Seis días en Bombay CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

Esperaba que, tras su conversación con el doctor Mishra, el doctor Holbrook hubiera reconsiderado el tratamiento de Mira, pero al final de mi turno de anoche vi en su historial que no lo había hecho. Las sombras bajo los ojos de Mira eran más oscuras que el día anterior. Su piel, más pálida. Su cabello, apagado. Su aliento, agrio. ¿Nadie estaba cuidando de ella? ¿Dónde estaba su marido? ¿Por qué no exigía un mejor tratamiento, como hacía el doctor Mishra? Siendo realistas, ¿acaso Filip Bartos venía alguna vez a sentarse con su esposa? El día anterior, cuando dejó los cuadros en su habitación, fue la primera vez que lo había visto.

En aquel momento, mientras me cambiaba el uniforme para mi turno, lo tenía claro: si su marido no iba a ayudarla, lo haría yo.

Entré en la habitación de Mira empujando una camilla. Había traído dos recipientes esmaltados con agua tibia, un frasco de champú de sándalo, toallas y una taza esmaltada.

Pero Mira no estaba sola. Estaba dibujando a Indira.

En cuanto mi compañera me vio, se sonrojó y se llevó la mano a la cofia.

—No, aún no he terminado —protestó Mira.

Indira dijo:

—Señora, Sona está aquí. Eso significa que también empieza mi turno. Debo irme. —Se colocó la cofia en el cabello.

Mira me miró, impotente.

—Le he pedido a Indira que viniera temprano hoy para posar para mí. Tiene tanto carácter. Tanta profundidad. Mira. —Levantó el dibujo.

Indira y yo nos acercamos. El retrato a carboncillo era Indira. Captaba su tristeza, la forma en que intentaba ocultarla. Los ojos vigilantes, siempre a medio bajar. Los labios estirados en una línea plana, sin inclinarse ni hacia arriba ni hacia abajo. Pero sus rasgos en el dibujo eran menos definidos, incluso suavizados. Podría haber sido cualquier mujer. Indira, pero no Indira.

Esta observó el dibujo con asombro.

—¿De verdad me veo así? —Una lágrima apareció en el rabillo de cada ojo—. Parece tan indefensa… Y triste. —Me miró—. ¿Soy así?

La rodeé con el brazo.

—Tú eres tú. Solo hay una como tú. —Indira se dio la vuelta para irse—. Tengo lassi de mango en el termo, si quieres un poco —le dije.

Negó y se marchó.

Me volví hacia Mira y me di cuenta de que nos había observado en silencio.

Abrí la ventana para dejar entrar una brisa ligera y le sonreí.

—¿Nos lavamos el pelo hoy?

Se rio.

—Aquí no hay un «nos». Me parece que tú me vas a lavar el pelo.

Avergonzada por haberle hablado como antes había hecho con el niño que iban a operar de amígdalas, me disculpé e hice un saludo en broma.

—No pasa nada, Sona. Siempre me alegra verte. —Se pasó la mano por delante de la cara—. Dime, ¿de qué estás protegiendo a tu amiga?

La miré.

—¿A quién? ¿A Indira?

Asintió.

Debería haberlo sabido. Por mucho que a Mira le gustara hablar, también sabía escuchar. Oía lo que no se decía. Sentía lo que no se expresaba. Era una de las cosas que me gustaban de ella.

—Su vida en casa no es buena —comenté, mientras abría el frasco de champú.

Alzó las cejas.

—Cuando empecé a pintar a las mujeres en mi obra, vi a muchas con marcas de trabajos duros, de abusos o de abandono. Quería ayudarlas, pero no era mi lugar. Ellas tampoco deseaban que lo hiciera. Decían que se meterían en más problemas en casa si intervenía. Al principio no lo entendía, pero al final me di cuenta de que podía hacer más bien mostrando sus vidas y sus sentimientos en el lienzo, para que el mundo los viera. Fue entonces cuando el trabajo se apoderó de mí y yo dejé de existir. Las pinturas cobraban vida bajo mi pincel. Sona… —esperó a que la mirara—, deja que Indira viva su vida.

Una parte de mí se sorprendió por su intuición; me decía lo mismo que Indira, lo mismo que mi madre. Otra parte se resistía al consejo que no quería escuchar.

Mira dejó a un lado sus lápices y el cuaderno.

—Me alegra que estés aquí. Hay algo que quiero preguntarte.

¿Qué límite iba a cruzar ahora? Sentí cautela y curiosidad a la vez.

—Está bien. Pero primero, ¿crees que podrías sentarte en una silla?

Frunció el ceño y negó con la cabeza. La ayudé a incorporarse en la cama. Soltó un pequeño gemido. Miré las sábanas para ver si seguía sangrando. Había algunas manchas del tamaño de una moneda. Le cambiaría las sábanas después de lavarle el pelo. Vi en su historial que la enfermera del turno anterior le había administrado morfina hacía poco. Quizá empezaría a hacer efecto pronto. Retiré las almohadas de detrás de su espalda y las sustituí por un montón de toallas para recoger el agua. Otra toalla se la coloqué alrededor del cuello y los hombros.

Entonces preguntó:

—Si tuvieras que vivir tu vida de nuevo, ¿harías algo diferente?

Una vez más, escarbaba, removía la superficie ordenada de mi sentido del deber y la responsabilidad, para llegar a esa capa blanda, imperfecta y caótica que había debajo. Pero, en lugar de rechazar su intento de involucrarme, me descubrí admirando la forma en que lo hacía. Como una flecha que va directa a su objetivo. No de forma maliciosa, sino porque realmente le interesaba.

