CAPÍTULO 7
Al día siguiente, llegué temprano a mi turno para ver a la matrona, temiendo el encuentro con ella. Miré en todas las habitaciones del hospital, de dos plantas, antes de localizarla. Estaba instruyendo a dos enfermeras novatas sobre el método Nightingale para bañar a un paciente. Aunque tenía la misma estatura que las enfermeras, poseía una presencia tan imponente que parecía alzarse sobre ellas. Las dos la miraban y luego a la paciente que esperaba, una anciana de ojos asustados.
—Agua caliente y una toalla así. —La matrona señaló la áspera manopla junto al lavabo sobre la mesa con ruedas—. Frotad y frotad con fuerza. Nada de jabones elegantes ni esponjas suaves. Con eso la gente no aprieta lo suficiente y entonces lo de quedar limpio es solo un sueño.
Echó un vistazo a la paciente, que ahora se aferraba a la sábana. La matrona se dio la vuelta para salir de la habitación, me vio esperando junto a la puerta y me indicó con un gesto que la siguiera a su despacho.
Me señaló la silla frente a su escritorio y luego se acomodó en la suya.
Abrió un cajón a su izquierda y sacó unos papeles.
—Es mi responsabilidad en el Hospital Wadia garantizar el bienestar de nuestros pacientes mientras están bajo mi cuidado. He fallado en mi deber en lo que respecta a la señorita Novak. Era una figura importante, un tesoro nacional, y su muerte será lamentada por muchos. He informado a la junta del hospital de que asumo esa responsabilidad. Por supuesto, son conscientes de que de vez en cuando se cometen errores. Quieren asegurarse de que no vuelva a suceder y, para cumplir con su exigencia, han decidido que usted sea relevada de sus funciones con efecto inmediato.
Su rostro pálido se moteó. O estaba enfadada por verse en esa situación o avergonzada por cargarme a mí con la culpa. Bajó la vista a sus papeles como si contuvieran el resto de su discurso.
Me sentí entumecida. No se me aceleró el pulso. La respiración seguía regular. Me miré las manos: estaban firmes. Observé el suelo: mármol blanco con vetas grises. Mis zapatos gastados. Amit me había preparado para esto. Aun así, una parte de mí había querido creer que todo había sido mi imaginación: Amit en nuestro piso la noche anterior, hablándome de la reunión de la junta, de la oferta del doctor Stoddard y de Estambul. Ahora solo podía pensar: ¿me rechazarían en todos los lugares donde quisiera trabajar?
La matrona no me miró a los ojos cuando dijo:
—Aunque usted no administrara la dosis mortal, dejó una jeringuilla y un frasco de morfina en la habitación. Fue una negligencia gravísima.
Se tocó la cruz que llevaba al cuello. ¿Buscaba apoyo en lo alto?
Durante un instante, no fui capaz de hablar. Había dejado la habitación más tiempo del permitido. La morfina había quedado a la vista. Veinte minutos bastaban para que cualquiera entrara y le inyectara algo a una paciente dormida. ¿Pero dejé a Mira desprotegida? ¿Fui yo quien le hizo eso? Otras enfermeras salían de las habitaciones para coger algo del almacén o para tomarse un té. A sus pacientes no les pasaba nada. Yo había sido la desafortunada.
¿Pero qué pasaba con la conversación entre Amit y el doctor Holbrook? Holbrook había tomado una decisión en lo referente a la salud de Mira.
Me aclaré la garganta.
—Los seis días en que la señorita Novak no respondía al tratamiento…
Frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
Sentí el calor subir por mi cuello. La noche anterior, mamá me había dicho que me había protegido toda la vida; que había dado la cara por mí cuando yo no podía. Quería que fuera más valiente, más fuerte, que me arriesgara. Pues bien, ahí estaba mi oportunidad. Y aunque cada parte sensata de la antigua Sona me decía que me callara, mi boca no obedecía. Me aclaré la garganta y la miré fijamente.
—La señorita Novak era una mujer joven que sufría y que acudió a nosotras en busca de ayuda, pero se la consideró indigna de recibir nuestra máxima atención. —Se me elevó la voz.
La mujer mayor frente a mí enrojeció.
—¿Qué está insinuando, muchacha? Arrojar sospechas sobre nuestro personal no la ayudará en absoluto. Es insultante y carece de fundamento.
—¿Carece de fundamento? Usted y el doctor Holbrook estaban hablando de ella el otro día. De que la señorita Novak no era una pintora como es debido. De que no era lo bastante británica. De que no era una mujer como es debido. ¡Era nuestra paciente, matrona!
—¿Así que nos espiaba?
—¿Y pensar que puede que le administraran medicación de segunda calidad desde la farmacia…?
—¡De verdad, ha ido demasiado lejos! —Se levantó de la silla, mirándome desde arriba—. Vaciará su taquilla de inmediato. Y si busca una recomendación, no la obtendrá de mí.
Me levanté, sin apartar la vista de ella. Necesitaba un momento para estabilizar el temblor de mis piernas.
—La señorita Novak era una amiga. Era amable. Era generosa. Importaba. Me importaba a mí. Le importaba a la India. La echaré muchísimo de menos.
Apartó la mirada, sonrojándose, y volvió a tocar su cruz.
