CAPÍTULO 10
Me sentía sola.
La visita a casa de Petra me había dejado deprimida y había salido de allí un poco menos encantada con Mira. Echaba de menos a mi madre, que me habría preparado su suji ka halwa y recitado un hermoso poema de Rabindranath Tagore para consolarme. Echaba de menos a Amit. Resistía el impulso de preguntarle al doctor Stoddard por él. Estaba segura de que adivinaría lo que sentía por Amit y quería guardarme esos sentimientos para mí. También echaba de menos al viejo doctor. Y a Edward. Sonreía cada vez que pensaba en nuestro baile en el Gran Bazar. Me descubrí deseando estar con alguien a quien yo le importara. También echaba de menos la India; anhelaba la familiaridad de sus aromas, su pulso, su gente.
Después de bajar en la Gare de l’Est en París, me dirigí al hôtel particulier donde una placa de latón me informó de que me encontraba en la Embajada Británica de Su Majestad.
El consejo de Edward Stoddard de acudir a la embajada británica en cada ciudad que visitara me había sido útil hasta entonces.
Si la de Praga había sido impresionante, la de París era deslumbrante. Como un palacio de cuento de hadas: lámparas de araña de cristal, paredes cubiertas de altos espejos y columnas doradas. Bajo mis pies, una alfombra mullida con motivos carmesí y dorado. A través de las ventanas de suelo a techo de la pared trasera, mi mirada se dirigió a un césped verde, exquisitamente cuidado.
Cuando me presenté en recepción, el recepcionista me entregó un sobre con relieve. Estaba dirigido a mí con la letra apretada del doctor Stoddard. Nunca me había alegrado tanto de recibir una carta en mi vida.
Querida muchacha:
Me alegra que hayas aprovechado al máximo tu visita a Praga. Espero que estés desentrañando el enigma de esa pintora tan misteriosa. No tienes ninguna obligación con nosotros. Edward solo actuó como lo habría hecho normalmente. Estamos aquí para ayudarte en todo lo que podamos.
Ahora tengo algo que plantearte.
Es comprensible que no desees visitar a tu padre, pero si abandonas esta vida sin haberle dicho lo que piensas, no estarás en paz contigo misma. Sé que te hizo daño a ti y a tu madre, pero no permitas que siga haciéndotelo.
He querido contarte algo desde que te conocí. Ni siquiera Edward lo sabe. Pero puede ayudarte a entender algo sobre tu padre.
Dejé a una prometida en Inglaterra cuando vine a la India. Tenía toda la intención de llamarla y casarme con ella cuando me hubiera establecido en Bombay. Pero entonces conocí a Deva. Nunca había conocido a nadie como ella. Tenía una calma interior que me resultaba reconfortante. Yo me sentía muy abatido por haber perdido a un paciente en Inglaterra debido a mi descuido. Se cometen errores, pero nunca pensé que sería yo quien cometiera uno. El hombre que murió bajo mi cuidado era el hermano de mi prometida. Ella quedó destrozada. Yo no podía perdonarme. Tenía que alejarme lo máximo posible para escapar de mi sentimiento de fracaso. La había herido. Me había perdonado, nunca me culpó por la muerte de su hermano. Nunca cambió de opinión sobre casarse conmigo. Pero yo quería huir de mi culpa. Así que vine a la India y me enamoré de Deva. ¿Lo hice para evitar volver a Inglaterra, el escenario de mi gran fracaso? ¿O porque quería empezar una vida con una mujer extraordinaria?
Me casé con Deva. Fuimos felices juntos. Edward es fruto de esa unión y el logro más maravilloso de mi vida. Cuando tenía ocho años, Deva murió atropellada por un tranvía.
La gente nos miraba a Deva y a mí como probablemente miraban a tu padre y a tu madre. Como si hubiéramos quebrantado alguna ley. Éramos una abominación a sus ojos. No siempre fue así. Hubo un tiempo en que el gobierno británico fomentaba matrimonios como el nuestro —como el de tus padres— para crear vínculos y aliviar tensiones entre ellos y los indios. Pero la mala voluntad nunca pudo disiparse mientras los británicos estuvieron en el poder. Los matrimonios mixtos fueron las víctimas.
Había tanta desaprobación a nuestro alrededor que Deva y yo no nos relacionábamos mucho. Había otros como nosotros, pero nadie quería formar parte de un club de marginados. Cuando te conocí, supe que eras una de los nuestros. Y tú lo confirmaste.
Pensé muchas veces en lo insensible que fui con mi prometida, rompiendo nuestro compromiso en una carta. Demasiado cobarde para verla en persona. Nunca regresé a Inglaterra. Mi familia no estaba interesada en relacionarse conmigo. La suya tampoco. Todos se avergonzaban de mí. Yo también me avergonzaba. Hui de Inglaterra. Luego hui de mi obligación con Elizabeth.
Todo esto es para decirte que mi mayor arrepentimiento en la vida es no haberme enfrentado a Elizabeth y haberle pedido perdón por mi crueldad. No puedo evitar pensar que tu padre quiere —necesita— decirte lo mismo, que lamenta haberos abandonado. Y si la montaña no va a Mahoma…
Prométeme que lo pensarás.
