CAPÍTULO 2
La noche siguiente, al empezar mi turno, mi primera tarea fue cambiar las sábanas de Mira. Entré en su habitación y encontré al doctor Mishra presionándole el abdomen. El rostro de Mira estaba contraído. Respiraba con dificultad.
Cuando el doctor me vio, dijo:
—Enfermera, ¿podría ayudarme un momento?
—Por supuesto.
Dejé las sábanas sobre la única silla de la habitación.
En cuanto Mira me vio, dijo:
—¡Sona! Por favor…
Extendió la mano para que se la cogiera. Parecía asustada. Tenía la frente brillante de sudor. Le tomé la mano.
—Aquí mismo —me indicó el doctor, colocando mi mano libre justo debajo del ombligo de Mira. Sorprendida de que me pidiera hacer algo que normalmente no hacían las enfermeras, y aún más de que tocara mi mano, presioné su vientre con suavidad.
Ella soltó un grito que me encogió el estómago. Procuré no hacer una mueca. El doctor me tendió su estetoscopio. Estaba tan cerca que podía oír su respiración y percibir el olor a lima de su loción de afeitar. Coloqué el fonendoscopio en la zona donde había estado mi mano, manteniendo una expresión neutra para no alarmar a Mira. Miré al doctor Mishra al devolverle el aparato e incliné ligeramente la cabeza.
«Sí, yo también lo oigo». Un burbujeo que indicaba inflamación. Él inspiró hondo.
—¿Qué es? —preguntó Mira, mirándonos fijamente.
El doctor Mishra sonrió con tranquilidad.
—Es probable que no sea nada. Cuando llegó, estaba en los primeros meses de embarazo, y su cuerpo sufrió un trauma importante con el aborto. El doctor Holbrook la atendió en quirófano. A veces queda una inflamación residual después, que podría ser la causa del dolor.
Noté que, cuando hablaba con los pacientes, perdía gran parte de su timidez.
Mira soltó el aire que contenía y asintió.
—Deberíamos examinarla con más detenimiento dentro de unas horas, cuando regrese el cirujano de guardia. —Le dio una palmada en el hombro—. Descanse ahora.
Anotó algo en su historial, me lanzó una mirada vaga en señal de agradecimiento y salió de la habitación.
—Respire hondo, señorita Novak. Voy a ponerla de lado.
Al hacerlo, soltó un grito. Las suturas, sin duda. El cirujano había reparado los daños externos, pero por dentro aún necesitaba sanar. Con cuidado, le levanté el camisón y retiré la ropa interior empapada de sangre y los paños menstruales húmedos, colocándolos en un recipiente bajo la cama, fuera de la vista. Cogí el alcohol y una pequeña toalla. Con delicadeza, la limpié, le cambié los paños y le puse un camisón limpio. La deslicé hacia el extremo opuesto de la cama para poder cambiar las sábanas del lado más cercano. Hizo una mueca y me agarró la mano para detenerme.
—Mi madre fue quien descubrió a Paolo en la Bienal de Venecia en 1924 —continuó, como si no hubiéramos interrumpido la conversación del día anterior—. Se enamoró perdidamente de él. Lo siguió hasta Florencia, arrastrándome con ella. Cuando por fin lo conocí, entendí lo que ella veía en él. Es hermoso. —Suspiró—. Aunque, para ser sinceros, mamá siempre se enamoraba. Es probable que sea por eso por lo que yo no puedo. Era tan desordenada en ese ámbito… Rabietas, desmayos, discusiones a gritos. Mi padre se mantenía apartado todo lo posible cuando ella estaba innamorata.
Retiré mi mano con suavidad y seguí haciendo la cama. ¿Una madre que tenía aventuras y no se las ocultaba a su marido? ¿Qué pensaría él de sus amoríos? ¿Tendría los suyos propios? Había escuchado hablar de matrimonios así entre estrellas de cine en Bombay y rumores de arreglos poco convencionales entre parejas ricas.
—Cuando era pequeña —prosiguió—, mi padre me hacía muchísimas fotos. Me disfrazaba. A mamá no le gustaba. Cuando empecé a pintar, le dijo que parara y tomó el control. Yo empezaba a destacar, ¿sabes? Empezó a exhibirme. Como un premio que hubiera ganado en una feria… Yo había deseado tanto su atención, pero… ¿Por qué tenía que pintar para que me viera?
Las lágrimas rodaban por sus sienes mientras la ayudaba a tumbarse bocarriba de nuevo. Se las sequé con un paño limpio. ¿Eran lágrimas de dolor o de recuerdo?
Mira sorbió.
—Mi padre, por supuesto, tiene sus propias pasiones. —Cambiaba de tema con la rapidez de un pájaro carpintero golpeando una palmera—. ¿Sabías que está construyendo una sinagoga aquí mismo, en Bombay? Hace falta recaudar mucho dinero. Se le da bien.
Fui al pequeño lavabo de la habitación a lavarme las manos y recordé lo que había leído sobre judíos como su padre que se habían asentado en Bombay. La India era un refugio para ellos, más seguro que para los propios indios colonizados que llevaban allí milenios.
Mira continuaba:
—Está muy ocupado con la planificación. Seguro que ni siquiera sabe que estoy en el hospital.
Levanté las cejas. Por muy ocupado que estuviera construyendo su sinagoga, ¿no podía encontrar tiempo para visitar a su única hija después de que hubiera perdido a su único nieto? Su ausencia parecía casi deliberada. Incluso cruel. Me recordó a mi padre.
