Seis días en Bombay CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

La noche siguiente llegué a mi turno de excelente humor. Mira estaba sana otra vez y de vuelta en su moderno apartamento. Y podría ver a Amit, algo que me ponía nerviosa y emocionada al mismo tiempo.

La noche anterior, en cuanto entré en nuestro piso, mi madre me había acribillado a preguntas. Le describí con todo detalle cómo iban vestidas las mujeres en la fiesta de los Singh, qué opinaban de mi vestido esmeralda, cómo era Gayatri Kaur, qué manjares sirvieron y le hablé de algunas de las conversaciones que había escuchado. Omití las que no debía haber oído.

Por suerte, mi madre atribuyó mi entusiasmo al glamour del evento, y no al momento que Amit y yo habíamos compartido, que también guardé para mí.

Rebecca entró en el almacén mientras me cambiaba.

—Mira Novak ha vuelto.

Metió la mano en su taquilla para sacar el uniforme.

—¿Ha vuelto?

—La han ingresado otra vez. Fiebre alta. He oído que estuvo en una fiesta elegante anoche. Es probable que no fuera la mejor idea, teniendo en cuenta lo enferma que ha estado. —Se recogió el pelo y se colocó el gorro—. No sabrás nada de eso, ¿verdad?

Me dejé caer en el banco, repasando escenas de la fiesta. ¿Había estado Mira ocultando su dolor?

Rebecca se apoyó en la puerta cerrada de su taquilla. Una sonrisa jugaba en sus labios.

—Es un poco princesita, ¿no? Siempre consigue lo que quiere. Me pregunto si el doctor Holbrook le habría permitido irse a casa.

Sentí la necesidad de defender a Amit. Quería decirle que yo estaba allí cuando Mira anunció que se marchaba del hospital y que no había forma de hacerla cambiar de idea —lo cual apoyaba la afirmación de Rebecca de que era caprichosa—. Eso era cierto, pero Mira era mucho más que eso.

Abrí la boca para explicarlo, pero lo pensé mejor. Rebecca me provocaba. Si respondía, podría decir algo de lo que luego me arrepentiría.

Rebecca se apartó de la taquilla.

—Puede que esta vez no lo supere.

Mi respiración se volvió lenta.

—¿Qué quieres decir?

—Eso mismo. Está muy enferma. Nunca debió salir del hospital. Pero tú lo debías saber, siendo su enfermera de noche.

¿Había visto un destello de satisfacción en su rostro antes de salir de la sala?

Me até el delantal de forma apresurada y me coloqué el gorro. El corazón me latía cada vez más rápido. Mira había parecido tan animada en la fiesta… ¿Cómo podía haber recaído tan deprisa?

Corrí a su habitación. Tenía la frente cubierta de sudor. Se la limpié con una compresa fría. Le tomé el pulso, que era lento. Revisé su historial: había ingresado dos horas antes de mi turno y le habían administrado morfina para el dolor.

El doctor Holbrook aún no la había visto, pero Amit sí, y había recomendado más morfina en una hora. Mira abrió los ojos cuando la llamé.

—Voy a tomarte la temperatura. Abre la boca —le pedí.

—Sona —susurró—. Los cuadros.

Miré detrás de mí. Ya no estaban. Los habían retirado cuando la dieron de alta, probablemente enviados a su apartamento.

—Abajo —dijo.

—¿Abajo?

Asintió apenas.

Solo había una planta debajo: la sala de equipos.

Aún sostenía el termómetro.

—¿Los cuadros están en la sala de equipos?

Volvió a asentir. Trató de tragar y lanzó un grito desgarrador. Se me revolvió el estómago al verla sufrir así.

Guardé el termómetro en el bolsillo del delantal y tomé la jeringa. Limpié la piel e introduje la aguja en su vena, administrándole solo la mitad de la dosis. La otra mitad tendría que esperar una hora. En cuestión de segundos, se calmó.

Tenía la respiración agitada. Casi sentí que el corazón se me detenía. Fui al lavabo de la habitación y me eché agua fría en la cara. Bien, me dije, tengo que hacer algo, actuar. Había sudado tanto que necesitaba cambiarle las sábanas. Iría al almacén a buscar ropa limpia. Pero antes hablaría con la supervisora, con Amit o con el doctor Holbrook, con quien encontrara primero, para saber por qué había recaído.

Ocurrió durante los veinte minutos que estuve fuera de su habitación.

«No te encariñes demasiado con los pacientes».

Bueno, ya era demasiado tarde. Mira no era una paciente más para mí. Corrí al despacho de la supervisora. Estaba vacío. El doctor Holbrook estaba en cirugía. Busqué a Amit por todas partes. ¿Dónde estaba? Fui deprisa al almacén a por sábanas y toallas limpias y regresé a la habitación de Mira. Aún estaba a unos pasos cuando vi a Rebecca salir de la habitación y alejarse por el pasillo en dirección contraria. Me detuve.

¿Qué hacía Rebecca en la habitación de Mira? ¿Había pedido ayuda mientras yo no estaba?

