CAPÍTULO 9 #7
Cuando la multitud se abrió lo suficiente como para dejarme ver la exposición de Petra, me quedé sin aliento. Había un cuadro de Mira leyendo. Mira bañándose. Mira mirando por la ventana.
Un toque en el hombro me hizo dar un respingo.
—Has venido —dijo Pavel—. Ven. Te presentaré. Ya conoces a Martina.
La mujer del café me sonrió y alzó su copa. Luego vino un hombre con boina y una capa de satén impresionante. Se llamaba Emil. Después, Gerta, cuyos rizos rubios rebotaban cada vez que se movía. Todos tenían una bebida en la mano: champán, vino tinto, whisky, absenta.
Emil tomó una copa de líquido anaranjado de la bandeja de un camarero y me la dio.
Le di las gracias y probé un sorbo. Era dulce y fuerte. Procuré no hacer una mueca y decidí dejarla en cualquier sitio en cuanto pudiera. Observando los cuadros a mi alrededor, dije:
—Todo es…
—¿Sobre Mira? —terminó Pavel.
Asentí.
—Ya te dije que Petra estaba obsesionada con Mira. No superaba que Mira tuviera otros amantes. Petra albergaba la esperanza de que Mira estuviera aquí esta noche. La había invitado. Una especie de reconciliación.
—¿Se habían peleado?
Gerta rio.
—Mira se cansó de la adoración. La gente se cansa de estar en un pedestal, ¿sabes? Aunque yo no puedo decirlo… Todavía no. —Se rio con naturalidad—. ¿Te das cuenta de que, con la muerte de Mira, los cuadros de Petra acaban de subir de valor?
Me molestaba que alguien hablara de sacar provecho de la muerte. Agité la copa que tenía en la mano.
—Petra no me mencionó que estuviera preparando una exposición sobre sus cuadros de Mira. Cuando llegué a su apartamento esta mañana, estaba pintando…
Martina arqueó una ceja perfectamente depilada.
—¿Un chico joven? ¿Guapo, pelo rubio oscuro?
Asentí.
—Henrich. Todos los pintores lo usan. Sobre todo, habla alemán. Responde a káva.
El grupo de Pavel rio.
—¿Qué te parece?
La voz de Petra nos sobresaltó. Llevaba el mismo vestido de seda que por la mañana —¿no tenía otra ropa?—, pero ahora tenía el pelo trenzado. Llevaba una boa de satén rosa alrededor del cuello y purpurina en los párpados. Parecía etérea.
—Lo llamo mi despedida de Mira.
Fruncí el ceño.
—Pero… es imposible que supieras lo de… lo de su muerte antes de hoy, ¿no?
Petra se quedó como si la hubiera golpeado. Tenía el rostro ceniciento. Se dio la vuelta y se abrió paso entre la multitud, que enseguida volvió a cerrarse tras ella.
La perdí de vista. ¿Había sabido de la muerte de Mira antes de que yo llegara? ¿Cómo? Hacía tres semanas de su fallecimiento. Yo no había visto ninguna noticia en el periódico sobre la muerte de la célebre pintora. Entonces, ¿cómo se había enterado Petra? ¿Había pintado esos lienzos porque sabía que Mira había muerto? Y si lo sabía, ¿por qué fingió sorpresa cuando se lo dije?
El cóctel me había dado dolor de cabeza. Me marché poco después, despidiéndome de Pavel y su grupo. Sabía que esa noche no podría entregarle a Petra el cuadro de Mira. Tendría que hacerlo al día siguiente, antes de partir hacia París.
A la mañana siguiente, mi casera me despidió con café fuerte y bollos de manzana caseros. El café era amargo hasta que le añadí un poco de azúcar y bastante leche. Quizá algún día me acostumbraría a ese sabor que tanto parecía gustar a los europeos. En su francés vacilante, me preguntó cuál era mi próximo destino. Le dije que iba a París para hablar con el marchante de arte de Mira.
—Que le vaya bien. —Sonrió. Su bebé también sonrió, enseñándome sus dos primeros dientes.
Con la bolsa de viaje en la mano otra vez y el cinturón de cuero alrededor de la cintura —esperaba que pareciera más un accesorio de moda que un estorbo—, fui andando hasta el apartamento de Petra. Quería darle tiempo para recuperarse de la recepción de la noche anterior, así que vagué por la Ciudad Nueva durante una hora. Por la forma en que todos habían bebido, tenía la sensación de que la velada se habría alargado hasta la madrugada.
La misma criada me dejó entrar en la residencia Hitzig.
Subí hasta la última planta y llamé a la puerta.
Cuando Petra no respondió, probé el picaporte como había hecho el día anterior. Estaba abierto —otra vez—. Petra estaba tumbada en la cama, con las sábanas cubriéndole solo la mitad del cuerpo. Crucé la habitación hasta la cama y puse la mano bajo su nariz para asegurarme de que respiraba. El rímel le corría por los ojos, dándole un aspecto fantasmal. El pelo de un lado lo tenía apelmazado y el vestido del día anterior estaba manchado de vómito. Tenía un moratón en un brazo.
Dejé la bolsa de viaje y fui a su improvisada cocina a hervir agua. Al registrar los armarios, encontré una bolsa de café y un paquete de galletas abierto. Las únicas tazas estaban en el fregadero, esperando a ser lavadas. Las metí bajo el agua caliente —no parecía haber jabón—. Cuando el café estuvo listo, lo vertí en una taza y puse agua fría en la otra. Llevé ambas junto con el paquete de galletas.