Con todo mi cariño y admiración,
Ralph Stoddard
Durante mucho tiempo, me quedé ahí de pie, con la carta en las manos. A mi alrededor, hombres serios con trajes oscuros de lana, coroneles y mayores británicos, secretarias con faldas lápiz y conjuntos de rebeca, iban y venían por la zona de recepción, caminando con determinación de un lado a otro. Y aun así, yo permanecía inmóvil.
¿El doctor Stoddard había estado casado con una mujer india? Habíamos pasado doce días juntos en el vapor. ¿Por qué no me lo había contado entonces? Yo había compartido con él sentimientos —haber sido rechazada por el hospital, haber sido rechazada por mi padre— que no había compartido con nadie más que con mi madre. Él había escuchado. Me había mirado como lo haría un padre: con aceptación, sin juzgar. Pero había hecho exactamente lo mismo que mi padre: abandonar a alguien que había depositado su confianza en él, como mi madre lo había hecho con el mío. Yo había odiado a mi padre por eso. ¿Había sido una necia otra vez, confiando en el doctor? ¿Cómo había podido ganarse tan fácilmente mi afecto, que normalmente concedía con cuentagotas… y arrebatármelo con tanta brutalidad?
Otra revelación: ¿Edward era mestizo como yo? Había confundido el tono más oscuro de su piel con el efecto del sol, cuando en realidad era su herencia. ¿Había crecido bajo la sombra del desprecio como yo? ¿Había sufrido los mismos insultos hirientes? ¿Había llorado en brazos de su madre como yo? Y, sin embargo, no había visto en él ese núcleo duro de resentimiento que yo llevaba dentro. ¿Sería porque, a diferencia del mío, su padre se había quedado, lo había criado incluso después de la muerte de su esposa? Edward trabajaba para la embajada británica, no la india. Eso significaba que tenía ciudadanía británica gracias a su padre, un padre que había reconocido su paternidad. Edward tenía un privilegio real.
Alguien me tocó el codo. Era una mujer mayor, de pelo rubio corto y nariz respingona. De joven habría sido bastante atractiva. Tenía leves bolsas bajo los ojos.
Su voz era suave, tranquilizadora.
—Me temo que si se queda aquí mucho más tiempo, alguien podría llevársela por delante. ¿Son malas noticias? —Miró la carta en mi mano.
Me di cuenta de que pensaba que había recibido noticias de una muerte. Para tranquilizarla, sonreí.
—Nada de eso. Pero sí es una sorpresa.
—Entonces debe venir al salón y tomaremos una taza de té. ¿Le parece bien?
Cogí mi bolsa de viaje y dejé que me condujera a una sala elegantemente decorada. Un mayordomo se acercó.
—¿En qué puedo ayudarla, señora Phipps?
—Té para la señorita, por favor. —Cuando el mayordomo se retiró, ella se volvió hacia mí—. ¿Puedo ayudarla en algo más? ¿Ha venido por algún documento de viaje?
—No, señora. He venido para que me ayuden con el alojamiento. Para dos o tres noches.
Sus ojos se posaron en mi equipaje.
—Por supuesto. Usted es de… No, déjeme adivinar… Por su acento… ¿India?
—Bombay. —Levanté la carta—. Me han indicado que viniera aquí. El doctor Stoddard y su hijo, Edward Stoddard, sugirieron…
Ella se animó.
—¿Eddy? Oh, claro. ¿Él le ha dicho que viniera aquí?
Asentí.
La señora Phipps sonrió.
—Entonces veamos quién puede ayudarla.
—¿También trabaja usted en la embajada?
Rio.
—Supongo que podría decirse. Soy la esposa del embajador.
Al final, la señora Phipps me dio el nombre de una vieja amiga, una tal madame Renaud, que vivía sola y apreciaba la compañía. Conté el dinero que me quedaba. Era justo lo suficiente para llegar a Florencia. Pero en París, que siempre había oído que era una ciudad cara, debería tener mucho cuidado y esperar que el alojamiento no costara demasiado. En el peor de los casos, siempre podía pasar la noche en la estación.
Comprobé la dirección de madame Renaud. El edificio blanco de apartamentos terminaba en una esquina donde el Boulevard Raspail se cruzaba con la Rue Bréa. Balcones de filigrana enmarcaban las ventanas. En la planta baja había un café, con bicicletas aparcadas en la acera empedrada. Estuve a punto de marcharme. Sin duda, ese alojamiento estaba muy por encima de mi presupuesto. La esposa del embajador no había hablado de precios conmigo y yo había sido demasiado tímida para preguntar.
Madame Renaud era una mujer elegante cuya casa debió de ser majestuosa en otra época. Vivía en uno de los tres apartamentos del cuarto piso. Los cojines del sofá estaban hundidos, aunque cubiertos con un hermoso mohair color rosa. Con el tiempo, miles de pasos habían marcado un camino sobre la alfombra persa. Las cortinas de terciopelo, de suelo a techo, parecían necesitar una buena limpieza. Me pregunté si la Gran Depresión tendría algo que ver con el estado de su hogar. En un francés preciso, madame Renaud me indicó que tomara la primera habitación a la izquierda de la puerta principal.
Llevaba todo el día cargando la bolsa de viaje y me dolía el brazo. Como si lo hubiera dicho en voz alta, mi anfitriona comentó:
—Debe de estar cansada. Instálese y luego cenaremos.