Seis días en Bombay CAPÍTULO 5 #4
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CAPÍTULO 5 #4

Mientras avanzábamos entre la multitud —debía de haber más de doscientos invitados—, vi a hombres con abrigos de maharajá, trajes ingleses y chaquetas de cuello mao como la del doctor Mishra. Pero eran las mujeres, con sus saris de colores joya en seda, satén y gasa, y sus collares de diamantes en bruto, quienes brillaban bajo las lámparas. Entre los invitados había algunas inglesas, políticos, hombres de negocios y unos pocos angloindios como yo. La ropa occidental podía ser más reveladora, pero las blusas formales de las mujeres indias también dejaban al descubierto la espalda, el vientre y los brazos, aunque de forma más sutil. Aun así, sabía que vestidos como el mío serían objeto de miradas críticas y comentarios susurrados entre las mujeres indias.

—¡Amit!

Nos volvimos al escuchar la voz de Dev, que se acercaba con su abrigo blanco de maharajá, el cuello y los puños bordados con hilo plateado. Estrechó la mano del doctor Mishra y besó a Mira en la mejilla.

—Estás estupenda, como siempre. —Le guiñó un ojo—. Ashok Gupta se muere por conocerte.

Mira se mostró impresionada.

—¿Otra estrella de cine? ¿También está aquí?

—Tiene uno de tus cuadros en su casa. Te llama la conciencia de la India. Te compara con Tagore. Comenta que ambos comprendéis el valor de las mujeres.

—¿Ah, sí?

—Dice que Tagore llevó la literatura india al mundo y que tú estás haciendo lo mismo con el arte.

—¿Así que me ve más india que europea? ¡Perfecto! —Rio—. Entonces tengo muchas ganas de conocerlo.

Dev se volvió hacia mí. Parpadeó.

—¿Enfermera Sona? —Luego sonrió—. Casi no te reconozco sin el gorro. Menuda transformación.

Tuve ganas de cruzarme de brazos sobre el pecho, justo donde se había posado su mirada. Pero, en lugar de eso, fingí que vestía algo así cada noche y asentí en señal de agradecimiento. Me sorprendió notar los dedos del doctor Mishra en mi codo, como si quisiera apartarme de Dev.

Pero este fue más rápido. Posó una mano cálida sobre la piel desnuda de mi espalda. Mi piel se tensó, aunque él no pareció darse cuenta. Tomó del brazo a Mira.

—Aquí hay de todo esta noche: funcionarios, editores, administradores sanitarios, cineastas. Quiero presentaros a algunos.

Para Mira, resultó ser un historiador del arte de Delhi que quería escribir sobre ella. Para el doctor Mishra, un caballero parsi interesado en construir otro hospital privado en Bombay. Una vez los dejó conversando, Dev me llevó hacia la barra de cócteles, saludando y estrechando manos por el camino.

Al llegar, me preguntó qué quería que me prepararan. Aparte de alguna cerveza ocasional, nunca había probado alcohol.

Al notar mi indecisión, dijo:

—¿Qué te apetece más? ¿Un Salty Dog, un Sidecar o un Muerte en la tarde?

Me reí.

—¿Esos son nombres de bebidas o de novelas sórdidas?

Sonrió.

—Creo que tú eres más de lo clásico, ¿verdad?

Se volvió hacia el camarero y pidió un cóctel con bourbon, azúcar y angostura.

—Yo tomaré uno de esos también, Dev. —Era el doctor Mishra, que se acercaba por detrás—. Tu padre te estaba buscando.

Dev aspiró aire entre los dientes. Se inclinó ante mí, le dio una palmada en la espalda al doctor Mishra y fue en busca de su padre.

—¿Qué te parece? —preguntó el doctor Mishra, señalando mi bebida.

—Horrible. —Reí—. Creo que prefiero un nimbu pani.

El camarero, que me había oído, exprimió limones en un vaso alto, añadió agua y azúcar y me lo sirvió con una ramita de menta. Le di las gracias.

El doctor Mishra acercó mi cóctel hacia él, dio un sorbo, asintió y bebió otro.

—Puede que yo sea un hombre de lo clásico.

—Sabe, doctor, cada vez que el señor Singh está cerca, siento como si usted intentara rescatarme —comenté.

—¿Ah, sí? —Miró dentro de su vaso—. ¿Y cómo sabes que no lo estoy protegiendo a él de ti?

Alcé una ceja.

—No sabía que fuera tan intimidante.

—Dev dijo que eras imponente, ¿recuerdas? —respondió con sequedad.

***

En la terraza trasera, un trío —sitar, armonio y tabla— interpretaba una canción de Kanan Devi, una de las cantantes favoritas de mi madre. Fuimos allí con nuestras bebidas para contemplar las mil lucecitas que brillaban en los extremos del jardín. Mesas redondas cubiertas con manteles blancos y adornadas con centros de gardenias salpicaban el césped.

—¡Ya te he dicho que no los vendo!

Era la voz de una mujer.

El estallido parecía venir de abajo. El doctor Mishra y yo nos asomamos y vimos a Mira y a Filip. Mira estaba furiosa, con las mejillas de un rojo malsano. Filip fumaba su pipa con calma.

—Necesitamos el dinero, broučku. Vamos atrasados en el alquiler —indicó él.

—¿Y de quién es la culpa? Yo no soy la que compra ropa cara. —Hizo un gesto hacia su traje de tres piezas—. Todo lo mío tiene cinco años.

—Podrías comprarte algo bonito.

Su voz no subía ni bajaba.

