CAPÍTULO 6 #4
Mi madre me acunó, como hacía cuando yo era una niña con la rodilla raspada, un diente flojo o una muñeca con el brazo roto.
Me dejé consolar hasta que mi cuerpo quedó vacío de tristeza —al menos por el momento—. Sabía que el duelo llegaba en oleadas, como les ocurría a las familias de los pacientes que habíamos perdido. Quizá el marido de Mira también lo sentiría así.
Al final, mamá me soltó. Buscó entre los retales de tela sobre la mesa y encontró uno con el que secarme la cara. Luego arrancó un trozo de roti de harina de maíz, lo mojó en dal y me lo acercó a la boca.
—Come.
Me forcé a tragar. Era una hija obediente. Siempre lo había sido. De algún modo, tras la marcha de mi padre, supe que ella necesitaba que hiciera lo que quería sin protestar. No podía permitirse inscribirme en un colegio conventual como al que la habían enviado sus padres de clase media. En su lugar, fui a una escuela pública gratuita. En casa, me examinaba de inglés, haciéndome leer en voz alta sus libros de costura para que mi pronunciación sonara menos india y más británica. Aprendí a decir términos como welt pockets, palazzo trousers y backstitch antes incluso de entenderlos. Al final, gracias a sus enseñanzas, conseguí una beca en un colegio privado. Y cuando quiso que estudiara enfermería, lo hice.
El roti estaba delicioso, aunque no tenía apetito. La cocina de mi madre reflejaba su estado de ánimo. Cuando estaba feliz, sus curris eran exquisitos. Cuando estaba enfadada o amargada, o un cliente la había alterado, sus platos salían demasiado cocidos, picantes o agrios. El de mañana sería insoportablemente picante.
Preparó otro bocado y me lo ofreció.
—¿Y qué hay de esa acusación de que estás sobrecargada de trabajo? ¿Lo estás? —preguntó. Su voz tenía un leve matiz de temor.
Aparté su mano.
—¿Tú también estás en mi contra? ¿Crees que soy culpable?
—En absoluto —dijo, tomando mi barbilla con suavidad—. Siempre estoy de tu lado. Te pregunto cómo vas a prepararte para lo que venga. Hace diez años habría pensado que estabas a salvo. Eres medio inglesa. Pero ahora… Hay un clamor para que los británicos se marchen. Muchos tienen miedo; están regresando a casa. —Acarició la mesa marcada por el uso—. Ya no es tan fácil para los británicos tratar mal a los indios o despreciarlos después de haberlos gobernado durante doscientos años. Los eurasiáticos sois un recordatorio de esos tiempos, y no precisamente felices para los indios. A veces desearía no haber insistido tanto en hacerte tan británica. En que llevaras vestidos en lugar de sari. En que hablaras inglés con fluidez en lugar de hindi. Pensé que las ventajas superarían a los inconvenientes. Puede que fuera cierto cuando yo nací, pero ahora ya no lo es.
Alzó la mirada para comprobar si entendía el peligro. Y lo entendía. En Bombay veíamos manifestaciones de desobediencia civil, pero en otras partes de la India había disturbios sofocados por los colonizadores. En el hospital, había notado retrasos en los suministros. Había sentido miradas hostiles de enfermeras indias que cobraban menos que yo; yo ganaba más por mi sangre británica y porque no tenía reparos en tocar a pacientes desconocidos, como sí les ocurría a muchas mujeres indias. En la calle, había escuchado susurros dirigidos a mí: mitad y mitad. Era mi país también, quería decirles. No elegí mi origen. India era mi hogar. Había nacido allí. Y quería quedarme.
¿Y si la insinuación de la supervisora —que había calculado mal la dosis— era una excusa conveniente para deshacerse de mí porque mi sangre mezclada incomodaba al personal? Ella era inglesa y se retiraría en Cornualles. Amit era indio; se quedaría cuando la independencia devolviera el país a los suyos. Yo… yo no pertenecía a ningún sitio.
—No sé cómo limpiar la duda que pesa sobre mí, mamá —dije—. Todo apunta a una sobredosis, algo que solo yo podría haber administrado. He repasado cada minuto de mi turno y no entiendo cómo pude equivocarme con la morfina.
Le conté lo de Rebecca saliendo de la habitación y la conversación entre la supervisora y el doctor Holbrook. ¿Y si la morfina estaba adulterada?
Mi madre escuchó atentamente. Luego señaló mi plato.
—Come. —Después, inclinó la barbilla hacia el rollo de pinturas—. ¿Y eso qué es?
Había estado tan absorta en mi dolor que apenas lo había dejado sobre la mesa.
—¿Puedes desenrollarlo, mamá? Tengo que enseñarte algo.
Despejó la mesa y, con sus tijeras, cortó las cuerdas. Desenrolló los lienzos. La aceptación quedó arriba.
Saqué la nota de Mira y se la di.
La leyó, confundida. Luego levantó el primer cuadro y lo examinó con los brazos extendidos. Uno a uno, observó los demás, mientras yo estudiaba su expresión.
—¿Mira te dejó esto a ti?
—Sí.
—¿Y las personas de la nota? Jo, Petra, Po… ¿Son las personas de las que te habló?
Asentí.
—Petra es su amiga de la infancia en Praga. Po es Paolo, que fue su maestro en Florencia. Estuvieron juntos antes y después de que ella se casara con Filip. Jo es Josephine, su marchante en París…, con quien terminó peleándose.
