Seis días en Bombay CAPÍTULO 9 #3
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CAPÍTULO 9 #3

Por la rigidez de sus hombros supe que mi acento lo había desconcertado. Por mi apellido y mis ojos color ocre, había supuesto que hablaría con un acento británico impecable. Pero me había criado con monjas inglesas en la India y, aunque no tenía el inglés muy marcado de la mayoría de los indios, tampoco poseía el acento refinado que él esperaba.

Una joven esbelta de unos veinte años entró con una bandeja de té y galletas. Me di cuenta de que aún sostenía mi bolsa de viaje, reacia a soltarla tras el desastre con mis ahorros. La dejé en el suelo, junto a la silla. Tomé una taza humeante y le añadí un poco de leche. La asistente dejó la de Peabody sobre el escritorio y me observó con curiosidad antes de salir. Seguro que se preguntaba qué hacía aquel funcionario hablando con una enfermera.

—Señor Peabody, yo estaba a cargo de una paciente en Bombay que murió en el hospital. Tal vez haya oído hablar de ella. Mira Novak. Era pintora.

Había ensayado aquella frase en el tren para restar importancia a mi supuesta implicación.

Alzó las cejas.

—Sí, la conozco. De aquí. De Praga. Vaya, vaya… Lo siento mucho. Habrá que enviar condolencias. —Cogió una galleta—. ¿En qué puedo ayudarla?

—Quería que avisara a su amiga más cercana en Praga. La señorita Petra… —No tenía apellido, pero si los Novak eran conocidos de Peabody, quizá conociera a sus amistades—. Los Novak vivían junto a su familia.

—¿Podría ser la señorita Hitzig? ¿De la familia Hitzig? Si es la misma, estamos de suerte. Su padre es dueño de una de las mayores empresas de vidrio. Vajillas magníficas. Conocidas en toda Europa. Muy adelantados. ¿Busca a Petra Hitzig?

No sabía si era la misma Petra, pero sí que la familia de Mira estaba bien relacionada y los Hitzig encajaban.

—Sí.

Peabody terminó el té.

—Le diré a Regina que le dé la dirección. Al otro lado del puente de Carlos, creo. La familia estará destrozada. Los Novak se marcharon hace años. Desde la Primera Guerra, los judíos han sido precavidos. Con razón. No los culpo. Hitzig, en cambio, no está preocupado. Se lleva bien con los alemanes y tiene una empresa que dirigir. —Juntó las manos—. ¿Necesita alojamiento? —Cambiaba de tema tan deprisa como Mira.

Tardé un momento en reaccionar.

—Sí, por favor.

—Regina le dará una lista. ¿Documentos en regla?

—El doctor Stoddard… El padre del señor Stoddard… se ocupó de eso en Bombay.

Aunque me costara admitirlo, la nacionalidad británica de mi padre —y los contactos del doctor— me habían conseguido un pasaporte británico.

—Nunca he estado allí. Bombay. No soporto el calor, me salen sarpullidos. Esos soldados indios… Buena tropa. Serán útiles si hay otra guerra. Bien, eso es todo por mi parte. —Se levantó y me tendió la mano—. Usted no es… pero su nombre… —Esperé. Sabía que estaba preguntando por mi aspecto mestizo. Tras lo de Agnes, preferí no explicarme—. No es asunto mío. Disculpe. —Le estreché la mano y le di las gracias—. Ah, espere, señorita Falstaff. Tiene una carta.

Mi querida enfermera Falstaff:

¿Ha disfrutado de ese encantador viaje en el Orient Express? Siempre digo que, si uno va a viajar, que lo haga con estilo. La comida no está mal, ¿verdad? A mí me encanta su pato a la naranja.

Cuénteme cómo le va por su cuenta. Ya sabe que siempre puede vender ese jersey si se queda sin dinero. El mohair está de moda, según dicen. A mi esposa le encantaban mis jerséis, aunque luego decía que los había hecho ella. Me sacaba de quicio.

Aquí me mantengo ocupado con viejos amigos que también han acabado en Estambul. Jugamos al bridge. Algo de gin rummy. Bezique. A mí me gusta el pinochle, pero Alemania le ha quitado la gracia. Por supuesto, hago trampas, ya que usted no está para vigilarme. Difícil perder las malas costumbres cuando nadie te observa. Aunque es útil para ganar algo de dinero. Edward hace la vista gorda, claro. Le manda recuerdos, por cierto. Creo que le gustó bastante, pero soy un viejo tonto en cuestiones de amor, así que no me haga caso.

En Praga, pruebe el solomillo con salsa de nata —¡que no escatimen en la salsa!—. Y siempre está el codillo de cerdo si se siente aventurera.

Espero tener buenas noticias cuando llegue a París.

Cuídese, querida.

Con afecto,

Ralph Stoddard

Había esperado a estar de nuevo en el vestíbulo de la embajada para leer la carta. Cuando terminé, me temblaban las piernas. Me dejé caer en una silla. ¿Cómo iba a decirle al doctor Stoddard que había perdido la mitad de mi dinero en mi primer viaje en tren por Europa? Pensaría que era descuidada o, peor aún, una ingenua. ¿Sacudiría la cabeza decepcionado? ¿O se reiría con su aire despreocupado? «¡Enfermera Falstaff, no la habría tomado por alguien tan fácil de engañar!».

La recepcionista me observaba.

—¿Malas noticias?

