CAPÍTULO 1 #4
En el almacén, cambié mi uniforme por un jersey y una falda. El uniforme se quedaría en mi taquilla. Aun así, no lograba quitarme de la cabeza la pregunta de Mira. En Calcuta, todo el mundo conocía la historia de mi padre. Yo tenía solo tres años cuando se fue, pero había oído los susurros cuando acompañaba a mi madre a casa de sus clientas. Había venido de Gran Bretaña para trabajar con soldados indios —muchos de los cuales habían luchado por Inglaterra en la Primera Guerra Mundial— cuando conoció a mi madre.
Ella era costurera, y él necesitaba que le arreglara un desgarro en el uniforme.
Primero nací yo y luego mi hermano, y cuando yo tenía tres años, regresó a Inglaterra y no volvió jamás. No tenía muchos recuerdos de él. Mi madre no hablaba de él, y yo nunca preguntaba. Seis meses después de su marcha, nuestra familia quedó reducida a dos: mi madre y yo. Mi hermano murió antes de cumplir los dos años. ¿Por qué querría Mira que reviviera el dolor de su abandono? ¿Qué le importaba a ella lo que yo supiera o pensara de mi padre?
Estaba absorta en mis pensamientos cuando llegó mi relevo. Roopa era una de las indias recién incorporadas al sistema de enfermería inglés. Era alegre, siempre con una sonrisa. Le encantaba bromear y que bromearan con ella. Era la favorita de los médicos y celadores.
—¿Cómo está el viejo cascarrabias? —preguntó mientras se cambiaba—. ¿Sigue dando guerra?
Me reí.
—El doctor Stoddard está deseando que le alegres el día.
—¿Has ganado hoy?
—No exactamente. Pero voy ganando diez paise.
El viejo doctor y yo habíamos empezado a apostar, aunque fueran cantidades pequeñas, cuando jugábamos.
Me dio un golpecito con el delantal en el brazo.
—¡A ver si no te lo gastas todo en el mismo sitio!
Su risa la acompañó al salir del almacén.
Con el ánimo más ligero, bajé a la sala de equipos, al fondo del hospital, para coger mi bicicleta. La mayoría de las noches volvía andando con Indira hasta su barrio y luego pedaleaba el resto del camino hasta casa. A las cuatro de la mañana, los tranvías no eran una opción. A mi madre le preocupaba que volviera al amanecer, pero el turno de noche se pagaba mucho mejor que el de día. Y las calles estaban prácticamente desiertas a esas horas. Era tranquilo y apacible.
La sala de equipos tenía el suelo de cemento y las paredes pintadas de gris. Los olores químicos —tan distintos de los aromas medicinales de las plantas superiores— me resultaban extrañamente agradables. Más de una vez me había preguntado si me habría gustado trabajar con las manos, fabricar cosas en lugar de cuidar a personas. Pero mi madre había gastado cada rupia que ganaba en mi formación como enfermera, contando con mi sueldo para sostenernos a las dos. Cuando recibí mi certificado, le cogí la mano y apoyé mi frente contra la suya, nuestra señal privada de que todo iría bien. ¿Qué no haría yo por aliviar sus preocupaciones por el alquiler, por el cordero que insistía en prepararme porque estaba convencida de que me daría fuerzas —aunque ella no comía carne—, por los zapatos de enfermera que estaba obligada a llevar —¡y que eran la única parte del uniforme que no podía coser ella misma!—? Quería darle la vida que debería haber tenido, y no la que le había tocado. Y la enfermería era una forma de ahorrar para conseguirlo algún día.
Mohan trabajaba allí, limpiando el equipo, engrasando las ruedas de las camillas, manejando el horno y arreglando todo lo que se estropeaba. Esa noche estaba pintando una mesita de madera, de espaldas a mí. Lo observé un rato. Los trazos suaves y regulares de su brocha me tranquilizaban.
Caminé hacia la esquina donde se guardaban las bicicletas. Al oírme, levantó la vista, se incorporó y me dedicó una sonrisa ladeada. Había notado su mirada sobre mí cada vez que subía algún equipo o mueble a nuestra planta. Siempre buscaba la ocasión para saludarme y tratar de entablar conversación. Yo me mantenía a distancia; una mujer de veintitrés años sin marido —una rareza en sí misma— no necesitaba dar pie a rumores sobre encuentros que nunca habían tenido lugar.
Aun así, Mohan era amable. Me transmitía seguridad. Era un hombre alto, con el pelo espeso que le nacía bajo en la frente. Tenía la barbilla azulada, con la barba asomando ya —aunque probablemente se había afeitado antes de empezar el turno—. Su camisa estaba manchada de aceite, grasa y disolventes de pintura —el perfume de aquella sala.
Como yo, trabajaba por las tardes, seguramente porque se pagaba mejor. Siempre me había gustado la calma de la noche, el zumbido apenas perceptible de los pasillos sin visitas, sin interrupciones. Quizá a él también.
Mohan se limpió las manos manchadas de pintura en un trapo que había visto mucho uso. Me fijé en sus uñas, siempre perfiladas de grasa negra. Por mucho que se las lavara, el aceite se resistía a desaparecer. Aquellas uñas eran una de las razones por las que no podía imaginar a Mohan en mi cama. La imagen de sus cutículas ennegrecidas sobre mis caderas me provocó un escalofrío… y no en el sentido que él habría deseado.
