Seis días en Bombay CAPÍTULO 10 #4
77%

CAPÍTULO 10 #4

—Louis, no te metas en esto. Limítate a tu propia propaganda. —Sin embargo, fue un comentario amistoso.

Excepto el elegante Louis, los demás parecían pacientes míos, tras tres días en el hospital: cabello desaliñado, piel algo apagada y camisas arrugadas. En el tren, había oído a un turista decir que la zona de Montparnasse, donde estábamos, era un refugio para poetas, escritores y pintores. Aquellos hombres seguramente tomaban un descanso de su arte.

El de aspecto de boxeador encendió un cigarrillo Pélican y expulsó humo por las fosas nasales.

—¿Y tú, Jo? ¿Volverás a Martinica? Se comenta que…

Josephine negó.

—Siempre hay rumores, Fernand. Si llega el momento, sí, mi hermana y yo volveremos. Estoy intentando que sea un poco menos política en sus ensayos.

—Es un poco socialista de champán —dijo Marcel con una sonrisa ladina.

Josephine sonrió.

—No se lo digas. Se escandalizaría. —Miró dentro del café—. ¿Habéis visto a Berthe? La he buscado en el Marché, pero no la he encontrado.

—Otro de tus casos perdidos, Jo —dijo Manny. Me guiñó un ojo—. ¿Esta es otra?

Me sentí mortificada cuando los hombres dirigieron su atención hacia mí. Intenté apartar la mirada, pero Josephine me vio. Su rostro se endureció. Se volvió hacia los hombres y dijo con firmeza:

—No, Manny. No lo es. Si veis a Berthe, decidle que estoy dentro. Es una pintora con talento…, cuando trabaja. Mejor aún, no digáis nada. O saldrá corriendo en dirección contraria.

Los hombres rieron. Sentí envidia de la facilidad con la que Josephine conversaba con ellos y de cómo esquivaba con destreza los temas que no le interesaban.

Caminó los pocos pasos hasta mí, dándoles la espalda.

—Deja de seguirme. ¿No tienes un mínimo de dignidad? —susurró con dureza.

Apreté la mandíbula. Ya había tenido suficientes abusones en mi vida. Había perdido mi trabajo. Mi hogar. Mi familia. Había viajado lejos. No iba a permitir que esa mujer me tratara como si no fuera nada. El pulso me latía con fuerza y estaba furiosa, pero logré controlar la voz.

—Tengo que darte algo de parte de Mira y no me iré hasta que me dejes entregártelo.

—Sea lo que sea, no lo quiero.

—¿Por qué no?

Apretó los labios como si estuviera conteniendo algo que podría lamentar decir. Josephine me pareció el tipo de mujer que detesta las escenas y yo le estaba imponiendo una. Sacudió la cabeza como si no mereciera la pena responder, se giró y entró en el café.

***

Dentro, La Rotonde estaba lleno de reservados de terciopelo rojo, paneles de madera cálida, manteles blancos y lámparas amarillas con flecos, similares a las del barrio chino de Bombay. Sofisticado y humilde a la vez, parecía el tipo de lugar que imaginaba frecuentado por la élite de Bombay, escuchando jazz y bebiendo cócteles cada noche. El aroma del café y el alcohol se mezclaba en el aire.

En las paredes, alguien había colocado cientos de dibujos a lápiz y caricaturas; incluso había una pequeña escultura de un gato estirándose.

Josephine tomó un reservado al fondo con una vista clara de la puerta principal. Yo me senté en una mesa cercana, pero detrás de una columna, fuera de su campo de visión. Como en el Kavarna Slavia de Praga, el camarero que se acercó a su mesa llevaba pantalones negros y camisa blanca con pajarita negra. El conjunto se completaba con el delantal blanco más grande que había visto en mi vida.

—Bonjour, Henri.

—Bonjour, mademoiselle. Vous voulez…

Josephine pidió algo que no alcancé a oír.

Cuando vino a tomarme el pedido, pedí lo mismo que ella.

—Campari —dijo—. Bien.

Estaba a punto de marcharse cuando le pregunté:

—¿Por qué dejan aquí sus dibujos los artistas?

El camarero siguió mi mirada.

—Los clientes que no pueden pagar lo hacen. Cuando vuelven con el dinero, les devolvemos su obra. En el caso de algunos pintores, como Picasso, el dueño prefiere el arte al dinero —dijo secamente—. Los marchantes como Josephine —la señaló con un leve gesto de cabeza— suelen ver bocetos de los artistas que representan, pero eligen dejarlos expuestos. Es buena publicidad.

—¡Jo! Désolée, désolée!

Una mujer corpulenta, con un vestido suelto y el cabello encrespado escapando de un sombrero blando, corrió hacia Josephine. Tenía las mejillas planas y la papada caída sobre el cuello. Podía tener treinta, cuarenta o cincuenta años; era difícil saberlo.

Besó a la marchante en ambas mejillas. Josephine aceptó el saludo, girando la cara de un lado a otro, pero sin sonreír.

—Berthe.

—Muchas gracias por rescatar mi cuadro. ¡Ya sabes lo tacaño que es Louis, Jo!

Entonces comprendí que Berthe era la pintora cuya obra Josephine había comprado en el mercado.

—¿Has comido hoy? —preguntó Josephine después de que Berthe se sentara. Llamó a Henri para que trajera una tortilla con ensalada.