***
Caminé hacia el vestuario de enfermeras, aturdida. ¿Acababa de defenderme? ¿Y de defender a Mira? Mira no había sido más que generosa con su amistad: me hacía reír incluso cuando estaba dolorida, me reconfortaba con sus palabras de agradecimiento, dándome las gracias por cuidarla. Me enseñó muchas cosas.
Sus historias parecían desordenadas, yendo de un lado a otro hasta llegar al punto que quería expresar. Una vez la encontré dibujando en su bloc. Sin apartar la vista del dibujo, dijo:
—Las plantas de cardamomo tardan entre tres y cinco años en dar vainas de un verde brillante. Esas vainas no se parecen en nada a las arrugadas, de piel dura, que abrimos para sacar las semillas, las que se usan para dar sabor al chai o al burfi o al curry de pollo. Eso lo aprendí de una agricultora en Kerala. —Se detuvo para comprobar si la seguía antes de continuar—: Una vez, Josephine me pidió que produjera algo de inmediato para un cliente que deseaba comprar uno de mis cuadros. Le dije que no podía hacerlo. Me dijo que Picasso pinta o esboza cientos de obras cada año. Yo le hablé de las plantas de cardamomo. De lo que tardan en madurar. «Puedo ser europea e india, Jo, pero no al mismo tiempo. Aquí, en la India, soy india. Yo soy el cardamomo».
Mira giró el bloc para que pudiera ver lo que dibujaba. Era un retrato mío. Cogí el bloc y lo contemplé. Era como mirarme en un espejo. Los rasgos de mi cara, que podían ser tanto indios como ingleses.
Ahora las palabras de la matrona resonaban en mi cabeza, como un cruel tiovivo: «Dejaste una jeringuilla y un frasco de morfina en la habitación». ¿Cómo iba a superar aquella acusación? ¿Podría vivir con el peso de mi error?
«Dejaste la habitación, dejaste la habitación, dejaste la habitación».
Las palabras de mamá volvieron a mí: «La culpa recaerá sobre ti».
Abrí mi taquilla. Una falda marrón de espiga que mi madre había cosido, una blusa beige heredada de una compañera de Calcuta y unos zapatos marrones de tacón bajo de Bata. Un par de medias color café. Un delantal de repuesto. Ninguna foto de lugares exóticos. Ni de pretendientes. Ni de amigos riendo juntos. No mucho que mostrar tras dos años en el Wadia. ¡Cómo deseaba que Mira siguiera aquí! Podríamos reírnos de lo largo que era mi delantal, casi tanto como mi altura. Podía verla, con los ojos brillantes y las mejillas sonrosadas. Me puse la falda, me abotoné la blusa, me subí las medias de punto, doblé el uniforme y lo guardé todo en mi bolsa.
Al cerrar la taquilla, Rebecca entró en la habitación.
—Así que nos dejas —dijo con la misma ligereza con la que habría preguntado si había visto florecer las amapolas. Como si marcharme fuera una elección. Se quitó la cofia y se soltó el pelo, guardándose las horquillas en los bolsillos mientras se miraba en el espejo de la pared. Sacudió su cabello castaño claro, que le caía bonito sobre los hombros—. Parece que ahora me tocarán los pacientes ricos. —Se rio.
De su taquilla, Rebecca sacó un peine ancho de carey. Mientras se peinaba, le pregunté:
—¿Qué hacías en la habitación de la señorita Novak antes de que ocurriera?
Alzó las cejas, recelosa.
—¿De qué estás hablando?
—Te vi salir de su habitación. Justo antes de que yo entrara y viera que estaba en estado crítico.
Levantó la barbilla y se encogió de hombros, incómoda.
—Seguramente haya pensado que llamaba. Me di cuenta de que me equivocaba.
Guardó el peine en la taquilla, evitando mirarme. Se ocupó de sus horquillas y de su cofia mientras yo la observaba, a la espera. Apreté el cordón de mi bolsa. Tenía la garganta seca. Me dolían los ojos. Ya no me quedaban fuerzas para luchar. ¿De qué serviría? Mi palabra ya no valía nada.
—Deberías llevar el pelo suelto más a menudo. Te favorece.
Y con eso, salí del vestuario.
Intenté retrasar todo lo posible la vuelta a casa. Ahora tendría que decirle a mi madre que todo había terminado. Que había perdido. Aunque tenía la sensación de que ya lo sabía.
Cuando llegué a nuestra calle, Chameli Marg —un nombre ambicioso para una calle sin flores fragantes—, un grupo de vecinos se había reunido en la entrada del edificio. Mi casera estaba en el centro, como si presidiera una reunión. Incluso desde lejos, por el tono de su voz, supe que estaba enfadada o alterada por algo.
Al acercarme, la oí decir:
—… He tenido que pagar al médico. ¿Quién me lo va a devolver?
La carne de sus axilas temblaba con cada gesto. Cuando me vio, añadió:
—Aquí está la hija. Bueno, señorita enfermera distinguida, ya puedes largarte. ¡No quiero esa burree aatma en mi casa!
Pasé junto a ella, con el corazón desbocado. Subí las escaleras corriendo, con la bolsa golpeándome el costado. La puerta de nuestro piso estaba abierta. No había nadie en la habitación salvo mi madre, tendida en la cama. Tenía los ojos cerrados. Estaba completamente inmóvil.
—No, no… Por favor, no —recé en voz alta.
Le busqué el pulso en la muñeca. No había. Probé en el cuello, bajo la mandíbula. Nada.