CAPÍTULO 6 #5
—Todos estos años te he protegido de quienes querían hacerte daño. El vendedor que te daba fruta golpeada. El conductor que no te dejaba subir al autobús. Yo volvía y los regañaba por ti. Debería haberte enseñado a enfrentarte a ellos. Te empujé hacia la enfermería para que pudieras mantenerte sola, estuviera yo o no. Te hice más británica porque pensé que te protegería. Te hice sentir tan segura… que ahora tienes miedo de arriesgarte. —Hizo una pausa y me miró con intensidad—. Piensa en lo que podría ser tu vida si no tuvieras miedo.
Lo solté antes de poder detenerme:
—¡Tú te arriesgaste con mi padre y mira cómo has acabado!
El corazón me golpeaba contra las costillas. Nunca le había hablado así a mi madre.
Me soltó las manos. ¿Era compasión lo que había en sus ojos?
—Oh, Sona. ¿No sabes que atesoro el tiempo que pasé con él? Nunca lo borraría. Odié que mintiera. Odié que se fuera, pero no el hecho de que estuviéramos juntos. Y no me dejó sola. Me dejó contigo, mi tesoro, contigo y con Rajat. ¿Cómo no iba a arriesgarme? Esta es tu vida. Debes vivirla como quieras. Ir a donde quieras. Ver cosas que ahora ni imaginas. El dinero de tu padre puede hacerlo posible.
La miré fijamente. ¿Mi madre creía que vivía con miedo? ¿Demasiado asustada para cruzar la línea, incluso para defenderme?
Un recuerdo de cuando tenía trece años surgió en mi mente. Estoy junto a mi madre en el despacho de la directora. Ella le dice que me han quitado injustamente el primer puesto porque la profesora se lo ha dado a su propia hija, que no lo hizo tan bien como yo. Mi madre habla en voz baja, pero firme. No se queja; explica. Al día siguiente, la profesora me dio el puesto que me correspondía. Yo había esperado que mi madre ganara, porque siempre lo hacía. ¿Cómo no había visto antes todas las formas en que ella era fuerte cuando yo no lo era? Había necesitado valor —y mucho más— para sobreponerse a la traición de mi padre. Sin eso, ¿cómo habría criado a una hija sin familia, sin dinero?
Pensé en la reprimenda de la supervisora cuando me llamó a su despacho. No había querido meter en problemas a Rebecca por lo ocurrido con el señor Hassan. Debería haberle contado lo que mi madre habría dicho: que gracias a mi rapidez de reacción, el paciente no murió. ¿Y lo de que hablaba demasiado con los pacientes? Debería haber explicado que el consuelo emocional también era parte de mi trabajo como enfermera.
Pero no dije nada. «Demasiado blanda».
Un golpe en la puerta nos sobresaltó. Rara vez teníamos visitas. Mi madre siempre atendía a sus clientas en sus casas, llevando su pequeño costurero. Hacía lo posible por arreglar nuestro piso, pero no era lugar para que sus clientas lo vieran.
Me levanté a abrir. Era la casera.
—Tienes una visita. Un hombre —dijo, mirándome con recelo—. Ya sabes que no me gusta que vengan visitas a estas horas.
Miré el reloj: casi medianoche.
—Si tengo una visita, tendré que ir a verla —respondí, esquivándola y bajando las escaleras.
Amit Mishra estaba en la puerta. Se me aceleró el corazón. La luz tenue marcaba sombras en su rostro que lo hacían parecer diez años mayor.
—Salgo yo —dije, abriendo la verja y guiándolo por el camino.
Tras unos pasos, preguntó:
—¿Cómo estás?
—Yo… Es que… —No pude terminar. Me soné la nariz—. No puedo imaginar entrar mañana y no verla.
Alzó la mano, quizá para consolarme, pero la dejó caer y la metió en el bolsillo. Bajó la cabeza. Mira también había sido su amiga; debía haber estado escondiendo sus propios sentimientos en el trabajo. Caminamos un rato en silencio.
—Sé lo destrozada que debes de estar —comentó—. No sé si esto sirve de algo, pero lo que le pasó a Mira puede ocurrirle a cualquier paciente. Vemos sufrimiento en el transcurso de nuestro día, todos los días. Me contó cómo hiciste su sufrimiento llevadero. Hiciste muchísimo por ella, más de lo que podía haber esperado. Y, creo… que te quería. Un día estuvimos hablando de… Ay, no sé… De óperas que habíamos visto en Londres, de cómo el río Wien en Viena brilla al atardecer, de lo magnífico que suena el canto a capella en una catedral de Praga… y dijo que le encantaría llevarte a todos esos lugares. Veía en ti a alguien que estaba deseando explorar el mundo, pero que se contenía.
«Oh, Mira. ¿Qué te hizo pensar mejor de mí de lo que soy capaz? Te dije una y otra vez que tu mundo y el mío no eran iguales».
Se sacó las manos de los bolsillos y dejó de andar. Me giré para mirarle.
