Seis días en Bombay CAPÍTULO 7 #2
50%

CAPÍTULO 7 #2

—El médico ya ha venido y se ha ido —dijo la casera desde la puerta—. Ha dicho que ha sido un ataque al corazón. No hacía falta llevarla al hospital.

Hablaba como si la culpa fuera de mi madre por morirse.

—¡Fuera! —grité.

Corrí hacia la puerta y se la cerré de golpe en la cara. Eché el pestillo para que no pudiera entrar. Apoyada contra la puerta, miré el cuerpo de mi madre sobre la cama. ¿Cómo había podido pasar? Tenía el corazón débil, pero mientras tomaba su medicación estaba bien. ¿Había sido por la muerte de Mira? ¿Sabía que yo perdería el trabajo por ello? Había visto la resignación y el miedo en su rostro.

«Oh, mamá. ¿Te he hecho esto?».

Desde el otro lado de la puerta, la casera gritó:

—¡Tienes que sacar ese cadáver de aquí! ¡No lo quiero en mi casa!

—Déjala en paz —susurré a la nada.

La persona que más me quería en el mundo ya no estaba. Las lágrimas me nublaron la vista. ¿Quién me iba a querer ahora? ¿Quién me preguntaría por mi día? ¿Quién escucharía mis historias? ¿Qué iba a hacer sin ella? Me limpié la nariz con el dorso de la mano.

Me aparté de la puerta y me acerqué a la cama que había compartido con mi madre desde que tenía memoria. Me tumbé, acurruqué mi cuerpo junto al suyo en el estrecho colchón y le susurré al oído:

—¿Te acuerdas de cuando fui lo bastante mayor como para sentarme sola en el caballo del carrusel? Debía de tener cuatro años. Dijiste que ya era hora. ¿Hora de qué?, pregunté. Hora de que empieces a hacer cosas por ti misma, me respondiste. Pero a mí me gusta hacerlas contigo, dije. Lo sé. Pero hay muchas cosas que disfrutarás haciendo, y no siempre estaré para hacerlas contigo. —Sentí las lágrimas escapándose de los ojos, pasando por la nariz, hasta llegar a la boca. Sabía a sal, a tristeza y a soledad—. Mamá, todavía no estoy preparada para hacer todas esas cosas sola. Te necesito. Necesito que te quedes. ¿No puedes quedarte un poco más? ¿Por favor? Quédate, por favor.

Le rodeé la cintura con el brazo y la abracé con fuerza. Lloré desconsoladamente, empapando su hombro y su sari de flores, ese que yo decía, cuando tenía nueve años, que la hacía parecer un campo de lavanda. Tenía tanto que contarle: que me habían despedido del hospital, la promesa del doctor Mishra de una oportunidad, lo que sentía por él —lo que de verdad sentía—, cuánto la necesitaba, cuánto la quería. Nada de eso importaba ya.

***

Decidí enterrarla en lugar de incinerarla. Tenía la sensación de que, con los años, mi madre se sentía más anglo que india, y un entierro sería más apropiado. Nuestros vecinos de enfrente —Fatima y su marido— y una clienta rica de mi madre asistieron al funeral. La señora quiso que supiera cuánto lo sentía y si su vestido estaría listo a tiempo para la boda de su hija.

Pagué a un sacerdote de la iglesia cristiana cercana para que pronunciara el elogio fúnebre, que yo misma escribí. Y después, todo terminó.

En una sola semana había perdido a mi madre, a mi amiga Mira y mi trabajo en el hospital. Era huérfana y no tenía a nadie.

Cuando empaqueté los retales de tela y los pocos platos que teníamos, el piso quedó casi vacío. Donaría las telas y la máquina de coser de mi madre a la escuela junto al mercado de telas de Mohatta, donde a veces daba clases a costureras novatas. No necesitaba vajilla. Regalé la cama, la mesa y las sillas a la pareja que limpiaba el edificio. A mi casera le di el hornillo Primus a cambio de lo que le había pagado al médico. Valía mucho más, pero prefería saldar de sobra la deuda antes que arriesgarme a que volviera a pedirme más.

Mi última tarea fue trasladar nuestra ropa del baúl maltrecho que habíamos traído de Calcuta en la bolsa de viaje. Este contenía nuestra ropa, sábanas, toallas y algunas ollas y sartenes. Revisé lo que aún quedaba dentro. Encima estaba el vestido de noche que mi madre había confeccionado para mí con el sari de boda que nunca llegó a usar. Lo levanté para admirar su trabajo. Un saquito de tela pesado y una foto cayeron al suelo.

Recogí la fotografía en blanco y negro. Papel grueso. Bordes arrugados. Era la imagen de un hombre de unos treinta años. Blanco. Vestía uniforme militar. Llevaba el pelo con raya en medio.

«¿Él?».

Solté la foto como si me hubiera quemado.

Con cuidado, me agaché para examinarla sin tocarla. Allí estaban mis cejas, inclinadas hacia las sienes. Unos labios ni finos ni gruesos. La línea del cabello recta sobre la frente, en lugar de formar una eme.

Con la uña, le di la vuelta a la foto. «Owen Falstaff, Royal Garrison Artillery».

Me senté sobre los talones. Mi madre había conservado una foto suya todo ese tiempo. ¿Porque aún lo quería? ¿Después de tantos años? ¿A pesar de haberla traicionado? ¿Por qué nunca me la enseñó? Cerré los ojos con fuerza. Ahora que tenía una imagen de él, ¿podía recordar algún momento juntos? Esperé. Nada.

Abrí los ojos de nuevo. ¿Había escondido la foto en el vestido verde a propósito, para que la encontrara tras su muerte? Pero no podía saber cuándo moriría, así que no tenía sentido. Pensé en romper la foto y tirarla. Había sido un mal padre y un mal marido. ¿Qué le debía yo? Sin embargo, una pequeña parte de mí —quizá la niña de tres años que debió de sentirse querida antes de que él se marchara— quería conservarla. Al final, la enterré en el fondo de la bolsa de viaje.

Abrí la bolsa de tela. Dentro estaba el dinero inglés de mi padre.

«Tienes que limpiar tu nombre, beti —me había dicho mi madre—. Y para eso necesitarás el dinero de tu padre».

Lo único que me quedé de mi madre fue aquel sari verde —ahora el único vestido de noche que tenía—. Compré tres rosas rojas, cuyos pétalos esparcí entre sus pliegues.

No tenía joyas, ni oro propio, ni padres o suegros que se lo hubieran regalado al casarse.

Una semana después, embarqué en el RMS Viceroy of India con destino a Estambul.