Seis días en Bombay CAPÍTULO 3 #3
19%

CAPÍTULO 3 #3

Me sorprendí preguntándome qué pasaría si yo dijera lo que realmente pensaba. «Señora Mehta, dígale a su suegro que deje de ser un imbécil». ¡Ni pensarlo! Pero aquello me dio valor para preguntarle a Mira:

—¿Por qué eliges pintar mujeres tan sombrías? Como si no encontraran placer en sus vidas. ¿Las mujeres de los pueblos no sienten también alegría?

Sus ojos brillaron al responder:

—Yo diría, querida Sona, que hay alegría en la quietud de mis pinturas. La serenidad del pueblo indio, tan distinta de la de los europeos, que parecen obsesionados con lo que depara el futuro, me reconforta. Incluso cuando las mujeres hacen chapatis. Incluso cuando los dhobis golpean la ropa mojada contra las rocas. Incluso cuando la artista de henna dibuja en las manos de una prometida, hay alegría. Y calidez. Y tranquilidad. Algo que no he encontrado en Europa. Necesitaba venir a la India para hallarlo. —Entrecerró los ojos y frunció los labios—. Eres medio india como yo, ¿verdad?

Era mitad afirmación, mitad pregunta.

Ahí estaba. Aquello que me separaba de quienes tenían derecho a pertenecer a este país. Si no lo decían a la cara, lo decían a mis espaldas. Con curiosidad o con desprecio. Solté su mano y empecé a alisar la sábana en mi lado de la cama.

—Mi madre es india.

No le dije que odiaba mi apellido. No le dije que no veía a mi padre desde los tres años. No le dije que deseaba que estuviera muerto. No le dije que, de no ser por él, la vida de mi madre habría sido mucho mejor.

Me observó mientras ajustaba la sábana, quizá con demasiada fuerza, en las esquinas de la cama.

—Mi madre es de Lucknow. Mi padre es checo. Llevo tanto tiempo siendo india y europea que no sé qué parte es más yo.

Sin embargo, había una gran diferencia entre nosotras, incluso compartiendo esa doble herencia. Ella consideraba su diferencia un motivo de orgullo. La exhibía como la cola de un pavo real. La hacía especial. La convertía en artista. En pintora. Yo, en cambio, llevaba mi diferencia como una blusa áspera que deseaba quitarme al final del día.

Miré mi reloj y me di cuenta de que llegaba tarde para atender a la paciente embarazada que ahora ocupaba el lugar de la señora Mehta, ya que su esposo se la había llevado a casa.

Me disculpé, agradeciendo a Mira que hubiera compartido su obra conmigo. Cuando la conocí, pensé que su manera de ser era demasiado grande para el mundo en el que yo vivía. Pero, como el aire, mi vida parecía expandirse cada vez que estaba cerca de ella.

***

Fui al almacén a dejar las sábanas sucias de la cama de Mira y a recoger otras limpias para la señora Roy, la embarazada. Indira estaba sentada en el banco en medio de la sala, llorando. Cuando me vio, se giró. Dejé las sábanas en el cesto de lona con ruedas y me acerqué a ella. Tenía las manos frías y le castañeteaban los dientes.

—Balbir me dijo que habías pasado por casa —soltó—. Pensó que yo te había pedido que fueras. No puedes volver a mi casa, Sona. Nunca. —Las lágrimas empapaban su uniforme—. Mis hijas… lo vieron todo. Vieron a su padre golpear a su madre. Les dijo que era porque yo era mala. Que había hecho algo mal. Vi la expresión en sus caras. No querían creerle, pero sin nadie que me defendiera, acabarán haciéndolo. Si todos a tu alrededor te dicen que el cielo es rojo, acabarás creyéndolo.

Le froté las manos para calentarlas.

—¡Oh, Indira! Lo siento mucho. Solo fui porque nadie en el hospital sabía dónde estabas. Pensé que habías tenido un accidente.

—Ojalá lo hubiera tenido. Así las niñas no habrían tenido que ver…

—Déjame ver dónde te duele.

—No, Sona. Ya has hecho bastante. No pareces entender que tu vida siempre va a ser diferente de la mía. Tú no eres realmente india. Yo sí lo soy. Prometí estar con Balbir durante siete vidas. Quizá en la próxima sea más amable conmigo. —Sorbió por la nariz—. Tal vez sea una de mis hijas en lugar de mi marido. O quizá sea mi madre. No sabemos lo que nos depara el destino. Tienes que dejar de intentar cambiarlo, Sona.

La miré fijamente. Yo creía que estaba ayudando a Indira, pero al parecer solo la había perjudicado… o incluso había animado a Balbir a hacerlo.

—Promete que no te meterás —suplicó—. Balbir es un hombre violento. No creo que sea buena idea que volvamos a casa juntas, Sona.

Sentí como si me hubiera golpeado en el estómago. Solté sus manos y me quedé en cuclillas. Era mi amiga más cercana, mi única amiga de verdad en Bombay. Noté cómo me picaban las lágrimas en los ojos, pero no dejé que cayeran.

Indira dejó escapar un gemido mientras se colocaba el uniforme sobre los hombros y abrochaba la parte delantera, haciendo una mueca al tener que mover el brazo izquierdo. Casi pude sentir la marca en su hombro y los moratones en la espalda. Eran profundos, recientes.

La puerta se abrió. Había olvidado cerrarla con llave. Rebecca entró y se detuvo en seco, recorriendo la habitación con la mirada, observándonos. Me levanté. Indira se puso de pie y se secó los ojos.

