Seis días en Bombay CAPÍTULO 5 #3
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CAPÍTULO 5 #3

Me invitó a entrar en su apartamento, más amplio que el nuestro. En un rincón había un armario de palisandro. Lo abrió y dejó ver un arcoíris de salwar kameez, muchos con bordados dorados y plateados. Abajo, una fila de zapatos perfectamente alineados. Había un par de tacones de satén negro.

—Mis zapatos de boda —dijo.

Casi me daba miedo tocarlos de lo elegantes que eran. No tenían ni una marca. ¿Y si pisaba estiércol? ¿Y si un ciclista me salpicaba barro? En las calles de Bombay había mil maneras de ensuciar lo que llevabas puesto. Pero Fatima, como si adivinara mi duda, dijo:

—Pruébatelos.

No veía cómo iban a caberme. Tenía el pie más grande que el de ella. Me quedaban un poco ajustados, pero me aseguró que cederían porque eran de tela.

—Pero, Fatima… —empecé.

—Sona, mira —dijo, señalando sus pies ya hinchados por el embarazo—. ¿Cuándo voy a volver a ponérmelos? —Rio.

Su generosidad me sobrecogió. Cerré los ojos un instante y los abrí para asegurarme de que no soñaba. Le toqué el hombro.

—Gracias, Fatima. Prometo cuidarlos bien.

Me dio una palmadita.

—Salam alaikum.

—Alaikum salam.

***

Mi madre había hecho lo posible. Ahora se apartó para contemplar el resultado.

—¡Oh, Sona! Creo que este vestido te queda mejor que cuando era un sari y me lo puse yo.

Descolgó el pequeño espejo de la pared y lo sostuvo a distancia para que pudiera verme de cuerpo entero. Como la habitación era pequeña, tuvo que salir al rellano.

—Más lejos, mamá. Más lejos.

Podía ver que, si me movía de cierta manera, medio pecho quedaría al descubierto. Junté con los dedos los dos lados del corpiño.

—Deja eso —dijo mi madre mientras avanzaba otro paso por el rellano hacia la puerta de Fatima, sosteniendo aún el espejo.

—¿Para ir desnuda por la calle?

—Ni se te ocurra cerrar ese escote esta noche. Arruinarías el diseño.

Fatima salió de su casa al escuchar el alboroto. Cuando me vio, abrió mucho los ojos. Luego se tapó la sonrisa con la mano y dijo algo en urdu. Señaló mi escote y aplaudió, encantada con el vestido.

Avergonzada, salí al rellano para arrebatarle el espejo a mi madre.

—¿Lo ves, mamá? ¡La gente se va a quedar mirando!

—Por las razones correctas.

Nos giramos hacia la voz. El doctor Mishra estaba en la calle, fuera del patio. Llevaba un traje negro con cuello mao, camisa blanca y corbata.

Me sonrojé, sintiéndome ridícula con un vestido diseñado para provocar precisamente esa reacción.

Miró a Fatima, a mi madre y luego al cielo.

—Espero que no les importe. Me pareció… un trayecto largo para que una mujer fuera sola… Sobre todo vestida para una fiesta. Tengo un tonga esperándonos. Aún no he tenido ocasión de comprar un coche.

Sentí que me ardían las mejillas. Miré a mi madre, tan sorprendida como yo.

—¿C-cómo sabe dónde vivo? —pregunté.

—Ah… Tengo acceso a muchos registros. Incluso podría saber cuánto pesabas al nacer.

No supe qué decir. Mi madre entró en casa y volvió con un chal negro. Sonreía con picardía, mirándome de reojo.

—¿Nos vamos? —indicó el doctor Mishra, señalando el carruaje de caballos que esperaba calle arriba.

—Jao —murmuró mi madre, colocando el chal sobre mis hombros.

—Jao —repitió Fatima en silencio, con los ojos delineados brillando.

Bajé las escaleras y salí.

El doctor Mishra me ayudó a subir al carruaje. Me encogí, mortificada de que hubiera visto dónde vivía: nuestro cuarto alquilado, con pintura desconchada y paredes húmedas. Había visto mi calle, tan estrecha que ni un tonga podía pasar. Había visto los trenes que casi nos rozaban al pasar, rugiendo. ¿Qué pensaría? Una cosa era verme en el hospital, con el uniforme impecable y el pelo recogido, y otra muy distinta en mi entorno miserable.

Pero, si lo había notado, no lo mostró.

—Quizá haya asistido a mil eventos como este. Cuando los Singh organizan una fiesta, puede resultar abrumador. Pensé que le vendría bien… algo de apoyo. A mí, desde luego, sí.

Intentó reírse con suavidad.

Yo seguía impactada por verlo en mi barrio. Al no responder, dejó de hablar y miró al frente.

Apreté el chal contra los hombros. Cuando por fin recuperé la voz, dije:

—Me sorprendió verle.

—Ah, claro. Le pido disculpas. Pensé que estaba ayudando. Quizá me extralimité. Trabajamos juntos y tal vez no deberíamos… Por favor, acepte mis… —Se pasó un dedo por el cuello de la camisa, como si le apretara—. ¿Prefiere que me baje y usted continúe sola en el carruaje? Puedo coger otro…

La imagen de él saltando del carruaje me hizo reír. Solo había querido tener un buen gesto. Apenas se había fijado en el barrio.

—Gracias —indiqué, mirándole a los ojos, notando cómo se me aligeraba el ánimo—. Príncipe Rama.

