CAPÍTULO 10 #6
—Pidieron que artistas de todo el mundo crearan setecientos murales. Pensé que sería una gran oportunidad para Mira. Sabía que la aceptarían por lo que pintaba: mujeres del sur de la India. —Deslazó su brazo del mío y comenzó a caminar hacia las fuentes de Trocadéro—. Mira se negó. Dijo que la lucha por el poder entre los soviéticos y la Alemania nazi eclipsaría todo lo demás. ¿Ves esos dos pabellones más grandes, a ambos lados de la entrada? ¿Ves sus banderas? —Señaló las estructuras más altas a ambos lados del Pont d’Iéna—. Esos dos países están declarando su lucha por la dominación mundial. Si Alemania gana… Mira estaba convencida de que así sería, temía por el futuro de los judíos. Decía que nunca participaría en nada que odiara a la mitad de lo que ella era sin motivo. —Jo me miró—. Siempre estaba tan segura de sí misma, de sus convicciones. La respetaba por eso. Me frustraba y me enorgullecía de ella al mismo tiempo. No como Berthe, que no sabe defenderse. Pobre. Siempre dejará que la utilicen.
Mientras Jo hablaba, yo la observaba. El día anterior no había querido ni mencionar a Mira. Después de lo que esta me había contado, podía entender su enfado. Pero ahora ahí estaba, explicándome lo que admiraba de ella como pintora.
La marchante rodeó las fuentes y caminó hacia el Pont d’Iéna. La Torre Eiffel se alzaba al otro lado del Sena. De cerca, la torre era imponente.
Cruzamos el puente en silencio. Josephine se detuvo para apoyarse en el muro de piedra y observar los barcos, como hacían muchos otros.
—Entonces… estabas fascinada con Mira. —Me miró, evaluándome.
Sentí el calor subir por mi cuello. ¿Era tan evidente?
—Sus historias me sacaban de mí misma, de la India. Un momento hablaba de una exposición en Viena y al siguiente de una sinfonía de Mozart. Cosas a las que yo no había tenido acceso.
Josephine rio con suavidad.
—¿Eine Kleine Nachtmusik?
—Sí. ¿Qué tiene de gracioso?
—Formaba parte de su rutina de seducción. Te tomó la mano así, ¿verdad? —Josephine tomó mi mano como lo había hecho Mira; la suya tan oscura contra la mía.
Se me abrió la boca. ¿Ninguno de aquellos momentos con Mira —momentos en los que me había sentido especial, privilegiada, única— habían sido realmente míos?
—Cuando Mira deseaba que alguien la quisiera, tenía un repertorio. Mozart era uno de ellos. Pero no era real, señorita Falstaff. Lo hacía porque tú estabas allí. Si no hubieras estado, habría hecho lo mismo con otra persona.
«Con seguridad, había hecho lo mismo con Amit», pensé. Aparté la mirada, intentando ocultar mi decepción.
Josephine me dio una palmada en la mano con simpatía. Luego, con un ligero cambio en el tono de su voz, dijo:
—Yo estaba casada con un hombre maravilloso cuando descubrí a Mira Novak en la escuela. Vi enseguida su enorme talento, de lo que era capaz. Nadie tenía que enseñarle a pintar bien; siempre lo había tenido. Solo necesitaba a alguien que la guiara. Jean y yo nos sentimos encantados con ella. Tenía dieciocho años entonces y estaba un poco perdida. Loca por su tutor italiano, Paolo. Había dejado Florencia porque él no quiso comprometerse con ella. —La mirada de Josephine se perdió, como si recordara algo. Parpadeó y continuó—: También vimos su soledad, que confundimos con vulnerabilidad. Ya te he dicho que los artistas necesitan protección. Gente como yo se asegura de que no los exploten los coleccionistas codiciosos. Mira era feroz, pero como una niña que se pone la ropa de una mujer mayor para ahuyentar el miedo. Y, como una niña, siempre estaba probando los límites de lo que los demás tolerarían de ella. Se acostaba con cualquiera. Nadie estaba fuera de su alcance, solo para demostrar que podía. —Jo miró las aguas turbias del Sena—. Se involucró en marchas por la igualdad, como la que viste ayer en La Rotonde. Creía que por ser medio india tenía derecho a defender todas las injusticias del mundo. Era un ave salvaje buscando dónde posarse. Praga era su ciudad natal, pero no su hogar. Estudió en París y le encantaba, pero no lograba hacerse oír entre hombres diez años mayores y veinte kilos más pesados. Estudió en Florencia y pasó el tiempo suspirando por Paolo. Nada de eso era bueno para su pintura.
Josephine sacó un cigarro, pero no lo encendió.
—Fui yo quien le recomendó que probara a pintar en la India. Tal vez porque seguía obsesionada con Paolo. Tal vez porque sabía que la mitad india de ella aún no había salido a la luz. Necesitaba crecer dentro de ella. Y mira lo que pasó. —Sonrió ampliamente, como una madre orgullosa—. Su arte adquirió un nuevo significado. Ya no necesitaba demostrar nada. Quería mostrar algo. Podía luchar contra la injusticia sin tener que marchar por ella. Mostraba a mujeres trabajando, ese tipo de labor agotadora que no elegían ni deseaban. Eso es… era —paró y se corrigió—, su talento.
El relato de Jo coincidía con lo que Mira me había contado en el hospital: por qué pintaba lo que pintaba, cómo había descubierto su esencia en la India. Pero había una diferencia. Mira había dado a entender que controlaba su relación con Paolo y Josephine decía lo contrario. Desde que Jo la conoció hasta que Mira llegó a nuestro hospital habían pasado diez años. ¿Por qué diría Mira que el bebé que perdió en el hospital Wadia era de Paolo?
