CAPÍTULO 10 #7
—La amiga de Praga con la que creció. Creo que posó para Dos mujeres.
—Así fue. No podía creer que la señorita Novak hubiera cambiado de opinión sobre tener hijos. Tampoco sus otros amigos de Praga.
Josephine se encogió de hombros.
—A mí también me cuesta creerlo.
—¿Tendría usted alguna idea, lo que sea, de por qué habría cambiado de opinión? ¿Sabe si un embarazo podría haberla puesto en peligro?
Su frente se frunció.
—¿No es esa una pregunta para sus médicos?
—Sí, pero he pensado que usted podría saber algo… Cualquier cosa que pudiera ayudar.
Se miró los zapatos de cuero negro brillante con tacón ancho.
—¿Qué dice su marido? Alguien me dijo que se había casado con un amigo de Praga. —Miró su reloj—. Si no hay nada más…
—Hay algo más. Mira quería que le diera esto. —Saqué Los votos, enrollado de debajo de mi brazo, y se lo entregué junto con la chaqueta que me había prestado el día anterior.
Estudió el cuadro con detenimiento. Si le sorprendió verlo, no lo demostró. Tal vez esa expresión imperturbable era su mejor arma cuando negociaba, como había hecho con Louis Le Grand en el Marché.
—Es difícil apartar la vista, ¿verdad? Los colores de la India, de la tierra cálida y el sol. Esto es exactamente lo que quería que pintara. Es bastante bueno. —Preguntó—: ¿Quería que lo vendiera por ella?
—Todo lo que sé es que deseaba que lo tuviera. Lo que haga con él depende de usted. —Di la vuelta al lienzo—. ¿Ve su inicial en la parte de atrás? —Saqué la nota de Mira del bolsillo de mi falda y se la mostré.
Con el ceño fruncido, Jo volvió a mirar la pintura.
—¿Quería que tuviera precisamente este? —Sus ojos se centraron en la figura central, el sabio con el doble tikka. Tras unos minutos, sonrió. Con asombro, Josephine dijo—: Nuestra Mira por fin lo entendió. Una vez le dije que mi papel era triple: maestra, protectora y promotora. Yo soy la maestra aquí, ¿verdad?
—Tal vez el cuadro era su forma de reconocerlo —indiqué—. Y de disculparse por lo que hizo hace tantos años.
La marchante me miró con cierta suspicacia.
—Tal vez.
Dejé a Josephine allí, en el puente, buscando pistas en el regalo de Mira.
Deambulé por la Exposición durante una hora antes de regresar a casa de madame Renaud. Salió a mi encuentro en el pasillo, poniéndose los guantes. Se arregló el sombrero en el espejo de la pared. Había en ella una emoción especial, como si guardara un secreto y estuviera deseando contarlo.
—Hay un caballero esperándola en el café de abajo. Apuesto. Muy buenos modales. Bastante encantador.
—¿Para mí? ¿Un caballero? —No conocía a nadie en París salvo a la esposa del embajador, a madame Renaud y a Josephine.
Se colocó un broche de perlas en el sombrero y se retocó los labios con un pintalabios rosa claro.
—Debo ir a cenar a casa de mi amiga Solange. Supongo que estará bien sola. —Sus ojos brillaban divertidos—. O no tan sola. —Me desconcertó su comentario. Me dio una palmadita en el brazo y abrió la puerta—. Oh, espero que lo invite a subir para… Bueno, volveré tarde… Mucho más tarde. —Me dedicó una sonrisa cómplice y cerró la puerta. Oí sus tacones resonar por la escalera.
Estaba acalorada y algo cansada de tanto caminar por la Exposición. Me lavé la cara y bebí un poco de agua antes de bajar al café de la planta baja. Fuera solo había un cliente sentado en una mesa.
Era Amit Mishra.
Se levantó al verme. Dio unos pasos hacia mí, pero luego se detuvo.
Yo me quedé inmóvil, sin saber qué hacer. Era como si una barrera invisible nos separara.
Y entonces… una voz, la de Mira, susurró: «Sona, tu vida será tan grande como tú permitas que sea».
Me froté el esternón, donde sus dedos habían trazado un círculo.
«Quiero grandes cosas para ti, Sona», había dicho. «Tú también. Todo está aquí dentro y ahí fuera. Ve a buscarlas».
Corrí hacia él.
Le rodeé el cuello con los brazos, sin importarme quién miraba ni lo que pensaran. Estaba en París, no en Bombay. Allí podía hacer lo que quisiera, ser quien quisiera. Y eso era lo que quería.
Él me rodeó con sus brazos y me apretó contra sí. Se separó lo justo para posar sus labios sobre los míos; no el beso fugaz que le di la noche de la fiesta de los Singh, sino un beso de verdad. Uno que hizo insoportable el latido entre mis piernas. Le agarré de la mano y lo arrastré hacia la entrada del edificio de madame Renaud. Antes de entrar, lo hice retroceder, tomé su rostro entre mis manos y lo besé de nuevo. Quería que su aliento se mezclara con el mío. Subiendo la escalera, nos detuvimos a acariciarnos, abrazarnos y besarnos una y otra vez.
Solo entonces comprendí por qué madame Renaud se había marchado con tanta prisa. Quería darnos el lujo del tiempo.
Una vez dentro del apartamento, le quité la chaqueta a Amit. Él desabrochó mi blusa y desenganchó mi sujetador. Apretó mi pecho con una mano y succionó con fuerza mi pezón. Gemí de placer, en voz alta. Le desabroché la camisa, le bajé la cremallera del pantalón y acaricié su erección.
