Seis días en Bombay CAPÍTULO 9 #6
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CAPÍTULO 9 #6

Pavel se aclaró la garganta.

—Todos fuimos a los mismos colegios. Hacíamos cosas juntos. Pero Mira y Petra… —miró de reojo a su compañera— estaban muy unidas. Petra adoraba el suelo que pisaba Mira. Y algo más que eso. Sentía algo por ella. Mira se lo tomaba a risa, pero para Petra era algo importante. Y entonces apareció Paolo.

Sonrió, y Martina también.

Me zumbaban los oídos. Ese era el Paolo de Mira.

Con una risita ronca, Martina juntó los dedos de una mano e imitó con exagerado acento italiano:

—Pa-o-lo —continuó en francés—. Mira no podía dejar de hablar de él. Debía de tener… ¿Quince años? Cuando se fue a Florencia a estudiar con él…

Pavel casi se atragantó al dar un sorbo a su café.

—Su madre fue a Florencia para estudiar a Paolo y arrastró a Mira con ella. A su madre le volvía loca.

Ambos se rieron.

Aquello no era nuevo para mí. Mira me había hablado de la fascinación de su madre por Paolo. ¿Sería por eso por lo que Mira también había intentado seducirlo? ¿Para vengarse de su madre por su falta de atención, por sus celos?

El café mantenía un flujo constante de gente entrando y saliendo, amigos saludando a amigos. Sentada con Pavel y Martina, casi podía fingir que esa era mi vida. Como si pasara las tardes charlando con amigos, bebiendo chocolate caliente y comiendo pasteles. Cotilleando sobre personas que teníamos en común. Mi existencia real me parecía tan monótona. Casa. Hospital. Casa. Mercado. Casa. Sin mi trabajo y sin mi madre, ¿seguía siendo esa mi vida?

El camarero volvió y Pavel pidió en checo. Martina le dijo algo, señalando su estómago. Pavel le lanzó una mirada de soslayo, como diciendo: «Déjame en paz con lo que como».

—¿A la señorita Novak le gustó estudiar con Paolo? —pregunté.

Volvieron a reír, Martina apoyándose en Pavel.

—Le gustaba estudiar a Paolo.

Su risa se convirtió en tos. Reconocí los síntomas de una fumadora empedernida.

Cuando se recuperó, Martina se aclaró la garganta.

—No hablaba de otra cosa. Estaba completamente… —le preguntó algo a Pavel en checo.

Él dijo:

—Enamorada.

—¡Enamorada! —repitió Martina, levantando el cigarrillo.

—¿Y él la correspondía? —me atreví a preguntar, aunque era osado. Quería saberlo. Mira no me había dado ninguna pista en un sentido u otro. Solo había dicho que siempre amaría a Paolo, estuvieran juntos o no.

Martina hizo una mueca y miró a Pavel.

—Tanto como amaba a cualquiera, supongo. Nunca lo conocimos. Solo oíamos hablar de él.

Pavel se recostó en su silla y se encogió de hombros.

—¿Y su marido, Filip? —me interesé.

Se miraron entre sí. Martina fumó. Pavel bebió su café. Finalmente, Pavel dijo:

—Filip era… seguro. No le exigía nada. Mira era atrevida. Aventurera. Sus padres querían que se casara y dejara de provocar escándalos con hombres y mujeres. Era muy libre. Así que Filip fue la respuesta. No sé si fue ella quien se lo pidió o si fue un gesto caballeroso por su parte. Se casaron, pero Mira siguió teniendo sus aventuras. Filip miraba hacia otro lado y eso parecía convenirles a ambos.

—¿No estaba celoso?

—¿Filip? —Martina negó—. No lo creo. —Miró a Pavel—. ¿Qué tiene? ¿Diez años más que nosotros? —Se volvió hacia mí—. Todos lo conocemos, pero no bien. No creo que sea posible conocerlo. Es muy callado. Siempre está ahí, en segundo plano. Siempre me he preguntado qué veía Mira en él.

Pensé en cómo Filip había sido un fantasma invisible en el hospital. Estaba, pero no estaba. Mira había dicho que nunca había estado enamorada de él, que en realidad nunca se había enamorado de nadie.

—Era su primo hermano, ¿sabes? —comentó Pavel.

—Eso dijo —respondí—. ¿Pensaban tener hijos?

Tenía que preguntarlo por el comentario críptico de Mira sobre que el bebé era de Paolo.

—¿Mira? —Martina sonrió—. Ni de lejos. Nunca quiso tener hijos. La conozco desde que era así de alta. —Martina señaló la altura de la mesa del bistró—. Ni una sola vez indicó lo contrario.

A menos que me lo preguntaran, no pensaba contarles que Mira había llegado al hospital con un aborto espontáneo. Pero sentía que mi tristeza crecía. Por Mira. Por la pérdida de su talento. Por la ligereza con la que aquellas dos personas recibían la noticia de su muerte.

Me disculpé y empecé a levantarme. Fue entonces cuando me di cuenta de que aún llevaba la bolsa de lona que me había prestado mi casera. Me había olvidado de entregar La espera a Petra.

—Habrá más amigos de Mira en la exposición de esta noche. La gran muestra de Petra. ¿Por qué no vienes? —Pavel escribió la dirección en una servilleta—. ¿Dónde te alojas?

Le di la dirección y me indicó qué tranvía tomar para ir a la galería.

Decidí volver andando a mi alojamiento. Me sentía como si llevara varios días sentada y, ya que estaba en Praga, quería absorber todo lo posible de aquel mundo. Al fin y al cabo, quizá no volvería a pasar por allí.

