CAPÍTULO 3 #5
—Era tan joven, Sona. Y tan ingenua. Esperó hasta el día que se fue para decírmelo. No podía creerlo. No podía creer que se fuera. No podía creer que tuviera otra familia. No podía creer que nos hiciera eso. Quería arrancarle los ojos. Le abofeteé las mejillas, las sienes. Lo golpeé con los puños. Le di patadas en las espinillas, en las rodillas. Le lancé todo lo que tenía a mano. Una olla. Tijeras. Los juguetes de Rajat. Él lo permitió. Lo empujé con tanta fuerza que se golpeó la cabeza contra la pared. Cuando se apartó, había sangre. Parecía miserable. Pero no dijo nada. Simplemente se fue. Se fue de todos modos. —Hizo un gesto como de hipo, intentando recuperar el aliento.
—Mamá.
Le quité la prenda de las manos y cubrí sus palmas con las mías.
Miró nuestras manos y acarició mi pulgar.
—A pesar de todo, Sona, lo amé. No todo fue malo. Puede que ahora no lo entiendas. Pero algún día lo harás. Mientras estuvo con nosotras, fue bueno. Os quería a ti y a Rajat. Yo no os habría tenido a vosotros dos si no hubiera sido por él. Te hacía flores de papel que tú esparcías alrededor de tu cama. Ponía a Rajat sobre sus hombros y os llevaba a los dos al zoológico. Te encantaban los pavos reales. Cuando desplegaban sus colas, Rajat se reía. —Sonrió al recordarlo.
Sentí que algo se endurecía dentro de mí, algo pequeño y redondo, como una canica. Ella lo defendía. Después de todo lo que nos había hecho. A ella. A nosotras. Solté sus manos.
—Sí, y Rajat seguiría vivo si hubiera sido un padre responsable.
Las líneas de preocupación surcaron la frente de mi madre.
—No, Sona. Rajat podría haber muerto de todos modos. Su corazón era débil desde que nació. Los médicos dijeron que no había nada que pudieran hacer.
Hizo una pausa; sus ojos recorrieron la mesa: la blusa arrugada en su regazo, las tijeras dentadas, el alfiletero en forma de tomate. Se secó la cara con el extremo del sari y me miró un momento. Como si hubiera tomado una decisión, asintió.
—Es hora de que te lo enseñe, Sona.
—¿Enseñarme qué?
En lugar de responder, se levantó y fue al pie de nuestro charpoy, donde guardaba un baúl metálico lleno de retales de tela de sus encargos. Usaba los sobrantes para nuestras sábanas, fundas de almohada y mis vestidos. Una vez le pregunté si la señora Rao, que le pedía cuentas de cada centímetro de tela usado en sus prendas, no se enfadaría al saber que mamá utilizaba su fino algodón para nuestras cortinas. Mi madre había dado unos golpecitos en el lateral de la nariz.
—Tengo un secreto. —Sacó un kameez a medio hacer del montón y me enseñó la costura por dentro—. Otras modistas dejan tela extra en la costura para que las señoras Rao del mundo puedan engordar unos kilos. Se puede soltar la costura y nadie lo nota. Pero nuestra señora Rao es tan patali-dubali que no ganaría ni un gramo aunque comiera pakoras todas las noches. Yo hago ver que he escondido ese margen en el pespunte, pero en realidad guardo la tela para coser una nueva rajai para nuestra cama cada año. ¡Casi está terminada! —Sonrió, mostrando su sobremordida.
Ahora volvió a la mesa y se sentó. Estaba sin aliento. Su boca caía ligeramente. Su piel tenía un tono grisáceo. En la mano llevaba un montón de cartas de unos quince centímetros de alto; sobres atados con cuerda de yute.
Me levanté enseguida para ayudarla a sentarse. Su corazón le había estado dando problemas, pero tenía medicación.
—¿Has tomado tus pastillas hoy? Déjame prepararte un té de agua de rosas, mamá. También le pondré hibisco.
Di un paso hacia el hornillo antes de que me detuviera.
—Estoy bien. Ven, siéntate.
