CAPÍTULO 2 #2
Me encontré con Rebecca en el pasillo y le pregunté si la había visto. La otra enfermera entrecerró los ojos y examinó mi uniforme. Bajé la vista hacia mi falda blanca y el delantal. ¿Me había manchado? ¿Me había rozado con sangre?
—Sabes, pasas demasiado tiempo charlando. Con Indira. Con los pacientes. Con el doctor Mishra. ¿No tienes suficiente trabajo? Podría darte algunos de los míos, si quieres.
En el colegio de monjas en Calcuta había conocido a otra chica como Rebecca, que, por razones que nunca entendí, decidió que no le caía bien. Se llamaba Charity. Hacía comentarios hirientes en voz alta sobre mi padre ausente, sobre mi beca en un colegio que mi madre no podía permitirse —las demás chicas provenían de familias acomodadas— y sobre mis zapatos desgastados —eran de segunda mano y, por mucho que los limpiara, seguían marcados—. ¿Qué tenía yo para que me odiara así? ¿Qué le había hecho yo a Charity para que me tratara de ese modo?
En casa, mi madre me sacaba la historia cuando dejaba la cena sin tocar. Yo pensaba que se enfadaría con Charity por mí, que diría lo injusta que era. En cambio, me acunaba y me decía: «Beti, necesitas valor para atravesar esta vida». Me masajeaba la cabeza con aceite de coco y me cantaba para calmar mis sentimientos heridos.
Pero ya no tenía diez años y no iba a correr a casa a llorarle a mi madre.
—Nada te impide hablar con tus pacientes, Rebecca. No lleva tanto tiempo, y estoy segura de que lo agradecerían.
Pasé a su lado para mirar en el almacén. No había rastro de Indira. No recordaba que me hubiera dicho que se tomaba el día libre.
Cuando salía del almacén, escuché al doctor Mishra gritar:
—¡Morfina!
Venía de la habitación del doctor Stoddard. Rebecca, que estaba en el pasillo más cercano, corrió hacia dentro.
—No, no, no… —susurré, rezando para que no fuera el viejo doctor.
Entré corriendo tras ella y encontré al doctor Stoddard incorporado en la cama, con el pelo revuelto, mirando a su alrededor sin entender qué pasaba. El doctor Mishra estaba con el otro paciente, el señor Hassan, al que le habían operado de apendicitis.
Rebecca rozó mi hombro al salir corriendo. El doctor Mishra levantó la vista al verme entrar.
—Es el corazón, enfermera Falstaff. Manténgalo estable. Háblele. La enfermera Trivedi ha ido a la farmacia a por morfina. Va a estar bien. Tengo que avisar al doctor Holbrook.
Holbrook era el cirujano de guardia. Dicho esto, salió de la habitación justo cuando Rebecca, jadeando, regresaba con la bandeja esmaltada con la jeringa cargada, algodón y solución antiséptica.
Agarré la mano del señor Hassan. Mi propio pecho ya se contraía al ritmo del suyo y me costaba respirar, pero me obligué a mantener la calma.
—Va a ponerse bien, señor Hassan —le dije con suavidad—. ¿Ha oído al doctor? La enfermera tiene la medicina. El doctor también está aquí.
No quería que pensara que el doctor Mishra lo había abandonado.
El señor Hassan era un hombre corpulento. Se agarraba el pecho con una mano, con la mandíbula apretada, los ojos cerrados con fuerza, moviendo la cabeza de un lado a otro.
Rebecca limpió con rapidez el pliegue de su brazo con antiséptico. Justo cuando iba a inyectar la morfina, el señor Hassan se retorció de dolor y golpeó su brazo. Rebecca casi perdió el control de la jeringa: estaba a punto de clavarse en el pulmón del paciente, lo que habría sido fatal.
Aparté el brazo de Rebecca de un empujón y sujeté al señor Hassan con el codo para impedir que se moviera y reabriera la cicatriz de la operación. Rebecca se quedó inmóvil, con la boca abierta, paralizada por lo que podría haber ocurrido.
—¡Rebecca! —la llamé.
Reaccionó, le inyectó la morfina en la vena del interior del codo y el paciente se calmó al instante.