—¿Por qué lo preguntas? —dije, mientras vertía agua tibia sobre su cabello, procurando que no le cayera en la cara.

—Porque puedo hablar contigo, y con Amit, sobre lo que realmente me importa.

Me alegré de que no pudiera ver el rubor en mis mejillas. ¿Por qué me molestaba su cercanía con el doctor Mishra? Era absurdo. No era como si él y yo… Quizá me irritaba más saber que ella lo había elegido, que lo había hecho sentir privilegiado de estar en su círculo, al igual que a mí. Tenía ese don: hacer que la gente se sintiera especial, querida. Era lo que debía haber atraído a Petra, a Paolo y a tantos otros hacia ella.

Vertí un poco de champú en la palma y lo masajeé en su cuero cabelludo y en su cabello negro ondulado. Ahora estaba grasiento, pero al terminar volvería a brillar. El suave aroma del sándalo llenó la habitación.

—Si pudiera hacerlo todo de nuevo —continuó—, habría sido más amable con Jo. Josephine. He estado pensando mucho en ella. No se merecía lo que le hice. —Bajó ligeramente la cabeza—. Jo era… es marchante de arte en París. Muy conocida. Vendió muchas de mis obras… —Hizo una pausa—. Fue cuando estaba en la Academia. Jo y su marido, Jean, me acogieron casi como a una hija. Me invitaban a cenar, me llevaban al Louvre… Pasábamos horas y horas allí. Yo dibujaba mientras ellos paseaban. Me presentaron el Jeu de Paume, el Palais de Chaillot, la Orangerie, los impresionistas. Me enamoré de Gauguin y Cézanne. Jo y Jean eran muy amables. Escuchaban mis quejas sobre Paolo. Y entonces hice algo terrible. Imperdonable. —Se detuvo otra vez—. Los traicioné sin motivo, Sona. Intenté seducir a Jean. No sé por qué lo hice.

Una vez más, me dejó sin palabras. ¿Era eso lo que buscaba? ¿Confesar una traición tan grave? ¿Buscaba absolución… de mí? ¿Quién era yo para perdonar a nadie?

Esperé a que continuara mientras le aclaraba el cabello con agua limpia del otro recipiente.

—Jean y yo tuvimos una aventura. Cuando Jo lo descubrió, se enfadó, claro. Y se sintió herida. Al final, Jean la dejó y Jo me despidió. No la culpo, Sona. Lo que hice fue horrible. Ella no había hecho nada para merecerlo… Al contrario. Me había dado un nombre en el mundo del arte. Pero después de aquello, ningún agente quería trabajar conmigo. Me sentía fatal. No podía pintar. No tenía dinero. Al final volví a Praga y coqueteé con Filip. —La culpa se colaba en su voz—. Mi madre se puso furiosa. Pensaba que podía aspirar a algo mejor. A un príncipe o, al menos, a un diplomático. —Sonrió con ironía—. No era ninguna de las dos cosas. Quizá por eso me casé con él. Y me fui a la India.

Envolví su cabello en una toalla y lo escurrí con fuerza. No sé de dónde salieron las palabras, pero supe que eran verdad.

—No estabas enamorada de Filip.

Giró el cuello para mirarme y asintió.

—Todos pensaron que era valiente por desafiar a mi madre. La verdad es que no quería ir a la India, donde nunca había estado, sola. Necesitaba compañía. Y Filip era una buena compañía. —Volvió a mirar al frente, respiró hondo y soltó el aire lentamente—. Causo estragos allá donde voy, Sona.

No supe qué decir. Quizá por eso no debíamos acercarnos demasiado a los pacientes, como advertía Rebecca. Yo había admirado tanto a Mira, me había dejado impresionar por su mundo, su sofisticación. Ahora veía a una mujer mucho más compleja que, aunque conmigo era afectuosa, había traicionado a quienes la querían. Y lo había hecho a propósito. ¿Me haría lo mismo algún día? Sabía perfectamente los límites que cruzaba y aun así lo hizo. Solo ahora parecía arrepentida. Normalmente, habría intentado aliviar la tristeza de una paciente, dejarla de mejor ánimo. Pero con Mira me resistí. Ella me había atraído, me había permitido —me había animado— a acercarme. ¿No me había hecho sentir importante? Y luego me había decepcionado. ¿Era eso lo que sintió mi madre cuando descubrió que el hombre que amaba era un impostor?

Recogí mis cosas —las toallas húmedas, los recipientes, el champú— y las coloqué en la camilla. Cuando me giré para decirle que volvería a cambiarle las sábanas y ayudarla a acomodarse, vi lágrimas deslizándose por los lados de su nariz hasta sus labios. Su culpa —aunque tardía— suavizó un poco mi resistencia. ¿No bastaba con que nos doliera el cuerpo? ¿Por qué también tenía que dolernos el corazón, con ese dolor escondido tan hondo que no podíamos arrancarlo sin más? Saqué un pañuelo de mi bolsillo y le sequé la cara. Luego me dispuse a marcharme.

Me sujetó la muñeca para detenerme.

—Gracias.

Asentí. Me daba las gracias por escucharla sin juzgarla. Pero en mi interior sí la había juzgado. ¿Cómo no hacerlo? Entendía lo que debieron sentir Jo, Petra, Paolo… Cómo Mira los había utilizado. Yo también había estado en el otro lado de una traición. Era algo feo, con garras, cubierto de escamas.

Era mi padre.

***