Golpeó con suavidad la mesa. No la creí, pero regresé a mi silla. Colocó el montón sobre la mesa.
—Esto es para ti.
Deslizó las cartas en mi dirección, con la mirada baja.
No las había visto nunca. Fruncí el ceño.
—Cada año, desde que tu padre se fue, ha enviado dinero para tu cumpleaños… y el de Rajat.
Le tembló el labio inferior. Señaló los sobres.
—No hay notas escritas. Ni dirección de remitente. Si la hubiera habido, le habría contado lo de la muerte de Rajat. Solo hay dinero británico. En las primeras cartas había unos chelines, luego una libra. En tus últimos cumpleaños, enviaba tres libras al año. Nunca he tocado ese dinero. Lo he guardado para ti. —Juntó las manos entre las rodillas, en el hueco que formaba su sari—. Para tu matrimonio. Eso te lo debía —indicó en voz baja.
La miré fijamente. ¿Mi padre me había enviado dinero durante… veinte años?
—Pero ¿cómo ha sabido nuestra dirección en Bombay después de mudarnos de Calcuta?
—No sé cómo lo ha sabido. Quizá algún antiguo vecino.
Bajó la mirada hacia sus manos deformadas.
—Perdóname por habértelo ocultado. —Su voz se quebró—. Solo quería hacer lo mejor. Y… la verdad… no deseaba que pensaras mejor de tu padre por intentar mantenerte. He sido egoísta, lo sé. Estuve enfadada con él durante mucho tiempo. Igual que tú ahora. Pero es hora de dejar ir ese enfado, Sona. Como tuve que hacerlo yo. A la larga, te hará más daño que bien. —Se secó los ojos con un retal junto a la máquina de coser.
Miré la pila de sobres, una pequeña montaña en el centro de la mesa.
—Pero… ¿No deberíamos usar este dinero para comida? ¿O pagar el alquiler por adelantado? Podríamos comprarte gafas nuevas para que puedas coser mejor.
Negó.
—He ahorrado suficiente con tu sueldo y mi costura para todo eso. Este es tu dinero. Haz lo que quieras con él.
Me quedé mirando el montón. Era como otra presencia en la habitación, latiendo, expandiéndose y contrayéndose. Me levanté de golpe, casi tirando la silla, y empecé a caminar de un lado a otro.
Demasiados pensamientos giraban en mi cabeza, desenredándose y volviendo a enredarse. ¿Mi padre recordaba mi cumpleaños —y el de Rajat— todos los años desde que se fue? ¿Alguna vez nos había escrito y, en el último momento, decidió no enviar la carta? ¿Pensó que nos haría daño saber de él después de tanto tiempo? ¿Tenía una esposa inglesa? ¿Cómo sería? ¿Tenía hijos con ella? ¿Niños? ¿Niñas? ¿Qué edades? ¿Sabían de nosotras? ¿Qué dijeron al enterarse? ¿Llegaron a enterarse? ¿Alguna vez nos ha echado de menos? ¿Compensaba ese dinero todos los años de abandono? ¿Haría que yo dejara de odiarlo?
Lo que tenía delante era dinero de culpa. Culpa por habernos mentido. Por abandonarnos. Por no hacernos saber si aún nos quería. ¿Estaba mi madre inventando recuerdos, como las flores de papel y las visitas al zoológico? ¿Eran cosas que deseaba que hubieran ocurrido, pero no sucedieron?
No quería su dinero. Ni guardarlo ni usarlo. Ni siquiera quería tocarlo.
Pero cuando miré a mi madre —la medicina que necesitaba para el corazón, los chappals gastados que seguía usando porque decía que eran más cómodos que unos nuevos, el sari que había llevado tantas veces que en algunas partes era casi transparente— supe que necesitábamos más que lo que había logrado ahorrar.
Solté un largo, larguísimo suspiro y me detuve frente a ella. Levantó la vista.
Me incliné hacia ella y apoyé mi frente contra la suya.
Luego acerqué mi silla a la mesa y me senté.
—Contemos el dinero —dije.