CAPÍTULO 8 #3
—Estos malditos ojos ya no son lo que eran. La enfermera —se inclinó hacia la mesa, en tono confidencial— no es muy espabilada, pero hace lo que puede. —Se recostó en la silla—. No les importa, ¿verdad, caballeros? Yo seré su banco. Ah… —Hizo una señal al camarero—. Un vaso de oporto. Sea buen hombre.
Los hombres se miraron entre sí y asintieron con murmullos. Me sentí horrorizada y, en parte, herida por su comentario de que yo no daba la talla. La última vez que jugamos, le había ganado todas las partidas. Incluso me había felicitado por lo rápido que había aprendido.
—¿Seguro que no has aprendido mis malas artes, enfermera?
Alcé una ceja.
—¿Se refiere a hacer trampas? ¿Y tan descaradamente, doctor? Hasta un niño lo habría descubierto.
Desde que supe que le gustaban los intercambios de pullas, me había vuelto más atrevida con él.
Las comisuras de sus ojos se arrugaron al sonreír.
—Tocado, muchacha. Tocado.
Sus ojos se detuvieron en los míos un segundo más y sentí la suavidad de esa mirada, el cariño que un padre podría mostrar a su hija. Algo que me había faltado en la vida. Noté el escozor de las lágrimas y aparté la mirada.
Y ahora estaba ahí, diciéndole a todos que prácticamente podían quitarle el dinero mientras yo estuviera en la mesa. Sentí el pecho oprimirse de rabia, aunque mantuve una expresión neutra.
El doctor se inclinó hacia mí y bajó la voz mientras el capitán repartía una nueva mano. Sus ojos azules se clavaron en los míos.
—Tal como te he enseñado. Así me gusta.
Colocó una apuesta. Me temblaban los dedos. Tenía las manos húmedas. Me las froté contra el delantal, temiendo que las cartas se me escaparan. Notaba el sudor en la frente. Los hombres podían ver que estaba nerviosa. Capté sus sonrisas de suficiencia y sus miradas cómplices.
El capitán arrojó dinero al centro de la mesa.
—No tardaremos en saber qué pasó con el Hindenburg.
—Mi mujer dice que su primo tuvo suerte de sobrevivir —comentó un caballero con una cicatriz en la mejilla izquierda—. ¡Menudo desastre!
Dejó un chelín sobre la mesa.
—Ni la coronación del rey Jorge logró eclipsarlo —añadió el de mayor barriga, echando su dinero al montón.
—Lástima haberme perdido tanto alboroto. Parece que toda Inglaterra salió a la calle para la ceremonia —dijo el doctor Stoddard.
Perdí la primera mano. Y la segunda. No dejaba de mirar al doctor para ver si estaba tan nervioso como yo. Ojalá me hubiera dicho que esta noche jugaría en su lugar. Aquellos hombres sabían lo que hacían. Estaban acostumbrados a ganar. Yo era una novata. Pensamientos sobre cómo le había fallado a Mira, cómo le había fallado a mi madre, cómo no había sabido conservar mi puesto —todo lo que había hecho y que había acabado en fracaso— me invadieron. El sudor me corría por la nuca.
—Enfermera, ¿podría traerme un vaso de agua?
La voz del doctor atravesó mi histeria privada.
El capitán hizo un gesto al camarero.
—Él se encargará.
El doctor rio con suavidad.
—Solo la enfermera Falstaff sabe cómo me gusta. Ni muy fría. Ni muy caliente.
—Claro —dije, levantándome.
Alisé las arrugas de mi uniforme con la mano. Los hombres hablaban de las recientes elecciones provinciales en la India y de cómo le iría a Nehru como líder del Congreso Nacional Indio, mientras yo me acercaba al aparador para servir agua de la jarra en un vaso.
—La India nunca podrá gobernarse sin nosotros —indicó el capitán, dando una calada a su puro.
El doctor Stoddard pareció divertido.
—¿No es eso lo que hacía la India antes de que apareciéramos nosotros?
El capitán frunció el ceño.
—Doctor, por si lo ha olvidado: «El sol nunca se pone en el Imperio británico». Creo que todos los presentes lo saben.
Miró a los demás en busca de aprobación. Algunos asintieron. Otros fingieron concentrarse en sus cartas.
El doctor soltó una risita.
—Se habría puesto mucho antes si Inglaterra no hubiera utilizado a soldados indios para ganar nuestras guerras.
El capitán, con las mejillas enrojecidas, fulminó con la mirada al doctor, que le devolvió una sonrisa cordial.
—Pero no estamos aquí para hablar de política. Estamos aquí para jugar a las cartas. ¿No es así, viejo amigo?
Me apoyé en el aparador. Tenía el estómago revuelto. Cuando volví a respirar con normalidad, regresé con el vaso de agua. Se lo ofrecí al doctor. Él puso sus manos sobre las mías, sorprendiéndome.
Lo miré. Sostuvo mi mirada con sus ojos de lechuza, sin parpadear.
—Como te he enseñado —dijo en voz baja.
De nuevo sentí aquello. El ánimo de un padre enseñando a su hijo a batear en el críquet. O aconsejando a su hija sobre el saque perfecto en tenis.
Arrimé la silla a la mesa. Puse el dinero del doctor en el bote y me concentré en la partida en lugar de en lo inferior que me sentía. Miré mis cartas. Calculé cuáles quedaban por salir. Imaginé lo que tenía cada jugador.