—Hábleme de Paolo —le pedí.
Jo hizo una mueca. Encendió su puro.
—Era su tutor. —Exhaló una nube de humo hacia el cielo—. Mira tenía quince años cuando lo conoció en Florencia. ¿Qué hacía él involucrándose con una estudiante de la mitad de su edad? Era guapo, eso se lo concedo. A Mira le encantaba pintarlo. Pero a mí me repugnaba. ¿Sabías que también se acostaba con su madre? Eso realmente le trastornó la cabeza a Mira. La torturaba. Él la torturaba. ¿Qué clase de monstruo hace eso? —Negó, y a continuación prosiguió—: Me enfurece pensar en todo lo que podría haber logrado sin distraerse con él. Su interferencia le costó caro. Al final, su aventura con él la dejó profundamente infeliz. No tienes idea de cuántas veces Jean y yo fuimos a su alojamiento y la encontramos en la cama. Durante días. Tenía que convencerla para que se animara. Le llevaba comida. Le encantaban esos pequeños macarons de Ladurée. Los compraba de todos los colores. Se atiborraba y era feliz durante un momento. Luego la acomodaba en la cama y le cepillaba el cabello hasta que se dormía. —Josephine sonrió con indulgencia—. Como decía, a pesar de su extraordinaria belleza, su talento y su fuerte carácter, seguía siendo una niña. No creo que su madre o su padre le enseñaran a ser otra cosa. Cuando Mira estaba en su punto más bajo, escribí a su madre, que estaba de visita en el Jardín de Plantas Medicinales de Chelsea. Me dijo que Mira solo estaba de mal humor, que ya se le pasaría. Escribí a su padre, que recorría los Alpes con su club del Himalaya. Nunca respondió.
»Mira no tenía a nadie, ni lugar a donde ir. Necesitaba un sitio donde sentirse segura. Y pintar sin interrupciones. Le di dinero para que fuera a la India, donde sabía que florecería. Y en cambio, ¿sabes lo que hizo? —Josephine me señaló con el puro.
Bajé la mirada hacia mis manos.
Josephine clavó sus ojos en mí, con las pupilas más oscuras que antes.
—Se acostó con mi marido. Arruinó mi matrimonio.
—Eso fue lo que dijo.
Josephine se volvió y se apoyó en el muro con los codos.
—Pobre Jean. No sabía en lo que se metía. Ella solo estaba jugando. Probando, probando, probando, como siempre hacía. ¿Hasta dónde podía llegar antes de que alguien la detuviera? —Sacudió la ceniza del puro sobre el Sena—. ¿Te dijo que cogió mi dinero? Había pedido un adelanto sobre una comisión futura, uno de mis mayores acuerdos. Bueno, habría sido uno de mis mayores acuerdos si no se hubiera retractado y se hubiera marchado a Praga sin intención de terminar el trabajo.
Eso no lo sabía. Mira me había dicho que estaba sin dinero cuando se fue a Praga.
—Puede que esto le sirva de poco consuelo, madame, pero creo que quería que usted supiera cuánto lamentaba lo que hizo. Deseaba poder deshacerlo. Una de las últimas cosas que me dijo fue que usted y su marido habían sido muy buenos con ella. Que le habían dado un nombre en el mundo del arte.
Jo arrojó el puro al río.
—¿Te contó que la despedí?
Asentí.
—¿Cuántos años han pasado desde que dejó de representarla?
—Nueve.
Pensé en el tiempo.
—¿Después de que se fuera a la India?
—Como una tonta, me aferré a ella, porque me dijo lo mismo que te dijo a ti. Lo arrepentida que estaba. Lo mucho que lamentaba haberme traicionado. Lloró. La acepté de nuevo. Cuando eres joven, hermosa y encantadora, puedes salirte con la tuya en muchas cosas. —Josephine observaba mi reacción con una leve sonrisa—. Omitió esa parte, ¿verdad? Era así. Mentía o dejaba fuera partes de la historia cuando le convenía. Tengo un nombre en el mundo del arte. Los artistas quieren asociarse conmigo. Ella quería esa asociación, deseaba que la gente pensara bien de ella. Y usted, señorita Falstaff, cayó de lleno en eso. Todos lo hicimos.
Negué, intentando entender a Mira, a ese camaleón.
—¿Ha tenido contacto con ella desde entonces?
—Me pidió que volviera a ser su marchante.
—¿Cuándo?
—Hace un año. Dijo que no creía que su marchante de entonces estuviera haciendo justicia a su obra. Necesitaba más dinero.
—¿Y usted qué le dijo?
—La primera vez, colgué. Volvió a llamar. Le indiqué que lo haría si pintaba ese mural para la Exposición. Se negó. Lo entendí. Le deseé suerte. Llamó una tercera vez, diciéndome cuánto me necesitaba. Ni siquiera la dejé terminar la frase. Colgué. Me rompió el corazón una vez. No iba a permitir que lo hiciera otra vez. —Josephine se enderezó los hombros—. Ahora tengo que visitar un par de pabellones. Puedes hacer lo mismo, si quieres. Pero no conmigo.
No podía dejarla marchar. Aún tenía más preguntas.
—Fue al hospital después de sufrir un aborto espontáneo.
Las cejas de Josephine se alzaron.
—¿Aborto espontáneo? Mira nunca quiso tener hijos.
—Eso fue lo que dijo su amiga Petra.
El reconocimiento brilló en sus ojos.