Ya había sacado la bicicleta casi hasta la puerta cuando le oí aclararse la garganta.
—Mañana por la tarde ponen Duniya Na Mane en el Regal.
Su sonrisa era esperanzada.
Me ardió la cara de vergüenza. Ayer ya había notado que quería pedírmelo y me fui rápidamente, fingiendo no darme cuenta. Pero ahora, a pocos pasos de él, era imposible ignorar la petición implícita. Bajé la vista hacia el manillar. Aquella bicicleta se la había dado a mi madre una clienta en lugar de pagarle lo que le debía por un vestido. Mi madre merecía más que una bicicleta usada. Más que un piso de sesenta metros cuadrados tan cerca de la estación Victoria Terminus que los trenes hacían temblar las ventanas. Mohan no era la respuesta a lo que yo quería para mi madre. Y no quería darle esperanzas.
Deslicé las palmas sobre el acero liso del manillar.
—Mi madre y yo vamos al mercado mañana por la tarde. Necesita unas tijeras nuevas.
Le lancé una mirada rápida. Sus hombros se habían encorvado.
Bajó la vista al trapo que tenía en la mano.
—Claro. Lo entiendo. —Alzó la mirada con una sonrisa valiente—. Iremos otro día.
Asentí y saqué la bicicleta. Qué mal me sentía por decepcionarlo, siendo como era un buen hombre, un hombre honrado. Cuando se casara, sería el tipo de marido que haría cualquier cosa por su esposa, sus hijos y sus padres. Pero Mohan seguiría siendo un encargado de mantenimiento. No tenía ambición de ser otra cosa. Para él, ya había alcanzado la cima de su carrera: un puesto estable en un hospital respetado. Un trabajo que nadie podía quitarle. Yo quería una vida más grande. No sabía exactamente cómo sería ni cómo llegaría a ella, pero sí sabía que no sería enfermera toda la vida. No, no tenía futuro con Mohan.
Cuando salí, Indira ya me esperaba. Caminamos hacia su casa en silencio, pensativas.
El aire nocturno era apacible, libre del rumor constante de coches y tranvías, del golpeteo de los caballos y de los agudos pregones de los vendedores de fruta. Había cuarto creciente. Varias palomas arrullaban alrededor de un roti a medio comer. Pasamos junto a una sastrería donde dos hombres trabajaban a máquina, bajo una bombilla tenue, para satisfacer la insaciable demanda del ejército del Burra Sahib. La tienda de al lado también estaba abierta. Un hombre pesaba grano de un gran saco de yute en bolsas más pequeñas para venderlo.
—Ojalá pudiera ser como tú, Sona —comentó Indira. Caminaba con la misma gracia con la que mi madre llevaba el sari. Se cerró la chaqueta y se abrazó el cuerpo con sus brazos delgados. La madrugada era la parte más fresca del día, aunque cargada de humedad. Más tarde, la temperatura alcanzaría los treinta y dos grados a la sombra.
—¿Por qué dices eso?
No conocía a nadie que me envidiara. Ni las chicas de mi escuela pública en Calcuta. Ni mis compañeras del colegio de monjas donde obtuve una beca. Ni en la escuela de enfermería. ¿Quién querría cambiar su vida por la de una mestiza? ¿Quién desea escuchar insultos como chee-chee o blanquinegra? ¿Quién quiere que le tiren piedras de camino al trabajo? Yo desearía cambiarme por Indira. Ella vivía en un país que la aceptaba tal como era. Generaciones de su familia habían vivido en la India, habían rezado en templos hindúes. Tenía la piel del color de una almendra tostada y un cabello negro, muy negro, que brillaba a la luz. Tenía una familia larga como un mes y amplia como un año.
—Tu madre no te obligó a casarte a los diecisiete, Sona. Y aquí estás, con veintitrés, capaz de ir sola a cualquier sitio. Tus vecinos no cotillean sobre dónde has estado ni sobre lo que hacen tus hijos. Eres libre.
Bufé.
—Ni de lejos.
Mi madre llevaba años insinuando sobre el matrimonio. Hasta ahora, nadie me había interesado. Había un internista en Calcuta y un profesor que conocí por una compañera de enfermería que me resultaban atractivos, pero uno estaba prometido y el otro casado.
Indira preguntó:
—¿Por qué me ayudas con Balbir? Solo conseguirás meterte en problemas.
Me detuve a mirarla.
—¿Recuerdas mi primer día aquí, en el hospital? Me recibiste con una planta en una maceta pequeña. Dijiste que brotarían chiles y que, cuando los recogiera y los secara, debía ensartarlos con limas para traernos buena suerte en nuestro nuevo hogar. Aún tengo esa planta, Indira. Y a mi madre le encanta hacer cada año una nueva guirnalda para colgarla en la puerta. Mientras tanto, ¡se come los chiles crudos! —Le sacudí suavemente el hombro para arrancarle una sonrisa—. Aparte de ti, nadie parecía entender lo duro que fue para nosotras mudarnos tan lejos de nuestra casa en Calcuta. —Se me quebró la voz—. Tú hiciste que sintiera que Bombay podía ser nuestro hogar. Por eso, siempre te estaré agradecida.
Sonrió y me dio una palmada en el hombro.
Más adelante, un grupo de jóvenes hablaba con vehemencia bajo una farola débil. La Universidad de Bombay quedaba de camino a casa; los estudiantes se reunían allí a todas horas.