Tanto Rebecca como yo respirábamos con dificultad, pero él empezaba a quedarse dormido.
Solté al paciente y respiré hondo. Me alisé el delantal, arrugado por el forcejeo. Rebecca limpiaba el lugar de la inyección. Su rostro estaba moteado de rojo.
—No hacía falta que hicieras eso —dijo, tensa.
Desconcertada, pregunté:
—¿Hacer qué?
—Empujarme así. Sabía lo que hacía.
Me quedé boquiabierta.
—Rebecca, una inyección en el pulmón podría haberlo matado —susurré.
—No estaba ni cerca de sus pulmones. —Agarró la bandeja con los nudillos blancos—. Cuando se lo diga a la matrona, seguro que se pondrá de tu lado, como siempre. ¡Tendrías que matar a alguien para que ella se pusiera en tu contra!
Pasó junto a la cama tan deprisa que sentí la ráfaga de aire al salir de la habitación.
Me quedé quieta, con el corazón acelerado. Nunca había tenido problemas en el Wadia con nadie salvo con Rebecca. Me gustaba nuestro equipo. A pesar de la falta de personal, trabajábamos bien juntas, en gran parte porque la matrona nos dirigía como a un batallón militar.
—Pues a mí me caes de maravilla.
Me giré y vi al doctor Stoddard sonriendo alegremente desde su cama. Me había olvidado de que estaba allí.
—Me has librado de los ronquidos esta noche. ¿Crees que dormirá hasta por la mañana?
Asentí, aún afectada por las palabras de Rebecca. Escuché voces en el pasillo, lo que me hizo reaccionar. Saqué el historial del señor Hassan del pie de la cama y anoté lo que Rebecca y yo habíamos administrado, la cantidad y quién lo había solicitado.
El doctor Mishra entró con el doctor Holbrook. El cirujano decía:
—Bueno, debería haberme consultado antes.
El doctor Mishra parpadeó.
—Estaba sufriendo un ataque al corazón. Teníamos que actuar con rapidez y fui a buscarle en cuanto vi lo que pasaba.
El otro doctor respondió con fingida paciencia:
—Donde usted se formó, quizá lo llamarían ataque al corazón. En la medicina inglesa podría haber sido asma, gases o una úlcera.
El doctor Mishra se quedó atónito.
—Me formé en la mejor facultad de medicina de Inglaterra, doctor Holbrook. El paciente presentaba síntomas de un ataque al corazón.
El doctor Holbrook no escuchaba. Examinó al paciente con el estetoscopio, le levantó los párpados e inspeccionó la zona de la operación de apéndice.
—Parece que ahora está bien.
—Porque actuamos a tiempo, señor.
—Sí, bueno, Mishra. Podría haber sido mucho peor para usted. Ha tenido suerte. —Le dio una palmada en el hombro y salió de la habitación.
El rostro del joven doctor se ensombreció, lleno de ira.
Sentí su frustración. El aire aristocrático del doctor Holbrook no dejaba espacio para que nadie más defendiera su postura. La matrona nos había dicho al personal de enfermería que Holbrook llevaba treinta años en la India y estaba acostumbrado a hacer las cosas a su manera, aunque no fuera la correcta.
El joven doctor se volvió hacia mí, posando la mirada en mi rostro, en mi brazo y en el paciente antes de decir:
—Gracias, enfermera Falstaff.
Le entregué el historial y firmó. Después se marchó.
El doctor Stoddard me hizo un gesto para que me acercara y susurró:
—Querida, ese roncador os debe la vida a ti y a tu apuesto doctor, muy a mi pesar.
Me guiñó un ojo con picardía.
El calor que me subía por el cuello significaba que pronto me pondría colorada.
—No es mi apuesto doctor. Es un doctor apuesto. No, es decir… No es que no sea apuesto. Oh, yo… —Me sentía torpe, algo que no era propio de mí. Me pasé las manos por el delantal.
—Veo que voy a tener que enseñarte a disimular cuando empecemos a jugar al gin rummy. —Sonrió, mostrando sus dientes torcidos.
***
Cuando llegué a casa, mi «parte» del día venía cargado: las historias de Mira sobre Paolo y Mozart, el ataque al corazón del señor Hassan y el arrebato de la señora Mehta.