CAPÍTULO 11 #4
—¡Y era sobre comida, imagínate! —imitó una voz italiana—. Mussolini cree que usar poesía y música para despertar los sabores de la comida es la solución. —Rio y se quitó los tacones—. Pensé que Florence Foster Jenkins iba a invitarnos a todos a su casa para escuchar su horrible canto. ¡Menos mal que me he escapado! —Por fin se volvió hacia el salón y me vio—. Oh —dijo, mirando a Paolo con interrogación—. ¿Quién es? —Sus ojos iban de mí a su marido.
Paolo parecía aturdido.
—Es la mujer que cuidó de Mira. Señorita Falstaff, esta es mi esposa, Whitney.
Whitney frunció el ceño.
—¿Cuidó de ella… cómo?
Paolo se pasó la uña por la frente y miró al suelo.
—Cuando Mira estaba en el hospital.
Su esposa entrecerró los ojos.
—¿Mira estaba en el hospital?
Me levanté con calma. Conocía a ese tipo de mujer, capaz de caer fácilmente en la histeria.
—Era su enfermera, señora. En el Hospital Wadia de Bombay.
Whitney, que no se había movido del aparador, soltó:
—¿Por qué?
Me confundí.
—Trabajo allí, señora.
—No, boba. ¿Por qué estaba allí Mira?
Miré a Paolo. Era su deber decírselo, pero no apartaba la vista del suelo.
—¿Alguien va a decirme qué ha pasado? —Whitney lo miró—. Dios mío… ¿Le ha pasado algo al bebé? ¡Paolo! ¿El bebé está bien?
Observé a uno y luego al otro. Mira había mencionado algo sobre Paolo cuando supo que había perdido al bebé. ¿Qué papel jugaba Whitney en todo esto? Estaba metida en algo que no entendía y no quería entender. Sentí el cuello caliente, esperando que no notaran el rubor.
Whitney se quedó con la boca abierta. Se volvió hacia su marido.
—Entonces, ¿no habrá bebé?
Paolo miró a su esposa, incrédulo.
—Mira ya no está. A Mira le han arrebatado la vida. Piensa en eso.
La ira oscureció su piel.
Su esposa alzó sus cejas depiladas, también incrédula.
—Pero se suponía que íbamos a tener un bebé. Se suponía que íbamos a tener ese bebé. Ese era el trato.
—Pero Mira…
Whitney caminó hacia él. Señaló su propio pecho con una uña rosada.
—No me importa Mira. Nunca me ha importado. Si no tenemos un bebé, no conseguimos esto. —Abrió los brazos—. No conseguimos el apartamento. No conseguimos la mensualidad. No conseguimos nada, salvo lo que tú ganes con tus… pinturas… Si es que pueden llamarse así.
Paolo frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir con eso?
Su esposa hizo un gesto desdeñoso.
—Oh, por el amor de Dios, Paolo. Estás copiando a los viejos maestros.
Las fosas nasales de Paolo se dilataron.
—¿No es eso lo que tú me dijiste que hiciera?
—¡Porque tus otros cuadros no se venden, caro! Pensé que ibas a ser uno de esos pintores exitosos como Chirico. —Se llevó una mano a la frente.
La mandíbula de Paolo se tensó. Abrió la boca para responder justo cuando Whitney pareció darse cuenta de que yo seguía en la habitación. Se volvió hacia mí.
—¿Hay algo más que tenga que decirnos?
Pensé en el cuadro que llevaba en la bolsa, pero no me pareció prudente dárselo delante de su esposa.
—No. Yo… debería marcharme. —Me dirigí hacia la puerta—. Quizá, señor Puccini, podría acompañarme. Está oscureciendo.
—Por supuesto.
¿Era alivio lo que vi en su rostro? Prefería enfrentarse a su esposa más tarde; algo que comprendí.
Salimos antes de que ella pudiera objetar.
En el ascensor, Paolo sacó un paquete de cigarrillos del bolsillo de su camisa. Golpeó uno para sacarlo —era de la marca Nazionali— y buscó su estuche de cerillas.
—Incluso tenemos que fumar cigarrillos italianos por su culpa —murmuró—. Saben a orina de vaca.
Supuse que hablaba de Mussolini.
Al cruzar el patio en dirección a la calle, dijo:
—El padre de Whitney es dueño de este palacio. Es estadounidense. Magnate naviero. Compró este edificio barato a una familia italiana que lo perdió todo en el crack bursátil. Luego lo dividió en cuatro apartamentos, en uno de los cuales vivimos nosotros. Nunca me ha aceptado. Probablemente porque no soy el tipo de hombre que deseaba para su hija. —Suspiró—. Nos permitirá quedarnos en el apartamento, y Whitney heredará todo el edificio cuando él muera… pero solo si le damos un nieto. Whitney y yo no podemos tener hijos. Por eso Mira nos ayudaba.
Bajo la luz de la farola, me observó mientras asimilaba lo que decía. ¿Mira iba a tener un hijo para los Puccini? Supuse que existían todo tipo de acuerdos para parejas que querían adoptar. Pero este me sorprendía. No solo porque nunca había oído algo así, sino porque involucraba a Mira, una mujer que, según todos, no quería hijos.
Cuando por fin pude hablar, pregunté:
—Pero ¿cómo?
—¿Qué quieres decir?
—Bueno… ¿No querría su marido reclamar al bebé? Es decir, pensaría que era suyo, ¿no?
Paolo suspiró. Parecía abatido.
—Escucha, ¿puedes reunirte conmigo mañana? Te lo explicaré todo. Ahora no es el momento. Whitney pensará lo que siempre piensa si paso demasiado tiempo con otra mujer. Debo volver con ella.
