Seis días en Bombay CAPÍTULO 1 #2
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CAPÍTULO 1 #2

Volvió al periódico. En la portada había más noticias sobre el desastre del Hindenburg. Seguían encontrando víctimas en Lakehurst, Nueva Jersey, un lugar tan lejano y exótico para mí que no podía imaginar visitarlo jamás.

—Aquí dice que Inglaterra ha puesto en marcha un servicio de emergencias 999. —Golpeó el papel—. Si en la India hubiera uno, lo habría usado cuando me caí como una maldita ficha de dominó, en lugar de esperar a que Ramu regresara de las tiendas. —Dobló el periódico y lo dejó a un lado—. ¿Le apetece una partida? —preguntó con esperanza.

Dudé. Íbamos escasos de personal y tenía muchos pacientes que atender, pero habían pasado tres horas desde mi último descanso y me vendría bien un respiro. Además, el buen humor del doctor Stoddard era irresistible. Era un insomne que siempre lograba convencerme para jugar al backgammon cuando tenía un rato. A petición suya, su sobrino Timothy había traído un tablero de casa, que ahora el doctor guardaba en la mesilla.

Le pregunté si no despertaríamos al señor Hassan, en la otra cama. Alzó las cejas y observó con sequedad:

—Ni el desastre del Hindenburg despertaría a ese hombre.

La primera vez que el doctor Stoddard me preguntó si sabía jugar, dije que sí. En el colegio, en Calcuta, una chica había intentado enseñarme. Pero el timbre de la siguiente clase siempre sonaba antes de que pudiéramos terminar una partida. Ella jugaba rápido; a mí me costaba mucho seguirle el ritmo.

—Estupendo —había dicho, con una sonrisa astuta.

En nuestra primera partida, me di cuenta de que movía su ficha seis casillas en lugar de las cinco que indicaban los dados. Le dejé hacerlo. Al fin y al cabo, yo estaba allí para ayudarle a pasar el rato, y no para desafiarle. Después de la quinta vez que hizo un movimiento rápido, levantó las manos.

—¡Maldita sea, mujer! ¿Por qué me deja hacer trampas?

Demasiado sorprendida para hablar, me quedé mirándolo.

Se quitó las gafas para limpiarlas con el borde inferior de la chaqueta del pijama.

—Hago trampas. No puedo evitarlo. Necesito que alguien me diga que soy un gilipollas.

Me quedé horrorizada.

—No creo que pueda llamarle eso, doctor.

—¿Y quién lo dice?

—Bueno… La matrona nunca…

Se inclinó sobre el tablero y se empujó las gafas más arriba en la nariz, de modo que sus ojos quedaron agrandados.

—Ella no está aquí, ¿verdad? A menos que esté escondida detrás de la puerta.

Automáticamente, me giré para mirar la puerta de su habitación. Cuando volví a darme la vuelta, había movido todas sus fichas en su lado del tablero, ganando la partida.

Me dedicó una sonrisa encantadora.

—Vaya mala suerte para usted. ¿Otra partida?

Aquella noche, mientras colocaba el tablero, giré la muñeca para mirar el reloj. A la señora Mehta le tocaba su pastilla en media hora.

—Concéntrese, enfermera. Concéntrese —dijo el doctor.

Últimamente, las partidas eran más rápidas. Desde que empecé a señalarle las libertades que se tomaba con las fichas, había dejado de hacer trampas. Observaba el tablero con más atención y planeaba mis movimientos. Ralph Stoddard había sacado mi lado competitivo.

Diez minutos después de empezar la partida, oí mi nombre. Miré por encima del hombro y vi a mi amiga Indira, con una pila de sábanas dobladas que le cubría media cara. Trabajaba en el mismo turno que yo y a menudo volvíamos juntas a casa, pero no la había visto desde que entré a las seis de la tarde.

Me excusé y advertí al doctor:

—No mueva esas fichas mientras estoy fuera. Tengo ojos en la nuca.

—Lo juro por mi vida —dijo—, como buen cristiano.

Las dos sabíamos que mentía; era ateo.

***

Seguí a Indira por el pasillo. Quizá necesitaba ayuda para cambiar una cama. Pero abrió la puerta del almacén y me indicó:

—Cierra con llave.