—¿Con qué? Yo hago todo el arte y tú te gastas todo el dinero. Yo…

Jadeó.

—¿Estás bien, Mira?

Ahora sí sonaba preocupado.

—Sí —respiró hondo—. Estoy bien. Estoy pensando en un plan para el dinero. Vamos a disfrutar de la fiesta.

Los vimos rodear la escalinata y entrar por el otro lado del salón. No nos habían visto. El doctor Mishra y yo nos miramos. Me sentí algo culpable y avergonzada por haber presenciado un momento tan íntimo. Me pregunté si él también lo sentía.

La música se detuvo. Alguien golpeaba una copa. Entramos en el salón con otros invitados que estaban en la terraza. Allí, sobre un estrado, estaban Dev y un hombre mayor, que supuse era su padre, de tanto que se parecían. Una mujer mayor elegantemente vestida, probablemente su madre, estaba a un lado. Los invitados de las terrazas se unieron al grupo.

—Amigos, gracias por acompañarnos esta noche en una ocasión tan auspiciosa; al menos eso nos ha garantizado el astrólogo, o tendremos que pedirle que nos devuelva el dinero… —El padre de Dev hizo una pausa para que cesaran las risas. Sostenía una copa en la mano y tenía la otra firmemente apoyada en el hombro de su hijo—. Este muchacho nos ha hecho sentir orgullosos con sus estudios en Oxford. Pronto será uno de los principales arquitectos de la India. Un hombre así necesita a su lado una esposa inteligente, amable, compasiva y comprensiva. Y tampoco está de más que sea hermosa. —Su risita provocó la de los invitados; más en los hombres que en las mujeres. Dev ocultó una sonrisa bajando la vista hacia sus zapatos bordados—. Por eso nos sentimos honrados de unirnos a la familia de Krishna Kaur y a su inteligente, compasiva y hermosa hija Gayatri, para lo que sabemos será un matrimonio largo y feliz.

La orquesta reanudó la música, con el sitar al frente. La multitud se apartó para dejar paso a la entrada formal de los padres de la prometida, seguidos de su hija, con la cabeza cubierta por un pallu rojo violáceo adornado con diminutas perlas. Miré a Dev: tenía los labios entreabiertos. Estaba tan ansioso por ver a la mujer con la que se casaría como el resto de los invitados. Todos se acercaron más para verla.

El doctor Mishra fue empujado hacia delante igual que yo, quedando los dos muy juntos, de una forma que debería haberme incomodado, pero no lo hizo. Colocó una mano protectora en mi espalda descubierta. Su calor me provocó una punzada agradable en el vientre. Debió de notar cómo mi cuerpo se relajaba bajo su contacto, porque giró la cabeza para mirarme. Le devolví la mirada. Mi respiración se aceleró. Por un instante, parecía que estábamos solos en aquel salón y que iba a acercarse a mí. Yo se lo habría permitido.

Al final, carraspeó y apartó la mirada. Retiró la mano de mi espalda. ¿Había sido culpa lo que había visto en su rostro? ¿Había confundido su galantería con interés?

Con esfuerzo, volví mi atención al estrado, donde el padre de la prometida, vestido con la misma elegancia que los Singh, hablaba de la favorable unión de ambas familias.

Finalmente, se apartó para dejar que su hija, Gayatri, se colocara frente a Dev.

Los invitados estiraban el cuello para verla mejor.

Con lentitud, la joven se quitó el pallu. Pero, en lugar de bajar la mirada con timidez, alzó la barbilla y le miró a los ojos. Por su porte, se notaba que el orgullo formaba parte de su naturaleza. Era una mujer que tenía una alta opinión de sí misma. Sería firme. Exigiría ser tratada como igual.

Se sonrieron. ¿Era una sonrisa de felicidad, de alivio o de desafío? Dos personas que no se conocían iban a iniciar un camino para descubrir cómo estar juntas y en qué medida se amarían… y se mentirían.

Dev tomó la mano de Gayatri y se volvió hacia el público, que empezó a aplaudir.

Ahora pude ver mejor sus cejas arqueadas y negras, sus grandes ojos delineados con kohl. Sus labios, carnosos y sugerentes, su sensualidad natural. Se los había pintado de un tono violeta que combinaba con su sari. Pendientes pesados, cargados de amatistas talladas, colgaban junto a un collar ajustado y enjoyado que cubría la base de su cuello hasta los hombros. Los lucía con soltura, como si estuviera acostumbrada a llevar ese tipo de adornos a diario. Me llevé la mano al cuello desnudo, consciente de que ese lujo nunca formaría parte de mi vida. Aunque Gayatri Kaur estaba sobre un estrado, alzó la barbilla mirando por encima del público. ¿Lo hacía para parecer más imponente? ¿O porque se creía superior a nosotros?

Oí a unos invitados a mi espalda susurrar:

—Pensaba que sería más joven.

Otro caballero, a mi derecha, comentó:

—¿Por qué han esperado tanto para casarla? ¿Le pasa algo?

La multitud empezó a dispersarse: unos se dirigían a las mesas de comida y bebida, otros felicitaban a las familias y saludaban a la pareja.

Una señora delante de mí decía:

—He escuchado que la primera elección de los Singh como esposa no salió bien.

Su acompañante añadió:

—Yo he oído que los Kaur tenían que casar antes a la hija mayor para poder arreglar algo para Gayatri. La mayor está un poco… tocada. Se cayó de un columpio cuando era pequeña.

La mujer hizo una mueca.

—Al final encontraron una familia que la aceptó con una buena dote. Y ahora le toca a Gayatri. Aunque veinticuatro años ya es el límite.