Seis días en Bombay CAPÍTULO 8 #5
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CAPÍTULO 8 #5

Era un gran elogio, viniendo de él.

Mientras daba un bocado a su köfte, Edward comentó:

—Nunca me ha dicho algo así a mí. Debes haberle ganado una buena suma.

Sus ojos color caoba se detuvieron en los míos un instante más de lo necesario y tuve que apartar la mirada. Nunca había sido coqueta. No habría sabido cómo serlo; no tenía práctica. Me hizo desear tener otra personalidad, como la de Mira. Ella y Dev Singh intercambiaban bromas ingeniosas con facilidad. También me gustaba el humor seco de Amit, pero no podía igualarlo. Yo había vivido en un mundo reducido a mi madre, las enfermeras del hospital y algún encuentro ocasional con vecinos como Fatima, la de enfrente de nuestro antiguo piso. Protegida. ¿No era por eso por lo que mi madre quería que viajara al extranjero?

Me esforcé por pensar en algo que decirle a Edward. De pronto recordé el jersey que el doctor había estado tejiendo.

—¿Qué edad tiene su hija?

Edward frunció el ceño.

—¿Hija? No estoy casado.

Noté cómo se me calentaban las mejillas. Miré al doctor.

—El jersey… Dijo que… era para una nieta…

El doctor soltó una risita. Sacó de debajo de la manta un jersey de mohair azul pálido.

—Debiste escucharme mal, querida. Esto es para ti. Vas a ir a lugares más fríos de los que has conocido nunca, y creo que lo necesitarás.

—Oh…

Eso fue todo lo que pude decir. ¿Había estado tejiendo el jersey para mí? La única persona que me había hecho cosas así era mi madre. Lo desplegué. Era una chaqueta de manga larga con botones color marfil. Pasé la mano por el suave mohair.

Cuando lo miré, dijo:

—De nada.

Me quedé sin palabras. Me levanté y le di un beso en la mejilla.

Se rio.

—Vaya, con un simple «gracias» bastaba.

—Bien hecho, padre —soltó Edward—. ¿Y el mío?

—No seas ridículo, Edward. Ahora dime… ¿No trabajas con diplomáticos?

El camarero trajo nuestros cafés turcos. Era más espeso y más amargo que cualquier cosa que hubiera probado, por lo que decidí que con un sorbo tenía suficiente.

Edward echó dos terrones de azúcar en su tacita y bebió.

—Sabes perfectamente que trabajo para la embajada británica, papá.

—Ah, sí. Entonces quizá no te importe echarle una mano a la enfermera Falstaff con algunas gestiones que necesita hacer en Europa.

—¿Adónde vas desde aquí? —me preguntó Edward.

Me pilló desprevenida. No sabía a qué se dedicaba Edward, y no esperaba que el doctor pidiera ayuda en mi nombre. Había pensado mucho en seguir el rastro de Mira de Praga a París y Florencia, pero ahora que el momento había llegado, me invadió el miedo. Quizá fuera el café o la idea de adentrarme en lo desconocido, sola. De pronto ya no estaba segura de ser capaz de hacer ese viaje por mi cuenta. Con el doctor Stoddard me había sentido segura; había viajado por todo el mundo y podía guiarme por el barco hasta llegar a Estambul. En una hora, tendría que continuar sola en tren hacia ciudades que solo había imaginado visitar. Sentí cómo mi valentía se desvanecía. El cordero que acababa de comer me pesaba en el estómago.

Tragué saliva.

—Eh… Praga. París. Florencia.

Me atraganté con la última palabra y alcé el vaso de agua. Me temblaba la mano. No se me escapó la mirada que intercambiaron el doctor y su hijo.

Edward tomó mi taza de café y la vació en la suya. Luego volcó los posos que quedaban en la mía sobre el platillo.

—Ahmed te leerá el futuro. Seguro que será un feliz viaje.

Hizo un gesto al camarero, a quien conocía de otras veces.

Ahmed se acercó con una sonrisa para examinar el platillo. En un inglés entrecortado dijo:

—Viaje… lejos, lejos.

Su sonrisa desapareció y sus cejas oscuras se juntaron.

—Familia. No bien. —Miró de reojo a Edward, como preguntando si debía seguir.

Se me erizó el vello de los brazos, como si hiciera frío, aunque fuera un día cálido. ¿Mi viaje estaba condenado? ¿En qué me había metido? ¿De verdad quería hacer aquello? Pero ¿adónde iba a ir, si no? El pánico empezó a crecer. No tenía hogar. Mi madre no me esperaba. No tenía trabajo al que volver.

El doctor se rio de la lectura de café de Ahmed. Me dio unas palmaditas en el hombro.

—¡Pamplinas! Como esos magos de los muelles de Bombay. Edward, ¡uno decía que levantaba una piedra con los ojos! ¡Tonterías, te digo! Vamos a llevarte a tu tren, ¿eh, muchacha?, para que continúes tu gran aventura.

***

Cuando entregué el cuidado del doctor Stoddard a su hijo, en la terminal de Sirkeci, me miró a través de sus gruesas gafas; sus ojos de lechuza brillando con picardía.

—Un pequeño recuerdo, querida —dijo, depositando en la palma de mi mano una pieza lisa de vidrio del tamaño de una moneda de tres peniques. En el centro había lo que parecía un ojo azul con pupila negra—. Para ahuyentar el mal. —Se encogió de hombros—. No creo en la adivinación, pero nunca está de más cubrirse las espaldas, ¿no?

Tomó mi mano con la suya, cálida, como si quisiera transmitirme su valor. Cómo deseé no soltarla nunca. Cómo quise aferrarme a su presencia serena y que me asegurara que todo saldría bien. ¿No era eso lo que hacían los padres? ¿Los padres que te querían?

Edward pagó a uno de los mozos del Arlberg Orient Express para que llevara mi bolsa de viaje a mi compartimento. Luego me ayudó a subir al tren, que me llevaría directamente a Praga. Antes de apartarse, me entregó una guía Baedeker.

—Mi padre ha pensado que podrías necesitarla, así que la he traído conmigo. Vayas donde vayas, tu primera parada debería ser la embajada británica. Lo que necesites, solo tienes que mencionar mi nombre en cualquier embajada británica. Me aseguraré de que lo consigas.

Sus ojos se encontraron con los míos. El agradable cosquilleo que había sentido cuando me hizo girar en el Gran Bazar volvió a recorrerme.

El doctor saludó con la mano desde el andén.

—Buen viaje. Y cuidado con el uniforme. Te queda de maravilla, muchacha.

Mucho después de que él y Edward se marcharan, me descubrí sonrojándome.

PRAGA