Gané esa mano. Y la siguiente. Y todas las que vinieron después. El montón disperso de monedas y billetes ahora estaba apilado frente a mí. Estaba tan absorta en el juego que no escuché al doctor decirles a los hombres que estaba cansado y que necesitaba acostarse.
Más que oírlo, sentí un suspiro colectivo de alivio.
El doctor Stoddard empezó a recoger las ganancias que estaban sobre el tapete y las colocó en la manta que llevaba sobre las piernas. Fue entonces cuando me di cuenta de que la partida había terminado. O al menos, mi parte en ella.
Aturdida, tiré de su silla de ruedas y lo saqué de la sala llena de humo.
—¿Qué ha pasado? —pregunté desde detrás.
—¿Cómo te sientes? —Su voz escondía una sonrisa.
—De maravilla, joder.
Rio. Yo también.
Había sido maravilloso ver cómo los egos de aquellos hombres se desinflaban uno a uno. En algún momento de la partida, dejé de estar aterrada por perder el dinero del doctor y empecé a sentirme… ¿Cómo? ¿Temeraria? ¿Valiente? ¿Descarada? ¿Qué más daba? ¡Me encantaba! ¿Era este el tipo de riesgo que mi madre quería que asumiera? ¿Se habría sentido así de eufórica el día que conoció a mi padre y decidió arriesgarse? ¿Se sentía así Mira cada día de su vida? A ella le habría parecido débil temer a la vida, esconderse en la sombra como había hecho yo. Si quería pintar lo que nadie más pintaba, no lo dudaba. Si quería acostarse con alguien, no necesitaba permiso de nadie.
El doctor señaló la manta sobre sus piernas.
—Esto debería bastarte para llegar hasta donde necesitas, querida.
Miré las ganancias. ¡Era más dinero del que había visto nunca! Me mordí el labio. Ojalá, mamá, estuviera allí para verlo. Y, de estarlo, me diría que no era justo quedármelo todo. Yo pensaba lo mismo.
—Es tanto suyo como mío, doctor.
Sonrió, moviendo un dedo torcido.
—Muchacha, no seas contradictoria. Has sido la campeona esta noche. ¡Disfrútalo!
—¿A medias?
Negó.
—Ni pensarlo. —Hizo una pausa—. Ahora, sobre tu padre…
Se me aceleró el corazón. ¿Había dicho algo impropio tras una noche de demasiado oporto y whisky? Yo empujaba su silla desde atrás y no podía verle la cara.
—Querida, los británicos hemos causado mucho daño a tu país. Veo que tú estás pagando el precio.
Alargó la mano hacia atrás para tocar la mía. Se me llenaron los ojos de lágrimas.
Queridísima mamá:
El doctor Stoddard cree que debería buscar a papá. Bueno, no lo ha dicho así, pero sé que es lo que está pensando. Pero ¿por qué iba a hacerlo, mamá? Nos dejó en Calcuta sin nada. ¿Cómo pudo hacernos eso?
Voy a contarte algo que vi cuando tenía cinco años y que nunca le he contado a nadie. Entonces vivíamos en una casa con otra familia y sus cuatro hijos. Tú y yo teníamos una habitación diminuta, apenas lo bastante grande para una charpoy y una cómoda. La familia ocupaba el resto de la casa. Nos manteníamos al margen, aunque su hija tenía mi misma edad. Me escupió la primera vez que nos conocimos —¿recuerdas que me preguntabas por qué no jugaba con ella?
Una noche tuve una pesadilla con un perro que me perseguía. Me desperté y te busqué a tientas. No estabas, así que me levanté para buscarte. La casa estaba en silencio porque la familia se había ido a una boda durante unos días. De pronto me di cuenta de que podía ir a cualquier parte de la casa que quisiera. Fui de habitación en habitación, olvidando la pesadilla. Toqué las marionetas de la niña. Moví piezas en el tablero de ajedrez aunque no sabía jugar. Revolví su ropa. Estaba a punto de entrar en la cocina para ver si había galletas cuando te vi en el comedor.
Casi te llamo, pero algo me dijo que no lo hiciera. Estabas inclinada sobre la mesa. El sari se te había subido a la altura de las caderas. Solo podía ver su silueta, pero por la barba supe que era el casero, inclinado sobre ti, gimiendo. Tú no hacías ningún ruido. El corazón me latía tan fuerte que pensé que podías oírlo. Volví sigilosamente a nuestra habitación y me metí en la cama, tapándome la cara con las sábanas. Pero seguía viéndolo. Y sabía que era algo malo.
Eso fue lo que hizo el abandono de mi padre contigo, con nosotras. Te robó la dignidad y me convirtió en testigo de tu vergüenza. Si le contara esto al buen doctor, ¿seguiría queriendo que buscara a mi padre?
El RMS Viceroy tenía previsto hacer escala en el canal de Suez para que los pasajeros con destino a El Cairo desembarcaran. Después, el vapor continuaría hacia el Mediterráneo y Estambul.
También echaba de menos a Amit. Le escribía cartas en mi libreta a diario. No podía enviarlas al hospital. ¿Qué pensaría el personal al verlo recibir cartas de una enfermera soltera y desacreditada? Tampoco sabía dónde vivía. A veces, mientras paseaba por cubierta, imaginaba que caminábamos del brazo, hablando, como aquella vez en el trayecto en tonga a casa de Dev Singh.
Querido Amit: