Seis días en Bombay CAPÍTULO 5 #2
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CAPÍTULO 5 #2

Me sentí aliviada. No parecía molesta en absoluto. Pero la idea de ir me revolvía el estómago. Conocer gente nueva nunca se me había dado bien. En el hospital, mi papel me servía de escudo perfecto. Mis pacientes necesitaban a alguien que llevara el control, y yo podía mostrarme segura para ayudarles a recuperarse. Nunca sospechaban que preferiría estar sentada en un rincón, con la nariz metida en un libro.

Mi madre rebuscaba en su cofre del tesoro y la oí exclamar:

—¡Ajá!

Volvió con un sari de seda verde esmeralda con borde de zari dorado.

—Mamá, ¿de dónde has sacado eso? ¡Es precioso! Nunca te lo he visto puesto.

Esperó a que recogiera la mesa para extender el sari sobre ella. Alisó la tela con la mano y dijo:

—Nunca lo he llevado. Pensaba hacerlo cuando tu padre y yo nos casáramos.

Suspiró. Le acaricié el brazo y nos quedamos en silencio unos momentos.

Desplegó la tela.

—Accha. Ya sé que no te entusiasma llevar sari, así que vamos a convertir esto en un vestido que hará que todos se giren a mirarte. —Miró mi escote—. Incluso vamos a enseñar un poco de canalillo.

—¡Mamá! ¿Qué te pasa? Es solo una fiesta. Puedo ponerme cualquier vestido. Además, es un sari carísimo. ¿Por qué querrías cortarlo?

Su expresión se volvió firme.

—No, no puedes ponerte cualquier cosa, Sona. No voy a permitir que mi hija aparezca en la fiesta del año como una mendiga. Vamos a hacerlo bien.

Sostuvo la tela sobre mi hombro, luego a la altura de mi cintura. Simuló pliegues, recogiendo la falda, subiéndola y bajándola contra mi pecho. No usó cinta métrica; conocía mis medidas de memoria, ya que siempre había cosido mi ropa. Tras hacer algunos bocetos rápidos, retocó uno de ellos. Asintió una vez, decidida. Observé cómo cogía sus grandes tijeras y cortaba la seda.

—¿Puedo ayudarte en algo? —Nunca había sido buena costurera. Para mi madre, a lo sumo había cosido algún dobladillo o comprado materiales y entregado encargos.

Me miró pensativa.

—Puedes recoger algunas flores de ese árbol de algodón rojo. Harán buen contraste con tu pelo.

—Lo haré al volver del apartamento de Mira. ¿Te he dicho que hoy le han dado el alta? Está muchísimo mejor. Me ha pedido que la ayude a elegir vestido. —Sonreí con picardía—. ¿Le recomendarías que enseñe canalillo también?

—¡Qué descarada! —dijo mi madre, ocultando una sonrisa.

***

Mira y Filip vivían en uno de los edificios de estilo art déco del Marine Drive, junto a la bahía de Back Bay.

Había visto esos lujosos pisos anunciados en el periódico, junto a anuncios de muebles de acero de Army el estómago me hervía de nervios. Comí medio roti con algo de dal y fui al baño del rellano a lavarme. Al volver, mi madre me pidió que me quedara en enagua. Se levantó de la silla, arrastrando las piezas del vestido. Sostuvo ambos lados del corpiño y los unió con alfileres, formando una costura central entre mis pechos. Miré hacia abajo y vi cuánto escote dejaba al descubierto.

—¡Mamá, sabes que no puedo ir así a ninguna parte! —Empecé a pellizcar la costura para subirla un par de centímetros.

Me apartó la mano de un golpe.

—Esta es mi primera oportunidad de diseñar un vestido de noche para mi hija. Déjame a mí el diseño y ya discutiremos después.

Sonreía orgullosa de su trabajo, lo que suavizó mi resistencia. No la había visto tan ilusionada desde que me hizo mi primer uniforme de enfermera, tan llena de orgullo en aquel entonces. Le besé la frente.

Del corpiño salían dos tirantes largos que pasaban por mis hombros y cruzaban la espalda. Los había hecho con el borde de zari del sari. Con una tiza blanca marcó algunos puntos y luego retiró el corpiño. Después trajo la falda larga que se uniría a él para ver cuánto debía recortar. Pensaba rematar el bajo con el borde dorado restante. La falda era ajustada y se abría por debajo de las rodillas. Junto con el corpiño, el vestido formaba una columna elegante que me hacía parecer más alta. Solo teníamos el pequeño espejo del lavabo, así que no podía verme entera, pero la expresión de mi madre bastaba.

—Todas las miradas estarán puestas en ti, hija mía. Ahora quítatelo para que pueda terminarlo.

Me lo quité con cuidado de no deshacer los alfileres.

—¡Los zapatos! —exclamé—. No tengo los adecuados para este vestido.

—¡Fatima! —dijo mi madre—. ¡Ve!

Me vestí deprisa y crucé el rellano. Fatima, con sus mejillas sonrosadas y su energía desbordante, abrió la puerta. Al verme, se mostró preocupada.

—¿Mummi theek hai?

—Sí, mamá está bien.

Le expliqué adónde iba esa noche y que mi madre me estaba cosiendo un vestido, pero que no tenía zapatos.

Fatima sonrió.

—¡Ven!