Sonrió.

—¿Ahora soy el héroe del Ramayana?

Sonreí.

Me observó un instante.

—De acuerdo —dijo, volviendo la vista hacia la calle.

Durante un rato guardamos silencio.

—Doctor, solo sé lo que el señor Singh me ha contado de usted. ¿Dónde se crio?

—En Shimla.

Esperé.

—¿Entre lobos?

—Ah, sí… Mi padre era juez. Mis padres murieron en un accidente de coche hace tiempo. Me crio una tía.

—¿No tiene hermanos?

—Ninguno. Aprendí a jugar a los juegos que le gustaban a mi tía: bridge, pachisi, gin rummy.

—El doctor Stoddard no deja de decir que va a enseñarme a jugar al gin rummy.

El doctor Mishra me dio un suave toque en la mano con el dedo índice.

—«Guarda bien tus cartas… y tu dinero aún más».

Sonrió.

Su contacto me provocó una descarga tal que por un momento no pude hablar.

Giró la cabeza.

—Ay, cielos, ¿me he extralimitado otra vez? ¿O es que es usted una jugadora secreta? Ya sabe…, «cuando tienes un burro por amigo, no esperes más que coces». Supongo que el burro soy yo en este caso.

Solté una risita. No esperaba que fuera divertido; en el hospital siempre era tan serio.

—Cuénteme más sobre su amigo Dev Singh.

—Dev, sí. Nos conocimos en Bishop Cotton, un colegio cerca de Shimla. Yo iba dos cursos por delante. Volvimos a coincidir en Oxford, donde había muy pocos estudiantes indios. Formamos un grupo muy unido. Seguimos en contacto. Dev estudió Historia. Yo, Medicina. Ahora él estudia Arquitectura. Y yo estoy aquí, en Bombay, trabajando con unas enfermeras muy simpáticas… Muy buenas enfermeras. —Se miró las manos.

Era un cumplido, y lo acepté como tal.

—No llevas mucho tiempo en Bombay, ¿verdad? —preguntó.

—No.

—¿Has visto el tanque de Banganga o los Jardines Colgantes?

Negué.

Miró su reloj.

—Tenemos tiempo. ¿Vamos?

Le indicó al cochero del tonga adónde ir.

—El tanque es un antiguo lugar de peregrinación para los jainistas. Y ahora también van allí devotos de Shiva. A mí me gusta por su presencia tranquila y obstinada en medio de tanta riqueza.

Llegamos a un depósito de agua rectangular, rodeado de mansiones en Malabar Hill. A ambos lados, unas escalinatas descendían hasta el agua. A lo largo del borde ardían pequeños diyas, donde los devotos habían ido a rezar.

Miré de reojo al doctor. Podría haberle contado en ese momento lo que había escuchado entre la matrona y el doctor Holbrook, pero parecía tan relajado… Sus ojos no vagaban buscando un punto donde posarse. Quizá me preocupaba sin motivo. Mira parecía estar sana… ¿Para qué alarmarle? Lo dejé pasar.

***

La mansión de los Singh, de tres plantas, se alzaba en uno de los extremos de Malabar Hill. Nuestro carruaje bordeó un cuidado jardín, con un estanque en el centro, y se detuvo frente a una imponente escalinata de piedra, lo bastante ancha para que la subieran veinte hombres a la vez. La casa era enorme; más bien un pequeño palacio con veinte habitaciones. Hombres y mujeres elegantemente vestidos se movían por la galería exterior mientras criados uniformados ofrecían aperitivos y cócteles. Diyas de barro, con su luz titilante, alineaban la balaustrada.

Atravesamos la terraza y entramos en la casa, donde jarrones de cerámica con rosas damascenas rosadas perfumaban el ambiente. Mira estaba en el centro, rodeada de admiradores. Nos hizo señas para que nos acercáramos y nos presentó a un crítico de arte, un promotor, un músico y un restaurador.

Busqué a su marido por la sala, pero no lo vi.

—Filip está sentado en ese rincón —dijo, señalando hacia el fondo—. ¿Cómo estoy, doctor Mishra?

Giró sobre sí misma para que la viéramos.

—¿Sana? —respondió él con una sonrisa que era casi una mueca.

Mira le dio un golpecito en el pecho.

—¡Basta! Nada de ese pesimismo absurdo. Estoy perfectamente. —Se volvió hacia mí—. ¡Sona! Quítate ese chal tan tonto. Vamos a ver qué te ha hecho tu madre.

Miré al doctor Mishra. ¿Cómo podía Mira ser tan poco considerada? Ahora sabría que mi madre había cosido mi vestido. Me reprendí a mí misma. Estaba siendo una esnob, avergonzándome de que mi madre trabajara con las manos como una obrera cualquiera.

A regañadientes, me quité el chal, comprobando antes que no se me viera todo el pecho.

—¡Dios mío! Nuestra Sona ya es toda una mujer, ¿verdad, Amit?

El doctor Mishra, que me había estado observando, bajó ahora la vista hacia sus zapatos, en dirección al suelo de mármol.

—Buen trabajo, enfermera Falstaff.

Mira frunció el ceño.

—Amit, debes llamarla Sona o la gente pensará que habéis venido a atender una emergencia. —Me miró—. Date la vuelta, quiero ver la espalda.

Obedecí. Jadeó.

—Exquisito. No hay ni una mujer aquí que pueda competir con esto. Vamos a enseñárselo a Dev. Debe de estar por aquí.