Rebecca frunció los labios y fijó su mirada en mí.

—Tenemos que decírselo a la matrona. Ya es hora.

Con la mayor calma posible, respondí:

—No, no hace falta. Indira perderá su trabajo.

—Esto no es asunto tuyo —dijo Indira, mirándome a mí y luego a Rebecca—. Estoy bien.

Con esfuerzo, levantó los brazos despacio y se colocó la cofia. Luego, con un leve gesto de cabeza, salió de la habitación.

Empecé a seguirla cuando Rebecca me agarró del brazo.

—Lo que no entiendes, Sona, es que no debemos involucrarnos personalmente con los pacientes.

—Indira es una de nosotras. No es una paciente.

—Mírala, Sona. Sí que lo es.

¿Por qué le resultaba tan difícil a Rebecca ser simplemente una amiga? Pero en lugar de decir nada, me ajusté el delantal a la cintura y me dirigí hacia la puerta.

Rebecca añadió:

—Te das cuenta, ¿verdad? De que para nosotras, para ti y para mí, es más fácil hacer lo que propones que para Indira. Nosotras estamos protegidas. Podemos hacer cosas que una mujer india no puede.

Respiré hondo.

—Lo sé. Pero si no intentamos ayudar, ¿de qué sirve nuestro privilegio?

***

Esa misma noche, más tarde, vi al doctor Mishra y al doctor Holbrook conversando intensamente en el pasillo. El doctor Mishra decía:

—No es normal que tenga tanto dolor tres días después de un aborto espontáneo. Es normal que tenga molestias, sí, pero su dolor es mucho mayor de lo habitual.

El médico mayor frunció el ceño y negó.

—Todavía estás con esas tonterías indias, muchacho. Esos malditos hakims y yoguis. La medicina es lo que cura este tipo de problemas. Se lo digo también a la matrona. Es demasiado indulgente con las costumbres indias. Mira lo que le permite hacer a ese farmacéutico. ¡Reparte hierbas, por el amor de Dios, además de medicamentos occidentales! Escúchame, Mishra, la morfina la dejará como nueva en unos días.

—Doctor Holbrook, con todo respeto, necesito que entienda que practico la medicina moderna. Por si no lo recuerda, la junta del hospital me contrató en Inglaterra después de completar mi formación como internista. Aun así, sigo pensando…

—¿Enfadado con el Burra sahib, eh?

Antes de que el doctor Mishra, que había apretado la mandíbula, pudiera responder, Holbrook continuó:

—Mira, he pasado por esto mil veces. La madre tardará una semana en recuperarse y asunto arreglado.

—Doctor, ha perdido un embarazo de cuatro meses. Hubo una cantidad excesiva de tejido. ¿Y si no se extrajo todo?

El doctor Holbrook miró su reloj.

—Tengo que atender un parto en menos de una hora. Déjame explicártelo de forma sencilla. En un aborto espontáneo, el feto se desprende automáticamente del revestimiento uterino. Lo que está experimentando la señorita Novak no es más que estreñimiento. Algo normal después de tanta morfina. —Me vio en el pasillo y sonrió—. Ah, una de nuestras enfermeras modelo. «Modelo», siendo la palabra clave.

Movió las pobladas cejas blancas hacia mí justo cuando el doctor Mishra giraba el cuello para ver de quién hablaba. Al darse cuenta de que era yo, bajó la mirada hacia el suelo de terrazo. Parecía avergonzado por el comportamiento del cirujano.

—¡Ay, si fuera más joven! —dijo el doctor Holbrook mientras retrocedía por el pasillo—. Presta más atención a eso, Mishra. Déjame la cirugía a mí.

Se dio unos golpecitos en el costado de la nariz y se dio la vuelta hacia el área de quirófanos.

El doctor Mishra agachó la cabeza y se apoyó contra la pared. Sabía que estaba hablando de Mira, intentando salvarle la vida. Y también podía ver que no mejoraba. Los datos que anotaba en su historial lo demostraban. Su dolor era constante, al igual que su temperatura irregular, lo cual era extraño; debería haber vuelto a la normalidad después de la operación.

Hombres como Holbrook manoseaban a mujeres jóvenes como yo y se reían de ello. A menudo lanzaban insultos, velados o no, contra médicos y enfermeras indios. Debía de ser agotador para el doctor Mishra escuchar esos comentarios día tras día. En eso nos parecíamos. Insultos distintos con la misma capacidad de herir.

Tosí con suavidad para que supiera que seguía allí por si me necesitaba. El joven doctor —¿qué tendría, tres años más que yo?— levantó la cabeza y miró en mi dirección. Por un segundo, sus ojos grises parecieron atravesar la penumbra del pasillo. Se separó de la pared, dio unos pasos hacia mí y abrió la boca, como si quisiera decir algo. De pronto, se detuvo, con la mirada inquieta recorriendo el suelo. Luego, sin mirar atrás, se dio la vuelta y se marchó en dirección contraria.

Si hubiera dado un paso más, habría ido a su encuentro. Me sorprendió ese sentimiento.

***

Tiré los dados y examiné el tablero. El doctor Stoddard se removió incómodo.

—Maldito picor. Justo donde no puedo rascarme.

Hoy estaba irritable. No le darían el alta hasta dentro de varios días y empezaba a impacientarse. Al otro lado de la habitación, el señor Hassan roncaba. Le habían dado un somnífero después de su episodio de infarto.