Cuando entré en la habitación, supe enseguida que algo no iba bien. Aún con las sábanas en las manos, corrí hacia su cama. Su piel tenía un tono gris enfermizo y sus labios se volvían morados. Su respiración era tan superficial que apenas se le movía el pecho. Su piel estaba fría y húmeda.

Toqué el timbre rojo junto a la cama —el que activaba la alarma general— para pedir ayuda mientras le tomaba el pulso. Débil. Aun así, pregunté:

—¿Señorita Novak?

La noche anterior había estado tan bien… ¿Qué había provocado aquella recaída? Todos habíamos esperado una recuperación completa.

En cuestión de segundos, la supervisora entró corriendo en la habitación, seguida de Amit.

Me aparté para esperar instrucciones.

El pecho de Mira ya no se movía.

Amit colocó el estetoscopio sobre su pecho. Revisó su boca, la marca de la aguja en el interior del codo donde yo le había administrado la morfina. Le levantó los párpados para comprobar las pupilas. Comprimió su pecho, volvió a escuchar los latidos con el estetoscopio. Repitió el procedimiento varias veces hasta que, con un suspiro, se detuvo. Miró a la supervisora y algo pasó entre ellos. La supervisora besó la cruz que llevaba al cuello. Me llevé la mano a la boca para no gritar. Amit me lanzó una mirada, una disculpa silenciosa.

En ese momento, el marido de Mira entró en la habitación. Filip Bartos se quedó completamente inmóvil, recorriendo la escena con la mirada: Mira, la supervisora, el médico, yo. Parecía alarmado, la emoción más intensa que le había visto jamás.

Amit dijo:

—Señor Bartos, lo siento muchísimo. Sé que esto debe ser tan impactante para usted como para nosotros. Ayer parecía estar mejorando. —Se acercó a él y le tocó el brazo con suavidad—. Intenté ponerme en contacto con usted varias veces antes de que la dieran de alta ayer. Intenté disuadirla de irse del hospital. En mi opinión, necesitaba más análisis, pero, como sabe, estaba decidida a marcharse. —Se detuvo, buscando alguna reacción en su rostro. Filip Bartos solo observaba el cuerpo sin vida de Mira. Amit retiró la mano—. Sabíamos que la morfina ya no estaba funcionando como debía. Puede que se nos haya pasado algo. Lo siento mucho. La echaremos de menos. Yo la echaré de menos.

Miré su historial. El doctor Holbrook había duplicado la dosis desde que la habían vuelto a ingresar. ¿Por qué no había considerado la sugerencia de Amit de explorar otras posibilidades de tratamiento?

El rostro de Filip había perdido el poco color que tenía.

—Si Mira quería irse a casa, doctor Mishra, se iba a ir. No se puede… No se podía discutir con Mira.

Su fuerte carácter era una de las cosas que yo admiraba en ella. ¿Había sido también lo que la llevó a la muerte? Cerré los ojos intentando contener las lágrimas. Había visto morir pacientes antes, y me entristecía, pero nunca había estado tan cerca de uno.

—Hablemos en mi despacho —dijo Amit, guiando al marido hacia la salida.

Al pasar junto a mí, Amit dudó, como si quisiera decir algo. Los ojos del señor Bartos se encontraron con los míos. Suplicaban, como si esperara que hiciera o dijera algo. Veía su dolor, pero no encontraba palabras. Me giré hacia la cama. Era Mira y no era Mira. Tenía su aspecto, pero ya no estaba allí. Era como me había sentido al ver el dibujo de Indira que ella había hecho.

Todo cambiaría. Nuestras conversaciones, su risa, su forma de hacer mis días más interesantes, de hacerme sentir parte de su mundo… ya no existirían. No volvería a escuchar sus historias de los lugares donde había estado, de los países donde había vivido, de las personas extraordinarias que había conocido. No era solo una paciente; era mi amiga. No solo abandonaba el hospital: me dejaba.

Le hablé en mi mente, como lo había hecho media hora antes: «Mira, ¿por qué te has ido? Te necesito. Tengo más preguntas, más cosas que decirte. Has hecho que mi mundo cobrara vida. Me has hecho sentir… Sentir que importaba. Por favor… no te vayas».

Pero no me escuchaba. Ya se había ido.

***

La supervisora cubrió su cuerpo con la sábana y permitió que los celadores se la llevaran.

Había tanta sangre donde había estado tendida…

Aturdida, me senté en una silla, aún aferrando el montón de sábanas limpias que había traído. Mi mente repasaba de forma frenética todo lo que había hecho antes de salir: le había puesto la compresa fría, le había tomado el pulso, había intentado darle agua, había comprobado la temperatura de la habitación y abierto la ventana para que entrara aire fresco.

Miré las sábanas arrugadas en mis brazos. Aflojé el agarre. Observé mis uñas, pulidas y brillantes. Mi delantal: blanco como las nubes del Himalaya en los cuadros de Mira. No había rastro de su sufrimiento, de su muerte. ¿Había ocurrido de verdad? ¿Era una pesadilla? Me pellizqué el brazo. Miré la marca roja que empezaba a hincharse. Me pellizqué más fuerte. Los ojos se me llenaron de lágrimas y, esta vez, las dejé caer.