—¿Petra? —Se movió—. Bebe primero el agua, luego el café. Tengo algo para ti. De la señorita Novak.
Abrió los ojos, pegajosos por el rímel y el delineador. Al verme, gimió.
—Eres la entrometida.
Volvió a cerrar los ojos.
Había escuchado cosas peores de los pacientes. Con los más obstinados hay que ser firme —pero con amabilidad, según el manual de enfermería—. La incorporé tirando de sus manos, que estaban pegajosas.
Me apartó y se sentó, amontonando las almohadas a su espalda. Intentó coger el café primero, pero se lo aparté y le di el agua.
Bebió con avidez y alargó la mano en busca del café.
—A Mira le importabas, Petra —dije—. Se notaba por cómo hablaba de ti.
Ahora tenía su atención. Petra me miró con los ojos muy abiertos en su rostro aniñado.
—¿De verdad?
—Me contó que no habría sobrevivido al colegio sin ti. Que las dos veíais todas las películas de Voskovec y Werich que llegaban al cine y os reíais hasta caeros de la silla. Que llorasteis con La novia vendida y maldijisteis a la casamentera intrigante. Que patinabais sobre hielo cada invierno, cogidas de la mano. Que os saltabais clases para dibujar juntas en el parque sobre la estación de tren.
Petra se limpió la nariz con la sábana que la cubría. Tenía las mejillas mojadas de lágrimas, pero sonreía.
—¡Era tan divertida! Siempre dispuesta a una aventura. Ella lideraba; yo la seguía. Por eso me llamaba ovce. Oveja. No me importaba. Lo decía con cariño. Era muy buena imitadora y podía imitar a todos en el colegio: a los profesores, a los tutores y a los monitores de gimnasia. Teníamos un profesor de química con solo tres dedos en la mano izquierda. Nos fascinaba. —Soltó un hipido y se echó a reír—. Pasábamos horas imaginando qué le habría pasado. ¿Había nacido así? ¿Le habían cortado los dedos como en ese cuento de La muchacha sin manos? ¿Se desmayó en una tormenta de invierno y sufrió congelación? En clase levantaba sus ocho dedos y decía algo como: «Quiero que memoricéis diez elementos para mañana». Sabíamos que lo hacía adrede para impresionarnos.
»Un día, Mira… —Petra empezó a reírse con ganas. Tuvo que intentarlo varias veces antes de poder seguir—. Un día, Mira dobló dos dedos de la mano izquierda contra la palma y los sujetó con cinta. Me hizo lo mismo a mí. Todo el día fuimos diciendo: «Hay diez normas que quiero que sigáis», y levantábamos los ocho dedos. Nos pilló en el pasillo. Nos sentimos fatal, pero él se rio y dijo que podía hacernos un experimento para que ocurriera de verdad. Ese año se convirtió en nuestro profesor favorito. —Petra miró su vestido arruinado y tiró de una arruga—. La he echado de menos. Todos los días desde que se fue de Praga. Pasé una temporada con ella en París cuando estudió allí, y nos divertimos muchísimo. No puedo creer que haya muerto.
Se mordisqueó una uña. Parecía tan pequeña y frágil. Podía imaginarla de niña, con trenzas, esperando a su amiga Mira después de clase para irse juntas en busca de otra aventura. Mira me había dicho que había superado su amistad con Petra, pero estaba claro que esta no había superado su cariño por Mira. Nunca volvería a compartir esas escapadas con su amiga de la infancia.
—Mira dejó un cuadro para ti.
Saqué La espera de la bolsa de viaje.
Petra dejó la taza de café en el suelo y la cogió con ambas manos. Pasó el dedo por las capas de pintura seca. Durante varios minutos no dijo nada.
—¿Sabes por qué eligió este? Es uno de sus cuadros más famosos. Nunca lo habría vendido.
—No. Me dejó instrucciones para dártelo. Hay otro cuadro para Paolo, de quien has oído hablar. Y otro para Josephine, a quien debiste conocer en París cuando estuviste allí con Mira…
Le di la vuelta al cuadro para enseñarle la P en la parte trasera del lienzo.
—También dejó esto.
Le mostré la nota que Mira había dejado con los cuadros. Petra pasó los dedos por la escritura.
—Sin duda es la letra de Mira. —Miró La espera—. Esto me recuerda a las niñas que fuimos. Sé que estas chicas son indias, pero en sus caras veo a las que éramos antes de cambiar. Una época en la que confiábamos en nuestros padres porque no los conocíamos lo suficiente. Cuando encontrar la pluma de un pájaro era lo más importante del mundo, antes de que aparecieran los chicos. Cuando fuimos conscientes de nuestra feminidad, y acabó dominándolo todo. —Acarició de nuevo el cuadro—. Pero ¿por qué te lo dio a ti? ¿Ya os conocíais antes de que llegara al hospital?
Me senté en la cama junto a ella. La enfermera que había en mí tuvo que ignorar la ropa de cama sucia y fingir que las manchas amarillas de las almohadas eran maquillaje.
—No, solo la conocí durante seis días, cuando fui su enfermera de noche, pero hablamos mucho durante ese tiempo. Me contó algo sobre ti que creo que quería decirte en persona.