—Yo… He hablado largo y tendido con el doctor Holbrook y con la matrona. También con la junta del hospital. Hemos hablado de las distintas causas de la repentina muerte de Mira. Holbrook sigue sosteniendo que no sufrió nada más que una gastritis… y que la fiesta en casa de los Singh probablemente la cansó demasiado. —Vaciló—. Pero el asunto de la jeringuilla que se dejó en la habitación, la morfina que falta en el vial… Sigue siendo motivo de preocupación. He hablado de tu dedicación a tu trabajo, a tus pacientes y de tu impecable historial profesional. Les he dicho que la explicación tiene que estar fuera de tu implicación. Hay varias posibilidades que el hospital investigará.
Un tren pasó a toda velocidad junto a la valla metálica. Chac-chac-chac. Amit dejó de hablar. Reanudamos el paseo.
—Sona, si te sirve de algo, llevo preguntándome todo el día si cometí un error en su tratamiento. Puede que no nos hablara de alguna afección; del corazón, de una enfermedad de la infancia, algo que pudiera haber provocado una recaída tan repentina. Si al menos hubiera podido convencer al doctor Holbrook para que operara. No dejo de pensar por qué… cómo…
Con un sobresalto, me di cuenta de que se torturaba al igual que yo. «¿Podría haber evitado la tragedia?».
Habría sido el momento perfecto para contarle lo que había escuchado entre la matrona y el doctor Holbrook. Que el médico mayor había ignorado el dolor de Mira porque consideraba que no merecía su atención. No lo bastante británica. No lo bastante casta. No el tipo de pintora que él aprobaba. Podría haberle dicho a Amit que el doctor Holbrook sospechaba de Horace, en la farmacia, por escatimar en la calidad de los medicamentos. ¿Cómo demostrar algo así? ¿Y de qué serviría decírselo a Amit? Solo se sentiría peor por no haber luchado más por la pintora. Además, nada nos devolvería a Mira.
Amit se detuvo en seco y se volvió hacia mí, con el ceño fruncido por la preocupación. Me tocó el brazo. Miré el lugar donde descansaban sus dedos.
—Por desgracia, mañana no estaré en el hospital, Sona. Mi tía ha enfermado en Shimla. Voy a coger un tren a Delhi esta noche y desde allí iré a Shimla.
Casi jadeé.
«No me dejes sola con esto», quise decir.
Crucé los brazos sobre el pecho, como para protegerme. ¿Había tenido razón mi madre? Sin nadie que me respaldara cuando me presentara a trabajar al día siguiente, sería yo a quien responsabilizarían de la muerte de Mira. Le supliqué con la mirada.
—Le he dado mil vueltas en la cabeza. No veo en qué pude equivocarme. Yo no administré esa dosis mortal, pero no puedo imaginar quién lo hizo.
Se acercó y me puso las manos en los brazos.
—Te creo.
Busqué en su rostro, desesperada por su seguridad. Su opinión me importaba, porque había sido amigo de Mira y porque sentía que también era el mío.
Bajó las manos.
—Si llegara a pasar algo… Si el hospital… Lo que quiero decir es… —Se pasó una mano por el pelo—. He hablado con Ralph Stoddard. Puede que ya te haya comentado que se va a Estambul. Necesitará una enfermera que lo acompañe. El puesto incluye el viaje y los gastos pagados, además de un estipendio. —Esbozó una leve sonrisa—. Y la compañía de un encantador vejete. ¿Es algo que te plantearías si…?
Sentí que me mareaba. ¿Cómo iba a dejar a mamá en una ciudad que ambas apenas empezábamos a conocer? Estambul estaba tan lejos de casa. Era el tipo de oportunidad a la que Mira se habría lanzado sin pensar adónde podía conducirla. La emoción de una experiencia nueva habría sido suficiente.
—Piénsalo —decía Amit.
Asentí de forma distraída y miré la tierra apisonada bajo nuestros pies. Permanecimos en silencio, escuchando cómo pasaba otro tren.
—¿Cuándo volverás?
—No lo sé. Tengo que ver si mi tía sale adelante. Por supuesto, espero que sí. Pueden ser cinco días. O tres semanas. Si decides no aceptar la oferta del doctor Stoddard, te ayudaré a encontrar otro puesto en Bombay, lo que sería… preferible para mí.
Cuando levanté la vista hacia él, vi la tristeza. La muerte de Mira podría haber sido un momento para que encontráramos consuelo el uno en el otro, pero las normas no lo permitían. Lo único que pude hacer fue asentir. Desanduve el camino hasta mi piso, sabiendo que él me observaba hasta que estuve a salvo tras la verja.
Mientras subía los escalones hacia nuestro piso, supe que no quería decirle a mi madre que iba a perder mi puesto, aunque lo estuviera esperando. Le mentiría y le diría que el doctor Mishra había venido a decirme que mi trabajo estaba a salvo. Dejarle una noche más de tranquilidad antes de mi inevitable caída.