Paseando por la Ciudad Nueva, percibí el olor de la carne chisporroteante y el pan recién hecho, jabones perfumados y piedra polvorienta. Esquivé tranvías y boñigas de caballo. Por el amplio bulevar frente a la Plaza de Wenceslao, admiré la alta costura femenina en los escaparates. Una mujer salió de una tienda de zapatos Bata, con sus hijos cargados de bolsas. En una tienda de artículos de cuero, decidí comprar un cinturón con un pequeño monedero para guardar el dinero. De vuelta en el bulevar, un cartel de barbería anunciaba las ventajas de llevar la barba bien arreglada. Me detuve ante un anuncio en el escaparate de una farmacia que prometía un escote exuberante y los secretos para parecer más joven. Sonreí ante aquellas promesas —tan exageradas, tan parecidas a los anuncios de Bombay y, aun así, tentadoras.

Finalmente, llegué a la Plaza de la Ciudad Vieja. Mi guía Baedeker recomendaba visitar el Reloj Astronómico, una atracción turística muy popular. Marcaba la hora bohemia antigua, la babilónica, la alemana y la sidérea, además del recorrido del sol y la luna por las constelaciones. En cada lugar que veía me preguntaba si Mira habría estado allí, qué habría hecho, en qué habría pensado y con quién habría estado. Si cerraba los ojos e imaginaba su rostro, evocando su inconfundible olor a aceite de linaza, casi podía sentirla a mi lado.

Tras eso, regresé a mi alojamiento. Quería ducharme y quitarme el uniforme. Tenía el tiempo justo para escribir una respuesta rápida al doctor Stoddard antes de ir a la exposición.

Querido doctor Stoddard:

Nunca pensé que echaría de menos nuestro casino del barco. Me ha convertido usted en una jugadora. La próxima vez que nos veamos tendrá que enseñarme un juego nuevo; preferiblemente uno en el que tenga alguna posibilidad de ganarme. (Aquí es donde usted se queja de mi arrogancia.

He llegado sana y salva a Praga y ya estoy instalada en un encantador apartamento con vistas al río Moldava. La comida es tan deliciosa como usted predijo; especialmente el solomillo con salsa de nata. ¡No les dejé escatimar en la salsa!

La ciudad es tan hermosa y tan distinta de Estambul, Bombay o Calcuta. Mire donde mire, hay agujas de iglesias, calles empedradas y una neblina dorada que lo envuelve todo. Me hace pensar en el señor Rochester en Thornfield Hall y en cómo se sintió Jane Eyre al ver su casa por primera vez. (No haga caso. Estoy siendo una colegiala con fantasías de colegiala).

Gracias a usted —y a Edward—, la embajada me ayudó a encontrar a Petra, la amiga de la infancia de Mira. Ha sido muy generosa al hablarme sobre la vida de Mira aquí. Parecía idílica. Petra me presentó a otros amigos de Mira que pudieron contarme aún más. Esta noche me han invitado a una exposición que Petra ha organizado con sus propias obras. Así que debo marcharme.

Encantada de saber de usted.

Atentamente,

Sona Falstaff

Odiaba mentirle, pero si le decía la verdad —que no había probado el solomillo, que Petra no había sido especialmente amable— podría preocuparse. Su salud era frágil y no podía hacerle eso. Aun así, me habría gustado poder confiarle a alguien lo de mi dinero menguante. Guardármelo me estaba provocando un nudo en el estómago, y por eso tuve que —muy a mi pesar— rechazar la comida que me ofreció mi casera. Le sonreí, señalando mi reloj para indicarle que tenía que marcharme.

Era una agradable noche de mayo en la que bastaba con un jersey. Tomé el tranvía hasta la Sala de Exposiciones Mánes, un edificio funcional y monocromático, tan distinto de la arquitectura gótica, renacentista o modernista de la ciudad. Mánes estaba en parte junto al agua y en parte sobre el río Moldava. De las ventanas y puertas abiertas salía música jazz, del tipo que se escuchaba en los clubes británicos de Bombay.

No parecía haber nadie en la puerta cobrando ni controlando el acceso.

Entré en un espacio muy iluminado, de techos altos. Estaba tan abarrotado que los camareros tenían que sostener las bandejas de canapés por encima de sus cabezas para abrirse paso entre la gente.

Los checos tenían aspecto británico, pero vestían mejor, como los franceses. Las mujeres jóvenes llevaban larguísimas bufandas de gasa alrededor del cuello, cuyos extremos les llegaban hasta las nalgas. Vestían túnicas sin forma, hechas de sedas caras, o pantalones plisados con blusas de satén. Algunos hombres llevaban perilla, como Pavel. Otros llevaban el pelo largo hasta las orejas o los hombros. Muchos usaban tirantes de colores como complemento. Yo me sentía poco arreglada con mi jersey, mi falda de tweed hecha en casa y mi blusa de algodón, pero nadie reparó en mí. Volvía a ser invisible, y eso me venía muy bien.

Mientras avanzaba por el laberinto en busca de Petra y Pavel, captaba fragmentos de conversaciones en francés:

—Están construyendo más villas en la colonia Baba. Son tan modernas…

—No puedo decir que lo haya leído, pero todo el mundo habla de ello. Antes de que saliera su libro, ¿sabías que Gertrude Stein…?

—He oído que están reprimiendo las obras en el Teatro Liberado…

—El swing nunca será tan popular como el jazz…

—¡Ya lo creo! El primer aeropuerto de Checoslovaquia. Mi padre ya ha reservado plaza…