarme. Luego inclinó la cabeza y se excusó para ir a buscar el té.
Sobre la repisa de la chimenea había fotografías enmarcadas en plata. Una mostraba a un hombre con uniforme del ejército británico, la boina ladeada sobre la oreja derecha. Llevaba un pequeño bigote. Su frente alta y las mejillas hundidas eran muy parecidas a las mías. Era una foto formal, del tipo que hacía el ejército. Debía de haberse tomado años después de la que guardaba mi madre, cuando él era una versión más joven del hombre de la repisa. Podía ver el paso del tiempo en su rostro.
Pasé a la siguiente foto. El mismo hombre, un poco más joven, recostado de lado en una playa de arena, con un brazo sosteniendo su cabeza. Llevaba una camiseta y pantalones cortos, sonriendo a la niña que tenía delante. Ella estaba de espaldas a la cámara. No tendría más de tres años, la misma edad que yo cuando él dejó la India. Podría haber sido yo. Sentí una añoranza tan intensa que me dolió el pecho. La niña llevaba un gorrito. Un niño sin camiseta, de cinco o seis años, con la cabeza apoyada en las piernas del hombre, entrecerraba los ojos hacia el fotógrafo, que imaginé era la mujer que me había abierto la puerta. Un reloj sobre la repisa marcó la media hora.
—Brighton Beach.
Me giré con brusquedad. Ella colocaba la bandeja del té sobre la mesa baja.
—A los niños les encantaba —dijo, acomodándose el vestido antes de sentarse—. A Owen también —añadió mientras me servía una taza de té. Me ofreció la taza y el plato con ambas manos.
¿Estaba soñando? Aquella mujer, su invitación a tomar el té, el reloj… Todo parecía algo que yo misma hubiera imaginado.
Acepté la taza y me senté en el borde de un sillón.
—Temía que algún día vinieras —indicó, evitando mi mirada mientras se servía su propia taza—. Y al mismo tiempo, esperaba que no lo hicieras. —Cuando volvió a mirarme, tenía los ojos llenos de lágrimas—. No sabía de ti ni de tu madre. —Apartó la mirada otra vez—. Bueno, eso no es del todo cierto. Sabía que había algo. Sus cartas se volvieron cada vez más distantes después de haber estado un tiempo en la India. Tenía que hacer algo para traerlo de vuelta. Me inventé una excusa. Le conté que nuestro hijo estaba fuera de control y que necesitaba a su padre. Que si Owen no regresaba, tendríamos que enviar a Alistair a un internado militar. Así que Owen volvió. A su familia.
¿Su familia? ¿Y la mía? ¿Cómo se atrevía a abandonarnos sin nada mientras aquí, en Londres, parecía vivir tan bien? La casa, el barrio, el anillo de boda que llevaba su esposa… ¿Y para el cumpleaños de Rajat y el mío apenas podía enviar unas pocas monedas?
Mi taza tintineó contra el plato. Mis manos temblaban de rabia.
—Era diferente cuando volvió. Distante. Se alegró de ver a los niños, por supuesto. Pero conmigo… Bueno. Nos mudamos de casa. Pensamos que un nuevo entorno ayudaría. Con el tiempo, volvimos a la rutina. La escuela de los niños. Las clases de baile de Lucy. El críquet de Alistair. —Dejó la taza en la mesa y alisó su vestido con las manos—. Y entonces, un día, encontré los giros del banco. Y una foto de dos niños. Un bebé y una niña de unos dos años, que imagino eras tú. Al principio, me negué a creerlo. Luego me consumió el odio. Hacia él. Hacia tu madre. Quemé su ropa, sus libros, todos sus papeles militares. No guardé nada para mis hijos. ¿Cómo pudo engañarnos, no solo a mí, sino también a sus hijos? ¿Por qué no pudo quererlos lo suficiente como para detenerse…?
No pude soportar escuchar más. Mi té se había enfriado. Me levanté y dejé la taza sobre la mesa. Mis manos se cerraron en puños.
—¿Dónde está?
Ella miró la foto de la repisa, la de Owen mayor.
—Murió hace siete años. Cáncer.
En la India, los dhobis golpean la ropa mojada contra las piedras —¡plaf!— para sacar la suciedad. Ese fue el sonido que escuché en mi cabeza cuando su esposa me dijo que estaba muerto. Había muerto el año en que cumplí dieciséis. Todos aquellos años odiándolo… ¿Para qué? Ya no podría llamarlo cobarde. Ni recibiría jamás una disculpa.
—Pero he estado recibiendo cartas suyas durante veinte años.
Ella se tocó el cuello del vestido.