CAPÍTULO 2 #3
Y también, por supuesto, el doctor Mishra. Solo pensar en que el doctor Stoddard lo llamara mi apuesto doctor hacía que se me calentara la cara. No se lo conté a mamá. Tampoco le conté cómo me había sentido cuando el doctor Mishra me tocó la mano. Sacaría conclusiones, y yo no quería alimentarlas.
Había sido una noche agotadora y, después de cenar, me tumbé enseguida para echar una siesta. Me acaricié la mejilla con la mano que el doctor Mishra había guiado sobre el vientre de Mira; qué fresco y seco había sido su tacto.
Dos horas después, cuando la luz del sol llenó la habitación, decidí ir en bicicleta a casa de Indira. Durante el turno le había preguntado a la matrona si había llamado.
Esta frunció el ceño, ya que estaba decepcionada con ella. Mi amiga no había enviado ninguna nota diciendo que estaba resfriada, que había tenido un accidente o que estaba en casa con un hijo enfermo, y la matrona se había quedado hasta tarde —como solía hacer y como se esperaba de ella— para cubrir su ausencia. Eso no era propio de Indira, ya que era responsable hasta el extremo.
Cuando llegué a su casa, tenía el cuello húmedo y la parte de atrás de las rodillas sudorosa por el esfuerzo de pedalear. Su familia vivía en un chawl construido para trabajadores de fábricas hacía más de cuarenta años. El paso del tiempo y el abandono habían ennegrecido la madera y erosionado los edificios de ladrillo. Esquivé a obreros agotados que dormían en la calle y avancé. Carteles de la película que Mohan me había invitado a ver, Duniya Na Mane, cubrían las paredes del paan-walla de al lado. Aquella no era la Bombay que conocían los ingleses.
Busqué el número del edificio de Indira. En la planta baja había una barbería. A un lado, una escalera que olía a orina y cúrcuma, intensificado por lo reducido del espacio.
Subí hasta el cuarto piso, tapándome la nariz con la mano. No pude evitar agradecer nuestra suerte —la de mamá y la mía— por haber encontrado una habitación barata —a la que llamábamos generosamente piso— en una casa sencilla de dos plantas junto a las vías del tren. A cualquier hora del día o de la noche escuchábamos el lamento de las locomotoras, el silbido, el resoplido, el chirrido. Con el tiempo nos habíamos acostumbrado al ruido, pero no al temblor del edificio cuando pasaban los trenes. Aun así, el único olor que soportábamos era el del humo del carbón, al que había aprendido a acostumbrarme.
Llamé a una puerta que en otro tiempo había sido verde. Debajo asomaba una capa azul y, donde ambas se habían desgastado, quedaba la madera al descubierto. Las paredes estaban manchadas por el escupir rojizo de quienes mascaban paan.
Un hombre de mejillas llenas y cicatrices de viruela en la nariz abrió la puerta, pero solo a medias. Una niña pequeña —de dos o tres años— se agarraba a su pierna. Me sonrió con timidez, tirando de su falda rosa. Pensé en Rajat y en su sonrisa desdentada, y sentí un nudo en el corazón. Qué maravilloso había sido sentir su pequeño cuerpo acurrucado junto al mío al dormir. Lo eché muchísimo de menos tras su muerte, pero por mi madre enterré ese dolor. Solo cuando veía a niños pequeños volvían los recuerdos —como buceadores saliendo a la superficie, jadeando—: su risa, que sonaba como un hipo, y cómo le gustaba jugar con mi pelo. Tragué saliva.
El marido de Indira llevaba una camiseta interior blanca —o lo había sido alguna vez— bajo una camisa de manga corta a cuadros y pantalones color caqui. Se ponía un reloj plateado, cuyos bordes dejaban ver eslabones de latón. Su ceño formaba dos surcos permanentes entre sus pobladas cejas. Me examinó de arriba abajo. Mi falda larga y mi blusa debieron delatar la parte angreji de mí. En aquel barrio, habría sido mejor llevar un sari como el de mi madre.
—Namaskar. Busco a Indira.
—Está enferma.
—Ah… No ha avisado al hospital. Estábamos preocupados.
—Demasiado enferma para avisar.
Sus ojos negros parecían taladrarme. Me temblaban las rodillas. Yo, que me enorgullecía de mi valentía, sentí miedo; el tipo de miedo que imaginaba que Indira sentía cada día. Miré a la niña. Se hurgó la nariz y entró en casa, aburrida de la extraña.
—¿Puedo verla? Necesito saber si vendrá a ayudarme con los pacientes más tarde.
Era una pequeña mentira, pero en el fondo intentaba ser verdad. Indira tenía asignado otro grupo de pacientes. Tenía las manos cerradas en puños y las uñas me marcaban la piel. En mis oídos sonaba una alarma aguda que sabía que nadie más podía escuchar, como los perros que perciben el peligro antes que los humanos.
—Está durmiendo. Y yo tengo que irme a trabajar.
Se deslizó a través del hueco que había dejado entre él y la puerta y la cerró tras de sí. Con llave. Extendió el brazo para indicarme que bajara primero por las escaleras, dejándome sin opción de hablar con mi amiga.
Cuando volví a mi bicicleta, que un anciano musulmán me había estado vigilando, me temblaba tanto el cuerpo que tuve que bajarme y caminar con ella hasta que logré serenarme lo suficiente para montarla de nuevo.