Seis días en Bombay CAPÍTULO 1 #3
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CAPÍTULO 1 #3

Me encogí. Rebecca aún tenía a sus dos padres. Su madre inglesa se había enamorado de su profesor indio de matemáticas en el internado y se había casado con él. Rebecca tenía dos hermanos de ese matrimonio —una familia de verdad— aquí mismo, en Bombay. Mi padre había abandonado a mi madre con dos hijos pequeños. Fue algo que le conté a Rebecca cuando empecé a trabajar en el Wadia. Entonces parecía lo bastante amable; incluso me regaló un ejemplar de Jane Eyre. Ahora parecía disfrutar recordándome que a mi madre la habían abandonado, y me arrepentía de haber sido tan indiscreta.

Noté que se me calentaba la cara mientras respondía:

—Tiene su costura.

Rebecca dio un paso más, lo suficiente para que viera las cicatrices de acné en sus mejillas.

—Costurera a domicilio —dijo, inclinando la cabeza con un gesto de falsa preocupación—. Pobrecilla.

Me puso una mano en el hombro con fingida simpatía. Me estremecí y di un paso atrás hasta que su brazo cayó.

—Tengo que pasar por la farmacia —me excusé, rodeándola para salir del almacén.

A mi espalda, oí la voz de Rebecca, engañosamente cálida:

—¿Te has vuelto a caer, Indira?

***

La farmacia del hospital era una pequeña habitación sin ventanas, con estanterías llenas de frascos de pastillas, hierbas y líquidos. La atendía un hombre bajo y sin sentido del humor llamado Horace. Se decía que había sido preparador ayurvédico mucho antes de que el título de farmacéutico se oficializara. Incluso sin ese título, la matrona confiaba en él, después de veinte años trabajando juntos. También confiaba en nosotras para registrar solo la medicación necesaria cuando él se iba a comer o terminaba su jornada. Las del turno de noche estábamos acostumbradas a anotar qué medicamentos retirábamos y para qué pacientes. Apunté en la tablilla colgada en la puerta: señora Mehta y señorita Novak.

Mi siguiente parada fue la habitación de la señora Mehta. Una mujer de cuarenta y cinco años; era una habitual del hospital. A veces se quejaba de dolor de espalda, otras de indigestión, otras de migrañas que requerían atención inmediata. Con el tiempo, había aprendido que tenía un suegro muy difícil, que vivía con la familia y encontraba defectos en todo: en lo que le servía para cenar, en cómo estaban planchadas sus camisas o en el chai, que siempre estaba demasiado frío. La única forma que tenía ella de encontrar alivio era pasar unos días en el hospital.

Su marido, un hombre dulce y bonachón que dirigía una fábrica de vasijas de barro, estaba entregado a su esposa, pero le tenía miedo a su padre, dueño de la fábrica. La familia Mehta era conocida en los círculos sociales, entre los que se encontraban muchos benefactores del hospital Wadia, así que la matrona hacía la vista gorda cada vez que su esposa ingresaba.

En cuanto entré en la habitación, la señora Mehta, que tenía el sueño ligero, se incorporó en la cama.

—No he pegado ojo. He estado preparando chai en sueños una y otra vez para que esté lo bastante caliente para su alteza.

Sonreí mientras colocaba almohadas detrás de su espalda.

—¿Por qué no dejas que lo haga Bippi?

Me había familiarizado con la familia durante sus frecuentes estancias y sabía bastante sobre su hogar: el nombre de su criada favorita, su comida preferida y su tristeza por no tener hijos.

Juntó las yemas de los dedos sobre la frente y luego las separó como si esparciera sal.

—Su alteza no acepta té de una sirvienta. Tengo que prepararlo con mis manos, por torpes que diga que son.

Ya lo había escuchado antes.

—A mí me parecen unas manos preciosas, señora.

Su expresión se iluminó. Me hizo un gesto para que me acercara y, como ya lo habíamos hecho otras veces, bajé la cabeza sin que me lo pidiera. Colocó sus manos sobre mi cabeza para bendecirme. No creía en dioses, ni indios ni cristianos, pero apreciaba el gesto por los buenos deseos que implicaba. Le devolví la sonrisa.

Había traído una pastilla en un pequeño recipiente, que le entregué junto con un vaso de agua. Se tomó la medicina como una paciente ejemplar. La matrona me había dicho que eran pastillas de azúcar.

La señora Mehta volvió hacia mí unos ojos llenos de expectación.

—He oído que tenemos a una paciente de fama mundial de visita. —Eso me hizo reír. La señora Mehta consideraba las estancias en el hospital como si fueran vacaciones, que en su caso lo eran—. Sé que es mujer. Y en la India solo hay una pintora famosa que todo el mundo conoce. —Me miró buscando confirmación y me mordí los labios para no sonreír—. Así que debe de ser Mira Novak, ¿no?

—Ya sabe que ni confirmo ni desmiento.

Asintió con aire sentencioso.

—«Un chowkidar corrupto puede arruinar un pueblo».

Por muy preocupada que estuviera por su situación en casa, la señora Mehta tenía todas las comodidades que yo deseaba para mi madre. Una casa grande. Un marido cariñoso. Un hogar lleno de sirvientes. Suficientes saris como para llenar cinco armarios.