Sentí la necesidad de tomar un poco de aire fresco. Abrí la ventana de la habitación y me incliné hacia fuera. La delicada fragancia del árbol de orquídeas junto a su ventana entró en la estancia, tímidamente al principio, y luego se instaló para durar toda la noche. Escuché los lamentos de los búhos, los pequeños animales nocturnos buscando alimento.
A mi espalda, Mira comentó:
—Es como música, ¿no crees? Música nocturna.
Hice ademán de cerrar la ventana, con prisa, pero ella me detuvo. Extendió la mano para que la tomara. A esas alturas, ya me estaba acostumbrando a ese gesto suyo.
—Eine Kleine Nachtmusik —dijo—. Una música de cortejo. Se supone que se interpreta por la noche. Me imagino a los animales siendo receptores de una serenata. Los ciervos en el bosque. Las polillas revoloteando alrededor de las luces. Los ratones de campo.
Había entrelazado sus dedos con los míos y balanceaba suavemente nuestras manos mientras tarareaba la pieza. Como los animales de la noche, sentí como si me estuviera cortejando. Empezó a hablar de su amiga de la infancia, Petra, en Praga.
—Fue la primera. Solo éramos colegialas probando cosas. Ella se enamoró. Me seguía a todas partes como una oveja. Para mí no fue así. Ya te dije que no puedo enamorarme. No creo que sea capaz.
Intenté disimularlo, pero una bola de ping-pong rebotaba dentro de mi pecho. ¿Había estado con otra chica? ¿Las mujeres tenían relaciones con otras mujeres?
Mira, que me observaba, se echó a reír y me dedicó una sonrisa irónica.
—Eres más Pip que Estella. Me gusta eso de ti.
Pensé en el ejemplar de Grandes esperanzas de la estantería de casa. Mira, por supuesto, era Estella. Como el más impresionable y casto Pip, me maravillaba de cómo podía hablar con tanta naturalidad de cosas que la mayoría sabíamos que debían mantenerse en privado. ¿No le importaba lo que pensaran los demás de ella o de su familia, como a mí me obsesionaba lo que pensaran del abandono de mi padre inglés? En eso yo era como la mayoría de los indios, consumida por el juicio ajeno, temerosa de sus consecuencias. Solo llevaba dos días conociendo a Mira y ya sabía más de su vida que de los cientos de pacientes a los que había atendido en años.
—Te enamorarás, Sona. Puedes estar segura.
Mira besó mi mano y la soltó. Suspiró, perdida en una música que solo ella escuchaba y en recuerdos que solo le pertenecían a ella.
¿Era una predicción? ¿O una exigencia? Junté las manos para retener un poco más el calor y el espíritu libre de Mira Novak.
***
Había revuelo en la habitación de la señora Mehta.
Buscaba a Indira, a quien no había visto en todo el día, cuando pasé por la puerta abierta. El señor Mehta estaba de pie a los pies de la cama, con las manos juntas delante de la chaqueta, en un gesto de súplica.
—Tienes que volver a casa, Rani. Bippi amenaza con marcharse. Me gusta su biryani. No quiero que se vaya.
El rostro de la señora Mehta se ensombreció; mala señal. Tenía la tensión alta.
—¿Te gusta más su biryani que el mío? ¿Eso es lo que me estás diciendo?
En silencio, entré en la habitación y le serví un vaso de agua de la jarra de la mesilla.
—¡No, Rani, no! —El señor Mehta decidió recurrir a mí—. Enfermera Sona, usted debe saber lo grave que es la situación. Sé que Rani confía en usted. Mi padre puede ser… exigente. Bippi no lo va a tolerar.
A su esposa se le dilataron las fosas nasales.
—Yo tampoco lo tolero, pero nunca me escuchas cuando lo digo. Bippi lo dice y vienes corriendo a por mí.
Su marido parecía a punto de echarse a llorar.
La ventana estaba entreabierta. La abrí un poco más y miré hacia la noche.
—¿Es un agapornis lo que oigo, señor Mehta? Usted es el experto en aves. ¿Qué le parece?
No distinguía un canto de otro, pero había oído a la señora Mehta hablar de sus agapornis.
Intrigado, el señor Mehta se acercó a la ventana. Se volvió hacia su esposa, emocionado.
—¡Rani, ven a escuchar! Suena igual que nuestros Dasya y Taara. —Luego se dirigió a mí—: Dasya es el azul. Taara es verde.
Ayudé a la señora Mehta a levantarse de la cama —aunque no lo necesitaba; le gustaba la atención—. Se colocó junto a su marido y apoyó la mano en su brazo.
—¿Les estás dando bien de comer? ¿O se lo dejas a esa perezosa de Bippi?
—¿Cómo puedes pensar que dejaría que alguien más los alimentara? Fueron el regalo que te hice.
La señora Mehta le dio una palmadita en el brazo y lo miró con tanto cariño que él puso su mano sobre la de ella.
—Se alegrarán de verte —dijo él.
Ella volvió a la cama.
—Mañana. Mañana volveré a casa. Sona, ya estoy lista para una de mis pastillas.
***
Entre atender a los pacientes y sus cenas, busqué a Indira. Quería ver cómo evolucionaban sus moratones y contarle lo de la propuesta de Mohan. Solíamos hablar al menos una vez durante el turno, a veces incluso cenábamos juntas, pero esa noche no nos habíamos cruzado.