La ropa se fue acumulando mientras avanzábamos hacia el dormitorio.
Cuando estuvimos piel con piel, rodeé su cuello con los brazos y enlacé mis piernas a su torso. Humedeció sus dedos y me provocó allí donde estaba mojada.
Cuando le rogué que entrara en mí, la primera embestida fue dolorosa, pero la siguiente y la siguiente fueron gloriosas. Oh, qué delicioso se sentía… Era como si lleváramos toda la vida haciéndolo el uno con el otro.
Me dejó, aún aferrada a él, sobre la cama.
Cuando terminamos, respirando con tanta fuerza que creí que mis pulmones estallarían, fue mucho, mucho mejor de lo que había imaginado.
Mira me había dicho que la vida era para tomarla. Solo tenía que reclamarla.
Y lo había hecho.
—Estoy segura de que no me has seguido hasta París —le dije cuando mi respiración volvió a la normalidad.
Amit se apoyó sobre un codo para mirarme mejor. Trazó la curva inferior de mi pecho y rodeó mi pezón. Cerré los ojos.
—Estuve en Shimla más tiempo del que esperaba. Cuando mi tía se recuperó, regresé corriendo a Bombay y descubrí que te habías ido. Pero había una carta del doctor Stoddard diciéndome que habías aceptado su oferta, lo cual, dadas las decisiones de la junta, me alegró. Escribió que Mira te había enviado en una misión a Europa… y que probablemente estarías en París ahora mismo. —Apoyó una mano cálida sobre mi brazo—. Me enteré de lo de tu madre. Lo siento mucho, Sona.
Suspiré y me giré de lado para mirarlo.
—Me sorprendió, Amit. Me dijo que vivía una vida demasiado pequeña. Que necesitaba dejarla, que debía salir a ver el mundo. Siempre pensé que me quedaba porque tenía que cuidar de ella. Creo que era más bien que me estaba escondiendo. Mi madre no fue la única que lo vio. Creo que Mira también.
Deslizó su mano por mi cadera y me acarició la pierna.
—Lo hizo. Una vez me dijo que quería sacarte de ti misma.
Pensé en Mira en su cama de hospital.
—La echo de menos. Sus historias. Su risa. —Le tracé la ceja con el dedo—. ¿Qué ha pasado con tu puesto en el Wadia?
Tomó mi mano y besó mi palma, provocando un hormigueo en mi entrepierna. Pasé una pierna sobre su muslo.
—Decidí renunciar mientras estaba en Shimla. Entonces recibí una oferta muy interesante de uno de los hombres que conocí en la fiesta de Dev. Me invitó a una reunión con un hombre llamado B. R. Ambedkar. —El rostro de Amit brillaba de entusiasmo—. ¿Has oído hablar de él?
Asentí.
—En el Bombay Chronicle.
Amit se incorporó para mirarme de frente, gesticulando con entusiasmo, como los estudiantes universitarios cuando hablaban de la independencia de la India.
—Ambedkar es dalit. Brillantísimo. Por su casta baja, quizá nunca habría tenido la oportunidad de convertirse en abogado de no ser por el apoyo del maharajá de Baroda. Puede que incluso termine escribiendo la Constitución de la India cuando logremos la independencia. Está a favor de eliminar el sistema de castas. —Me encantaba verlo tan animado, tan apasionado—. Me entusiasmé tanto en la reunión que pregunté cómo podía ayudar. Pues bien, el caballero que conocí en casa de Dev está formando un consorcio global de higiene para ayudar a comunidades más pobres, muchas de ellas de castas bajas. Me pidió que me uniera. Estamos en París reuniéndonos por primera vez, para organizarnos y elaborar un plan. Es un trabajo importante y me da mucho más respeto que el que hombres como Holbrook me darán jamás.
Le di un golpecito en la nariz.
—Pareces un niño en su primera visita a una tienda de dulces.
Sonrió.
—¡Y quiero todos los jalebis que vea! Inglaterra nos ha dejado en la pobreza. Pero su partida nos da una oportunidad. ¡Imagínalo, Sona! Podemos diseñar mejores prácticas sanitarias. Construir carreteras y ferrocarriles. Fortalecer nuestra economía en lugar de la suya. Quiero ayudar en eso.
Su entusiasmo me hacía sentir que era posible, que sucedería tal como decía. Lo atraje para que volviera a tumbarse a mi lado.
—Llevará tiempo, Sona, pero si empezamos ahora, estaremos preparados.
Pasé un dedo por el lóbulo de su oreja.
—¿Cómo me has encontrado? Me refiero a la casa de madame Renaud.
Colocó su mano en mi espalda, acercando mi cuerpo al suyo.
—¿Crees que eres la única con contactos con la esposa del embajador? —Se inclinó para besarme de nuevo, haciéndome olvidar lo que iba a decir.
***
Mis dedos rozaron mis labios donde había estado la boca de Amit. Alisé las sábanas, aún tibias por nuestros cuerpos. Me tumbé bocarriba, repasando cada momento con él, a veces sonriendo, a veces suspirando. Al día siguiente, Amit tomaría el ferry nocturno a Londres y el vuelo matutino a Bombay. Yo seguiría hacia Florencia. Me maravillaba mi nueva vida. ¿Cómo había pasado de ser una mujer que no corría riesgos a una que recorría el mundo, acostándose con hombres con los que no estaba casada?
Cuando madame Renaud regresó, todo en el apartamento estaba en orden. Mientras se quitaba el sombrero, dijo sonriendo:
—¿Lo has pasado bien, chérie?
Besé su mejilla empolvada.
—Es usted una romántica, madame.
—Y usted también, mademoiselle. —Rio.
***