Seis días en Bombay CAPÍTULO 1 #6
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CAPÍTULO 1 #6

—No quiero casarme con Mohan y punto. —Me levanté y empujé la silla contra la mesa—. Voy a prepararme para dormir.

Había tantas cosas que podría haber dicho. Que si ella no se conformó con alguien elegido por sus padres, ¿por qué iba a hacerlo yo? Que si ella no se habría conformado con alguien con grasa bajo las uñas, ¿por qué iba a hacerlo yo? Que si ella tuvo la libertad de elegir marido, ¿por qué no iba a tenerla yo? Era una buena mujer. No merecía mi enfado. Había amado a un hombre. Le había dado dos hijos, y él la había abandonado. Y punto.

Fui a por mi toalla y mi cepillo de dientes y entré en el retrete compartido del rellano, preguntándome: ¿soy más como mi madre o como mi padre? Y si odiaba a mi padre, ¿significaba eso que odiaba las partes de mí que eran de él?

Observé mi reflejo en el espejo. Mi pelo castaño seguía recogido como requería el trabajo. Me quité las horquillas y lo dejé caer. Entonces, por primera vez, me fijé en que el nacimiento del pelo dibujaba una línea recta sobre la frente en lugar de seguir la curva de las sienes. Un regalo de mi madre. La línea de mis cejas, inclinada hacia abajo, me daba un aire de tristeza constante… ¿O era decepción? ¿Resignación? ¿Había heredado esa expresión de mi padre? Probé a cambiarla, abriendo mucho los ojos, lo que levantó mis cejas, pero me hizo parecer un animal asustado. En mis ojos almendrados volví a ver a mi madre. ¿El color de mi piel estaba a medio camino entre el de mi padre y el de mi madre? Nunca pasaría por británica, pero por mi acento y mi piel clara quizá podría parecer parsi. Mis labios no eran ni finos ni carnosos. Esos debían ser de mi padre. Probé a sonreír. ¡Estaba torcida! ¿Cómo es que nadie me lo había dicho antes? Desde luego, no era la sonrisa de mi madre.

Después de lavarme los dientes y la cara, volví al piso. Besé la mejilla de mi madre, suave y cálida. Solo tenía cuarenta y un años, pero parecía mayor. Apoyé mi frente en la de ella.

—Habrá otros, mamá. Mohan no es el único.

Nunca había habido una propuesta, así que la posibilidad parecía lejana, pero agradecí que no lo mencionara.

Me pellizcó la mejilla, como cuando era pequeña y quería que me riera. Y lo hice.

Fuera, escuché el tintineo de botellas de leche. Ya eran las cinco de la mañana. Abrí la puerta y vi a Anish, nuestro doodh-walla, dejando dos botellas en el umbral.

—¿Todo bien, Anish?

—Hahn-ji. Hoy he hecho la leche especialmente sabrosa para usted. —Se rio. Anish era un chico alegre, de apenas veinte años, que había heredado el trabajo cuando murió su padre.

—¿Tu hermana ha encontrado trabajo ya?

Sin padre, su familia no podía reunir la dote necesaria para casarla bien. Anish me había contado que su hermana de catorce años, Anu, buscaba trabajo.

Su sonrisa se torció un poco.

—Bhagwan ha sido bueno con nosotros. Ha encontrado naukaree cerca de aquí.

—¿Accha? ¿Dónde?

Señaló con la barbilla hacia el sur. No me miró a los ojos cuando dijo que era en una haveli de mujeres.

—Somos siete en casa —añadió en voz baja.

Necesitaban el dinero. Lo entendía. Anu trabajaría en una casa de cortesanas. Había visto el kotha de camino al trabajo, cuando llevaban verduras y fruta a su cocina para el entretenimiento de la noche. Las cortesanas alimentaban bien a sus clientes y se decía que sus platos eran comparables a los del Café Leopold de Bombay, el favorito de británicos, parsis, musulmanes e hindúes, muchos de los cuales también eran habituales del kotha.

¿Qué podía decirle a Anish? Por un lado, su familia sería sin duda rechazada por sus parientes y vecinos por tener una hija que cantaba y bailaba para hombres. Por otro lado, las cortesanas dirigían un negocio próspero, lo que significaba que Anu podría mantener a su familia con un nivel de vida que jamás habrían imaginado. Podría llenar sus estómagos con ricos curris. Yo sabía que las cortesanas habían formado parte de la corte real antes de que el Raj británico comenzara a desmantelar el Imperio mogol. Ahora, las mujeres del kotha de Anu poseían fábricas, joyas, edificios. Sus hijos recibían educación privada dentro de la casa. Puede que las posibilidades de Anu de contraer un matrimonio concertado se vieran afectadas, pero tendría una independencia económica que quizá nunca habría tenido en una unión tradicional. No era quien para juzgar su decisión. Estaba haciendo lo mejor para su familia.

Le aseguré a Anish:

—Un día de estos pasaré a ver a Anu cuando vaya por allí, ¿de acuerdo?

Su rostro se iluminó con una sonrisa y el hoyuelo de su mejilla izquierda me saludó. Se giró y dejó la leche de Fatima en el rellano antes de bajar corriendo las escaleras.

Fatima abrió la puerta y le di los buenos días.

Respondió con una sonrisa.

—¿Qué tal el trabajo en el hospital? Trabajas hasta muy tarde.

Me reí.

—Es porque empiezo muy tarde. —Y añadí en voz baja—: Tú también estabas trabajando hasta tarde, ji.

Se echó a reír, encogiéndose de hombros con complicidad, antes de recoger las botellas y cerrar la puerta. Sería madre mucho antes de cumplir los veintitrés.