Negué y salí del edificio. ¿Qué habría dicho mi madre? Lo mismo que cuando volvía llorando del colegio porque me llamaban «ojos amarillos» o no querían jugar con una «blanca-negra».

—Tendrás que hacerte fuerte para superarlas, beti.

Debería haber comprendido entonces el valor que le había hecho falta para vivir sin el hombre que prometió quererla siempre y para criar sola a la prueba de esa traición.

Respiré hondo. Le escribiría al doctor, pero omitiendo lo del dinero. Tal vez bromeaba con lo del jersey, pero jamás vendería algo tan especial.

Media hora después llegué a pie al albergue más barato de la lista de la embajada. Me abrió una mujer agotada, con un bebé en una cadera y pañales en la otra. Le mostré la nota en checo que me había escrito el señor Peabody. Asintió y me llevó a mi habitación. Estaba limpia, aunque el piso olía a pañales húmedos y col hervida. Ella volvió a la cocina para preparar la cena y alimentar al niño.

Dejé la bolsa de viaje sobre la cama —los muelles crujieron—. Para tranquilizarme, comprobé que el dinero seguía dentro. El señor Peabody me había cambiado suficiente dinero para unos días. Llevaba las coronas en el bolsillo. ¿Cómo proteger el resto sin cargarlo siempre conmigo?

Saqué el cuadro destinado a Petra y fui a buscar a mi anfitriona. Estaba en la cocina-comedor, dando de comer al niño. Le hice gestos de que necesitaba una bolsa para colgarla al hombro. Señaló una red colgada en la puerta. Negué y señalé otra bolsa de tela más resistente. Sonrió, sacó un pan y me la dio.

—Perfecto.

Sonreí y ella hizo lo mismo, aun sin comprender mis palabras. Nos entendíamos sin más y eso me hizo feliz.

***

El edificio estaba junto al río Moldava.

Como muchos en Praga, la casa de los Hitzig se parecía más a la arquitectura británica que a la india: sin cúpulas ni arenisca roja, con fachadas rectas y filas de ventanas. Solo algunas estatuas clásicas adornaban los edificios. En lo alto de la residencia Hitzig había un fresco de una mujer medio desnuda tocando un arpa rodeada de ángeles. Sus equivalentes en la India eran estatuas talladas en piedra de hombres y mujeres desnudos —por lo general en pleno acto de hacer el amor—, con elaborados cinturones, tobilleras y brazaletes como única vestimenta. La mujer del fresco parecía posar. Las estatuas desnudas, no. Sonreí: un punto para la India.

Me preparé para lo que venía a continuación. O aquella sería la Petra de Mira o tendría que empezar la búsqueda en la escuela Minerva a la que habían asistido de niñas.

Cuando pulsé el timbre a la derecha de la enorme puerta de madera, abrió una criada vestida con recato y el pelo recogido en un moño. Su expresión era educada, aunque vi un destello de alarma en sus ojos al fijarse en mi delantal y mi cofia.

—Vengo a ver a la señorita Hitzig —dije en francés, tal como me había aconsejado el señor Peabody para tratar con gente como los Hitzig. Mi francés de colegio tendría que bastar.

Dudó una fracción de segundo antes de abrir la puerta un poco más. Entré en un vestíbulo de mármol. Dentro del edificio hacía más fresco que fuera. A finales de mayo, Bombay sería sofocante. En Praga, temblaba, agradecida de haberme puesto el jersey del doctor Stoddard antes de salir de mi alojamiento. Justo enfrente estaba la entrada a un pequeño patio trasero. A la izquierda, una escalera rodeaba la estrecha estancia y parecía subir y subir sin fin, como en aquel cuento que mi madre me leía, Jack y las habichuelas mágicas. Alcé la vista. En lo alto, en el centro del techo, había una vidriera emplomada. A mi derecha, enormes cuadros enmarcados en oro mostraban a hombres blancos de aspecto importante que juzgaban en silencio a los visitantes. Podía oír un leve hilo de música, que me recordó a Eine kleine Nachtmusik, la música nocturna que Mira solía tararear.

La criada me condujo por cuatro tramos de escaleras.

A lo largo del camino había más cuadros dorados, palmeras en maceta y gruesas alfombras bajo nuestros pies. En cada rellano había una puerta, que supuse daría acceso a otra parte de la casa. La música se hacía más fuerte cuanto más subíamos.

Ya en el último piso, vi que la vidriera del techo era mucho mayor de lo que parecía desde abajo.

La música provenía del apartamento de esa planta. La criada hizo una mueca, como si hubiera probado algo rancio, y me indicó que encontraría a la señorita Petra tras la puerta. Luego bajó por las escaleras.

Llamé, pero la música era tan fuerte que estaba segura de que nadie dentro me había oído. Giré el pomo —no habían puesto la llave— y abrí despacio.

—¿Quién es usted? —exigió Petra.

Aunque no hablaba checo, el tono de su voz me dejó claro lo que preguntaba. Me miraba desde detrás de un gran lienzo colocado en un caballete. Era exactamente como Mira la había descrito: cabello rojizo dorado cayendo en ondas sobre los hombros y la espalda, una boca ancha, pecas sobre su larga nariz y esa piel pálida que apenas soporta una hora al sol. Estaba tan delgada que podía ver los huesos de sus caderas sobresaliendo bajo una bata de seda china bordada a mano, abierta para dejar ver una combinación color melocotón.