Seis días en Bombay CAPÍTULO 4 #4
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CAPÍTULO 4 #4

Hablaba con calma, como si la conversación que había escuchado nunca hubiera existido. ¿Lo había imaginado? No, estaban hablando de Mira, sin duda. ¿Por qué no había dicho nada en su defensa? Había sido una cobarde. Cómplice con mi silencio. Ella merecía algo mejor. ¿Debería contarle al doctor Mishra lo que había escuchado? La línea entre lo correcto y lo incorrecto, y dónde estaba mi responsabilidad, me daba dolor de cabeza.

***

Había sido un día largo. La silla de ruedas del doctor Stoddard, la petición del doctor Mishra y luego la conversación entre el doctor Holbrook y la matrona… Todo aquello me había dejado agotada. No había conseguido encontrar al doctor Mishra antes de terminar el turno para contarle lo que había oído. Quizá debería confiar en Indira.

A las cuatro de la mañana, encontré a Mohan cambiando las ruedas de una camilla que había puesto boca abajo. Trabajaba más horas que yo. A menudo me preguntaba si dormía en la sala de mantenimiento.

En lugar de su saludo habitual, tímido pero alegre, al acercarme apenas levantó la vista.

—¿Has visto a Indira, Mohan?

Alzó la cabeza y me miró sin expresión. Lo entendí. Aún le dolía mi respuesta a su propuesta de matrimonio. Tenía que decir algo o ese rechazo se convertiría en una herida que no cicatrizaría. Me acerqué lo suficiente como para ver el vello oscuro en sus orejas. Sin mirarme, cogió el destornillador y quitó un tornillo de la rueda. Como siempre, la sala estaba abarrotada de sillas viejas, mesas y equipo roto. Aun así, nunca había resultado sofocante… Hasta hoy, debido al ánimo de Mohan.

—Mohan, no estoy preparada para casarme con nadie. No sé si llegaré a casarme en algún momento. No estoy convencida de que sea un cambio al que quiera apuntarme. —Esperaba que mi pequeña broma aligerara el ambiente, y me pareció notar un leve ablandamiento en su mirada—. Es muy generoso por tu parte ofrecerme una vida de compañía y seguridad. Quiero que lo sepas. —Le dediqué una sonrisa humilde—. No creo que seas consciente de lo que te llevarías conmigo. Tengo carácter. Me gusta hacer las cosas a mi manera… Salvo cuando la matrona me pilla. —Eso le arrancó una leve sonrisa. Entonces me miró, con las comisuras de los ojos arrugadas—. Te mereces algo mejor que yo. Alguien que te prepare la cena cuando llegues a casa. Que te masajee los pies después de un día largo. Que te haga té cuando te apetezca. Que sepa lo que necesitas incluso antes que tú. Sabes que esa no soy yo. Nunca lo seré. La chica adecuada te está esperando. La encontrarás. Puede que incluso venga a ayudarte aquí, arreglando camillas y pintando mesas.

—¡Accha, accha! ¡Basta! —Se echó a reír—. Indira ha estado aquí, pero se ha ido ya. Su marido ha venido a buscarla. —Las cejas de Mohan se alzaron hasta la línea del cabello—. Maderchod. La forma en que la trató… Dijo que a partir de ahora la acompañaría a casa él mismo.

Empecé a notar un zumbido en los oídos.

—¿Qué ha dicho exactamente?

Mohan apartó la mirada, incómodo.

—«No quiero a esa gori randi cerca de ti».

Así que ahora yo era la «puta blanca». Era tan absurdo como cruel. Si el marido de Indira supiera que ni siquiera había estado nunca con un hombre…

—¿Parecía asustada, Mohan?

Lo pensó un momento.

—Más que asustada, sorprendida. No creo que haya venido nunca. Yo desde luego no lo había visto. Empezó a decirle que no tenía de qué preocuparse, que ya le había dicho que no podía volver a casa contigo, pero él le dio una bofetada. Luego la zarandeó. —Mohan bajó la vista hacia la camilla, como si no quisiera mirarme—. Fue duro verlo, Sona. Después de eso, salió detrás de él sin más. Como si estuviera en trance.

Apreté los dientes. Quería gritar: «¿Cómo es posible que hombres como Balbir se salgan siempre con la suya?». Pero en lugar de eso, respiré hondo.

—Gracias, Mohan.

Fui hacia mi bicicleta.

—¿Quieres que vaya contigo?

Me giré. Mi expresión debió dejar claro que no entendía.

—¿A casa de Indira?

Asintió. En ese momento, si Mohan me hubiera pedido matrimonio, quizá habría dicho que sí. Qué noble era querer protegerme de alguien como Balbir.

Negué.

—Estoy bien.

***

No había recorrido ni dos calles desde el hospital cuando vi a los jóvenes estudiantes indios bajo la farola. Se pasaban un paquete de cigarrillos Scissors. El humo competía con el fuerte aroma medicinal del árbol de lluvia dorada, cuyas flores mi madre mezclaba con agua de arroz para aliviarme la garganta.

—Pero Gandhi-ji dice que la violencia no es el camino…

—¿Y cómo vamos a demostrarles a esos malditos británicos que no vamos a dejarnos intimidar? Las elecciones han dejado claro que estamos preparados para gobernarnos y aun así nos ignoran.

—¿Vienes a la manifestación del viernes?

Al pasar junto a ellos, giré la cabeza para escuchar mejor su conversación cuando mis ruedas parecieron bloquearse. Mi cuerpo se inclinó hacia delante, a punto de hacerme caer. Miré a mi alrededor para ver la causa. El marido de Indira, Balbir, sujetaba el manillar de mi bicicleta. Olía a paan y a tabaco. Sus ojos ardían llenos de rabia.

—¡Aléjate de mi mujer! Indira no necesita que le metas ideas pervertidas en la cabeza. No te acerques a nuestra casa ni hables con ella en el trabajo. Te arrepentirás.

Levantó la mano como si fuera a abofetearme. El miedo me recorrió, pero obligué a mi cuerpo a no apartarse. Nos miramos durante un largo instante.

Se inclinó hacia mi oído y susurró, con un tono amenazante:

—Y recuerda: puedo seguirte hasta casa cuando quiera.

—Ni siquiera eso te dará el hijo que buscas, Balbir —dije en voz baja.

Abrió la boca, sorprendido. No estaba acostumbrado a que una mujer le contestara. Aflojó el agarre del manillar.

—¡Eh! ¿Qué estás haciendo? —gritó uno de los estudiantes.

Me di cuenta de que se dirigían a Balbir. Tras lanzarme una última mirada amenazante, soltó la bicicleta y se marchó deprisa.

Los jóvenes se acercaron corriendo.

—Señorita, ¿está bien?

Les di las gracias por su amabilidad y pedaleé, aún temblando.

Cuando llegué a casa, en cuanto mis dedos dejaron de temblar, aseguré la bicicleta con llave. Luego me alisé la falda y me sequé el sudor de la frente antes de subir las escaleras hacia nuestro piso.