—Y también unos pepinillos —añadió Berthe, mirando a Josephine con una tímida sonrisa.

—Toma —dijo Josephine, empujando su vaso de Campari hacia ella. Su voz era suave, muy distinta del tono severo que había usado conmigo—. Berthe, ya te he dicho lo que pienso sobre regalar tu trabajo. Eres demasiado buena. Tu obra es demasiado valiosa.

—Sí, pero necesitaba mi medicina. Y Ricard también la necesita. —Se miró las uñas, mordidas hasta la raíz, y cerró los puños, como si intentara no volver a mordérselas.

Josephine tomó las manos rosadas de Berthe entre las suyas, de color caoba. Berthe tenía la piel clara, cubierta de pecas en la cara, los brazos y las manos.

—No la necesitas, Berthe. Y tampoco necesitas a Ricard manteniéndote alejada de la pintura. Él te complica la vida…

—¡Pero sí que la necesito, Jo! ¡Y necesito a Ricard! —Los ojos de Berthe se llenaron de lágrimas—. Si dejo la medicina, no puedo pintar.

—¿De verdad lo sabes o solo tienes miedo de que sea cierto?

Llegó la tortilla y Berthe se abalanzó sobre ella con el fervor de alguien medio hambriento. Entre bocado y bocado indicó:

—Lo sé. La única vez que lo dejé, me dolía tanto la cabeza que no podía concentrarme. Ricard tuvo que conseguirme más para que se me pasara el dolor. —Clavó sus grandes ojos azul pálido en Josephine, que suspiró.

—De acuerdo. Si no vas a dejarlo, al menos búscame la próxima vez y deja que venda yo tu obra para que puedas comer. Puedo conseguirte más dinero que Louis Le Grand. Quiero que al menos comas y te mantengas fuerte.

Berthe sonrió, mostrando dos dientes ausentes en la encía inferior.

—Eres tan buena conmigo, Jo. Perdona que se me olvide. —Miró el cuadro envuelto sobre la mesa—. ¿Puedo recibir ya el dinero?

—Primero tengo que venderlo.

—¿Y si me adelantas el dinero ahora?

—¿Se lo darás a Ricard?

—Él cuida de mí, Jo. Ya lo sabes.

—Entonces la respuesta es no.

—¿Y si no se lo doy?

—Entonces estarías mintiendo, y la respuesta seguiría siendo no.

—Él es toda mi vida.

—Pintar es toda tu vida. Has trabajado muy duro para ello.

Berthe limpió el plato con un trozo de pan.

—Entonces… ¿Puedo tomar un Pernod?

Josephine asintió y llamó al camarero; luego sacó otro cigarro del estuche en su bolso.

Berthe me recordó a pacientes que se compadecían de sí mismos. Protestaban con fuerza como si fueran las víctimas, cuando en realidad habían causado sus propios problemas. Como el señor Mittal, que no había seguido las instrucciones para limpiar y vendar su herida y volvió con una infección peor, culpándonos a nosotros por no tratarla bien.

Fuera, se oyeron voces coreando consignas; al principio débiles, pero luego más fuertes. Como las protestas de los trabajadores textiles en Bombay.

Los clientes dejaron sus mesas para mirar hacia la entrada del café; Josephine y Berthe no se movieron. Yo llegué a la puerta justo a tiempo para ver una manifestación que avanzaba por el Boulevard Raspail con pancartas que decían: Les Riches Doivent Payer!

Un cliente elegante consultó su reloj de bolsillo de oro y le dijo a la mujer que lo acompañaba:

—No se dan cuenta del peligro que corren. Se acerca otra guerra; puedes estar seguro. Hará falta mucho más que estas protestas para detenerla.

—Tienen todo el derecho a protestar —respondió un hombre más joven, con la camisa blanca desabrochada hasta el cuarto botón y chaleco abierto—. Mira cuántos están sin trabajo. Hace cuatro años, estos cafés estaban llenos. Ahora mira: solo una de cada cuatro mesas está ocupada.

Se me revolvió el estómago. Me pregunté si había sido buena idea venir a Europa cuando parecía que había tanta agitación latente bajo la superficie; primero en Praga y ahora en París. Había escuchado conversaciones por todas partes: podía haber otra guerra sangrienta como la que el mundo acababa de sufrir. La lucha entre los nazis, los fascistas y el resto de Europa y América. Como en la guerra anterior, los británicos enviarían al ejército indio a luchar en su nombre. Un país tan pequeño como Gran Bretaña no podría hacer la guerra de otro modo. Soldados indios perderían la vida sin sentido en una guerra que no habían iniciado ni de la que se beneficiarían. Podía imaginar las bajas, las mutilaciones y las muertes desbordando los hospitales en casa.

Las piernas me empezaron a temblar ante esa imagen y tuve que sujetarme a una mesa del café para mantener el equilibrio.

Aún me sentía algo débil cuando volví a sentarme. El camarero me trajo un vaso lleno de líquido rojo. Al verme mirarlo con desconfianza, dijo:

—¿Nunca ha probado un Campari?

Negué, sintiéndome tonta. ¿Nunca llegaría a ser tan mundana como Mira, Josephine o Petra? ¿Quién me creía que era, sentada en un café de París, fingiendo ser adulta?

—Puede que le resulte un poco amargo, pero es bueno para antes de cenar. —Sonrió, mostrando un hueco entre los dos dientes delanteros. En otra persona no habría resultado encantador, pero en él sí que lo era.