Incluso con sus escasos recursos, mi madre me había dado mucho teniendo tan poco. ¿Sería yo capaz algún día de darle a mi madre una vida como la de la señora Mehta?

Negué. Mis sueños eran telarañas hiladas con oro. Eso es lo que habría dicho mi madre.

***

Me detuve en la habitación del doctor Stoddard el tiempo justo para decirle que continuaríamos la partida al día siguiente, pero él señaló el tablero. Había movido todas sus fichas a un lado. Adopté mi expresión más altiva y articulé en silencio:

—Gilipollas.

Se echó a reír.

—El doctor Mishra jugó tu parte por ti.

El doctor Mishra apareció desde detrás de la puerta, con una carpeta en la mano. Debía haber estado anotando en la historia clínica del señor Hassan. Me sorprendió ver al caballero musulmán, ahora despierto, absorto en Chokher Bali, una novela de Tagore que yo había leído en Calcuta.

—Estaba echándole un vistazo al señor Hassan y, de alguna manera, acabé metido en la partida —indicó el doctor Mishra, con la mirada desviándose hacia mi cofia, luego a mis zapatos y después al tablero de backgammon sobre la mesa de Stoddard.

«¿Era yo la única que lo ponía nervioso o era así con todas las enfermeras?».

Era nuestro médico de planta, joven y soltero. Lo habían traído de Inglaterra el año anterior. Había oído que podría haber seguido ejerciendo allí, pero decidió regresar a la India. Las enfermeras, tanto las religiosas como las formadas médicamente, como yo, sentían debilidad por él.

—Buen jugador, Stoddard. Me ha ganado sin dificultad —dijo el doctor Mishra. El hoyuelo de su barbilla se marcó al sonreír—. Estoy bastante seguro de que hizo trampas —añadió en un susurro fingido. Sus dos dientes delanteros, ligeramente montados, le daban un aire humilde.

Alcé una ceja.

—Eso es lo que opina la mayoría.

El doctor Mishra se rio, sacudiendo sus rizos oscuros.

—«No podemos cambiar la dirección del viento, solo ajustar las velas», enfermera Falstaff.

No sabía que conociera mi nombre. El cirujano de guardia y el residente nos llamaban a todas simplemente «enfermera», como si fuéramos intercambiables.

—Fuera, fuera, los dos —indicó Stoddard, agitando las manos como si le molestara nuestra charla. Pero sonreía.

El doctor Mishra se giró para despedirse del señor Hassan, que levantó el libro a modo de saludo. Luego señaló con la barbilla la pierna de Stoddard.

—Está cicatrizando bien. Podremos quitar la escayola en una semana.

Stoddard se frotó las manos y me miró con una sonrisa traviesa.

—¡Magnífico! Parece que tendrás tiempo de perfeccionar tu juego de backgammon.

—Y usted el suyo —repliqué con una sonrisa.

—Será mejor que continúe con la ronda —dijo el doctor Mishra, acercándose a mí mientras miraba mi cofia.

Yo seguía en la puerta e intentó rodearme, sonriendo con timidez al suelo de terrazo. Me aparté a un lado, solo para estorbarle de nuevo. Debíamos parecer dos bailarines torpes. Percibí un ligero aroma a cardamomo y lima en su bata cuando por fin logró pasar.

—Ah, buenas noches, enfermera Trivedi —le oí decir ya en el pasillo. El apellido de Rebecca. Así que no era el único nombre que conocía. Por alguna razón, eso me hizo sentir menos especial.

Mi turno empezaba a las seis de la tarde y terminaba a las cuatro de la madrugada. Antes de irme, pasé por la habitación de la señorita Novak para administrarle la morfina que le correspondía. Se despertó al oírme moverme.

—Voy a ponerle el resto de la dosis antes de marcharme.

Froté el lugar de la inyección con algodón y antiséptico. Ella se aferró a mi antebrazo y cerró los ojos.

—Háblame de tu padre. He estado pensando en el mío.

Durante un instante me quedé sin palabras. Nunca un paciente me había hecho una pregunta tan personal, y yo nunca había hablado de mi padre con nadie, salvo con Rebecca, cuando compartíamos un plato del pudding de pan y mantequilla de mi madre. Dejé la jeringa en la bandeja esmaltada y apliqué antiséptico donde había inyectado el medicamento.

Mira esperaba pacientemente.

—¿Por qué, señorita? —murmuré al fin.

Abrió los ojos.

—¿Es tan detestable?

No dije nada.

—¿Te hizo daño?

Apreté la mandíbula.

—Ya veo.

Nos miramos. «¿Quién apartaría la vista primero?», me pregunté. Que a ella le resultara fácil hablar de aspectos íntimos de su vida no significaba que pudiera esperar lo mismo de mí. Y no me gustaba que me obligaran a revelar cosas de mi familia de las que ni siquiera mi madre y yo hablábamos.

Me acerqué a los pies de la cama y anoté la medicación en su historial.

—¿Necesita algo más, señora?

Negó con la cabeza y volvió a cerrar los ojos.

—Esto no ha terminado, enfermera Falstaff.

Su respiración ya era regular.

—Entonces la veré mañana por la tarde, señorita Novak.

***