—Claro.
Se frotó la barbilla.
—Mira y yo solíamos vernos en el Parque Cascine. Está… junto al Arno…
—Puedo encontrarlo. —Noté que le costaba concentrarse.
—Hay una estatua de un príncipe indio. Puedo encontrarte… a las diez. Es cuando se supone que debo estar en mi estudio, trabajando.
Así su esposa no sospecharía nada.
—Allí estaré.
No quise imaginar la discusión que le esperaba al volver a casa.
***
A la mañana siguiente, encontré la estatua en el Parque Cascine, al otro lado del Arno.
El parque se extendía más de cinco kilómetros a lo largo del río. Caminé entre bosques de arces, robles, olmos y pinos. Era un lugar tranquilo, con algunos florentinos paseando por las praderas, conversando en voz baja.
Paolo llegó tarde, así que leí la inscripción de la estatua, que decía que el príncipe indio Rajaram II enfermó durante su gira por Europa y murió en Florencia. Fue incinerado y sus cenizas esparcidas en el Arno, en contra de los deseos de la Iglesia católica, que no quería que los restos de un pagano —ni siquiera de un príncipe— contaminaran el río.
—Ahora entiendes por qué a Mira le gustaba este lugar. —Me giré. Él señalaba la estatua del príncipe—. Le recordaba a la India. Admiraba el desafío a las normas, que, si conoces… Conocías… a Mira, era lo que la hacía especial. No le gustaban las reglas.
Tenía razón. Mira habría apreciado ese gesto de desobediencia, igual que admiraba la forma en que los indios desafiaban a los británicos a su manera.
Lo observé mientras miraba el Arno. Paolo había comprendido a Mira.
Llevaba otra camisa blanca manchada de pintura, con las mangas remangadas hasta los codos —¿o era la misma del día anterior?—. Intenté no fijarme en el vello oscuro de sus antebrazos, tan parecido al de Amit. Sentí el absurdo impulso de alisarlo con la mano. Un hombre y una mujer pasaron junto a nosotros. Ambos se volvieron para sonreírle. Incluso llamaba la atención de los hombres.
Caminamos por los jardines.
—Aquí es donde Mira y yo veníamos a dibujar y pintar. El único lugar donde su madre no se entrometía. —Hizo una pausa—. Me importaba mucho, ¿sabes?
Eso me sorprendió. Los amigos de Mira solo habían hablado de lo que ella sentía por Paolo, pero no de lo que él sentía por ella.
Se detuvo frente a mí.
—No tengo dinero propio. No podía estar con una mujer que necesitara que la mantuviera. —Sus ojos me suplicaban que lo entendiera.
—Pero Mira venía de una familia rica —dije.
—Sus padres eran ricos, pero su madre dejó de mantenerla en cuanto ella y yo…
«Ah, el extraño triángulo entre Mira, su madre y Paolo».
Paolo apartó la mirada. Se pasó la mano por la cara.
—Era complicado. Su madre era muy insistente. Quería una relación exclusiva, solo ella y yo, cosa que yo no quería. En aquel momento. —Me miró de reojo para ver si captaba la implicación.
La capté.
Su patrón habitual era meterse en la cama con una mujer tras otra. Cuando conoció a alguien que podía mantenerlo: Whitney, se casó con ella. Pero ahora entendía por qué su esposa seguía desconfiando. Con un marido tan atractivo, tendría que vigilar constantemente.
Yo llevaba enrollado el cuadro de El hombre en abundancia.
—Mira te dejó esto.
Lo tomó.
—Siempre me gustó este cuadro. Fue una de las primeras cosas que le enseñé: este tipo de pincelada parecida a la de Cézanne. Cuando lo aprendió, me pidió que posara para ella. —Su sonrisa estaba llena de recuerdos.
—¿Crees que tu esposa te dejará colgarlo?
Sonrió.
—Creo que este irá a mi estudio.
—Mira también dejó cuadros para Josephine Benoit en París y para Petra Hitzig en Praga. ¿Te suenan esos nombres?
—Sí, claro. Hablaba de ellas.
—Tengo entendido que seguisteis en contacto incluso después de que se casara con Filip Bartos.
—Cada vez que venía a Italia, nos veíamos. Mira era Mira. Divertida, llena de vida. No creo que ella y Filip fueran adecuados como pareja. Se casó con él para provocar a su madre, como siempre hacía. Al año ya estaba aburrida de él.
Caminamos junto a la verja de piedra que rodeaba el monumento del príncipe. A nuestro alrededor florecían lirios de todos los colores, margaritas y jacintos. Percibí el aroma de los guisantes de olor. Al otro lado del río, Florencia brillaba con un tono ocre que me recordaba a la India. Quizá era la luz. O quizá el ritmo de la gente: menos prisa y más tiempo para conversar o simplemente observar.
Me detuve a admirar los remates en forma de pavo real y los relieves de la parte superior de la estatua. Más que su aliento, fue el calor de su cuerpo lo que me hizo notar que Paolo se había acercado por detrás. Me giré. Estaba tan cerca que nuestros brazos se rozaban. ¿Estaba, en ese momento, intentando vivir la vida de Mira? Si Paolo no estuviera casado, ¿habría intentado algo con él?
—Si alguna vez me hubiera enamorado de una mujer, habría sido de ella. —Su voz sonaba nostálgica—. Y aun ahora la oigo. La siento. La huelo. Estaba tan llena de vida. Quería experimentarlo todo. Pero también deseaba vivirlo con cada persona que conocía. —Arrancó una margarita y empezó a deshojarla—. Puedes pensar que soy un Romeo, pero Mira era también una Julieta. Probaba con todos. Para ver cómo era.
Asentí.