Mi madre arqueó una ceja y me miró de reojo, pero no dijo nada. Para mi sorpresa, no había juzgado la vida de Mira. Dio la vuelta a los cuadros.
—Estas letras en la parte de atrás…
—Creo que indican para quién es cada pintura.
Mi madre señaló el conjunto.
—Entonces, ¿la marcada con una S es para ti?
—La nota de Mira estaba en ese marco y estaba dirigida a mí, así que sí, eso creo.
Mamá tomó La aceptación y la estudió.
—¿Crees que tú eres la novia a la que le ponen henna?
Me sonrojé.
—De verdad, mamá, no sé qué tenía en mente Mira cuando escribió esa nota.
—¿Y estás segura de que no quería dejárselas a su marido?
—La nota indica lo contrario.
Mi madre volvió a alzar una ceja.
—Es extraño, ¿no?
Le conté la discusión que había presenciado entre Mira y Filip la noche de la fiesta de los Singh.
—Sona, si escribió esto antes de morir, ¿crees que… sabía que iba a morir?
Me mordí el labio. Había tenido la misma idea. Pero ¿cómo iba a saber Mira que acabaría de nuevo en el hospital, y mucho menos que perdería la vida? O… —y no quería ni pensarlo— ¿había tomado una sobredosis deliberadamente? ¿Por qué? ¿Por el dolor? ¿Qué otro motivo tendría para quitarse la vida? Había estado melancólica por Jo, Petra y Po y por cómo los había tratado. ¿Estaba más abatida de lo que dejaba ver?
Mi madre empezó a enrollar los cuadros.
—¿Crees que el doctor Mishra sabrá algo de esto?
Fruncí el ceño. ¿Le habría contado algo a Amit que no me hubiera dicho a mí?
—Puedo preguntárselo.
Las arrugas surcaron su frente. Se frotó el pecho.
—¿Has tomado tu medicina?
—Hahn —respondió distraída.
Volví a atar la cuerda alrededor de los lienzos enrollados, mirándola de vez en cuando. Cuando terminamos, me pidió que me sentara. Luego se sentó frente a mí, tomó mis manos entre las suyas y me frotó los nudillos con ternura.
—Puede que no quieras oír esto, Sona —empezó con cautela—, pero la culpa recaerá sobre ti. No culparán al doctor Mishra. Ni a tu supervisora. Ni al doctor Holbrook. Pero alguien tendrá que ser responsable de la muerte de Mira. Me preocupa que, a partir de mañana, ya no seas enfermera en Wadia.
La imagen de mi madre se volvió borrosa, como si la viera bajo el agua. Había sospechado que podrían castigarme, que quizá me bajarían el sueldo, pero no que pudiera perder el puesto. Me había costado conseguir ese trabajo; conseguir otro llevaría tiempo. ¿Qué diría cuando me preguntaran por qué había dejado Wadia? ¿Escribirían a la supervisora de aquí? ¿Tendríamos que mudarnos otra vez? Ninguna de las dos podría soportarlo. ¿Sería la muerte de Mira mi ruina?
Mi madre seguía hablando y me obligué a escuchar.
—Tienes que limpiar tu nombre, beti —dijo—. Por tu bien. Para que esta acusación no te persiga. Es la única forma de seguir adelante. Tal vez esas personas, o las tres —señaló la nota de Mira— puedan ayudarte. Quizá saben algo de ella que tú no. O quizá no saben nada. —Señaló los cuadros—. Mira te dejó una nota pidiéndote claramente que entregues estas pinturas a sus amigos. Podría haberlas enviado, pero no lo hizo. Quería que fueras tú. ¿Por qué? Tiene que haber una razón. —Exhaló lentamente—. Para averiguarlo, necesitarás el dinero de tu padre.
No podía creer lo que sugería.
—Pero, mamá, necesitamos ese dinero para el alquiler, la comida, las medicinas. Deberíamos usarlo para eso hasta que encuentre otro trabajo.
Negó.
—No, beti. Lo primero que necesitas es salvar tu reputación para poder seguir siendo enfermera. Te estoy pidiendo que lo hagas. Tienes que ir.
La miré. Casi nunca me pedía nada, pero hacía tanto por mí sin que yo lo pidiera. Pelaba las uvas porque sabía que solo me gustaba la pulpa dulce. Me masajeaba las piernas después de largos turnos, pero nunca me dejaba hacer lo mismo por ella. Cosía, limpiaba y planchaba mis uniformes, metiendo pétalos de rosa en los bolsillos para perfumarlos. Rara vez compraba algo para sí misma. Vi cómo el cuello y las mangas de su blusa estaban deshilachados. Necesitaba gafas nuevas, pero se negaba a gastar dinero en ellas, inclinándose cada vez más sobre la tela para ver las costuras.
—No puedo dejarte sola aquí, en Bombay, mamá. ¿Quién cuidará de ti? —Sentí un miedo parecido al que tuve cuando mi padre nos dejó.
Me apretó las manos.
—Sona, no soy yo quien necesita cuidados. He cuidado de ti desde que eras un bebé. Estaré bien. Tú necesitas aprender a cuidarte sola. Te he mantenido demasiado protegida.
Me sorprendí. Siempre me había considerado fuerte, capaz.
—¿Demasiado protegida?