Confundida, hice lo que me pedía.

Entonces se volvió y bajó la pila de sábanas que le ocultaba la cara. Tenía un corte en el labio superior y un moratón en la mejilla.

—Ay, Indira…

Corrí hacia ella y le quité las sábanas, dejándolas sobre el banco en el centro de la sala.

—Déjame ver. —Con cuidado, le toqué la mejilla, donde empezaba a formarse una mancha roja—. Siéntate —ordené.

Como una niña, obedeció y rompió a llorar.

El almacén tenía una pared de estanterías donde se apilaban sábanas, toallas y fundas de almohada. Al fondo había un armario de primeros auxilios. Las taquillas de las enfermeras estaban en la pared opuesta —los médicos tenían su propio vestuario—. Me encantaba el olor limpio de aquella habitación: lavanda, lino, agua de rosas y un leve toque de antiséptico.

Me apresuré hacia el armario de primeros auxilios y saqué la solución de hipoclorito, pomada antiséptica y gasas. De vuelta en el banco, encontré a Indira intentando secarse las lágrimas con cuidado, haciendo una mueca cuando su mano rozaba el moratón.

Mientras limpiaba la sangre en su labio, pregunté:

—¿Balbir?

Asintió.

Apreté los dientes. No era la primera vez que su marido le levantaba la mano.

—El pómulo no está fracturado. Algo es algo.

Sequé el corte con una gasa, lo limpié con antiséptico y apliqué un poco de pomada.

—¿Ha sido lo mismo de siempre?

—Ajá. —Bajó la voz unos tonos, imitando a su marido—: «¡Tres niñas y ningún hijo! ¿Qué te pasa?». —Volvió a su voz normal—. ¡Como si yo pudiera hacer algo!

Ahora lloraba de verdad, sin molestarse en secarse las lágrimas.

—Vas a arruinar mi buen trabajo, lo sabes —indiqué con suavidad.

Me agaché frente a ella y le tomé las manos.

Intentó sonreír, pero el corte en el labio se lo impidió.

—Sé lo que vas a decir, Sona.

—¿Ah, sí? ¿Y qué es? —la solté y arranqué con los dientes una tira de gasa, que usé para acolchar la hinchazón bajo sus ojos.

—Que tener un hijo varón está fuera de mi control. ¡Soy enfermera, Sona! Lo sé. Pero él no lo cree. Quieres que lo deje. Nunca lo has dicho, pero lo sé. Y si lo dejo, ¿adónde voy a ir? Sus padres me echarían de casa y se quedarían con las niñas. —Sonrió—. ¿Te imaginas cómo sería su vida? No puedo permitirlo.

Suspiré. Al parecer, aparte de curarle las heridas, no podía hacer nada más por ella. Siglos de tradición habían convertido a hijas, esposas y madres en prescindibles. O hacían lo que sus hombres y sus familias políticas querían, o pagaban un precio insoportable. Decir que mi madre había tenido suerte por no haber conocido nunca a sus suegros ingleses era ridículo. Ella también había sufrido. Cuando se juntó con mi padre, su familia la apartó de su vida con la misma facilidad con la que se corta un hilo suelto de un sari.

En mi taquilla guardaba un estuche de maquillaje. Mi madre usaba madera de cedro, semillas de sésamo y raíz de costus para preparar un polvo facial que aclaraba el tono de su piel. Siempre había estado orgullosa de mi piel clara, que los indios valoraban por su capacidad para atraer buenos pretendientes, pero aun así quería que usara aquel polvo. También confiaba plenamente en Afghan Snow, una crema de belleza avalada por el rey de Afganistán. Yo me negaba a usar cualquiera de los dos, pero para complacerla aceptaba sus regalos y los guardaba en mi taquilla del trabajo. Ahora espolvoreé ligeramente la mejilla de Indira y la parte superior de su labio con el polvo facial.

Esta me observó.

—Balbir no siempre ha sido así. Hasta que nació nuestra segunda hija, me traía un laddoo del vendedor de la calle o un sari que había visto en el bazar. Entonces le quería. Eso fue antes de que empezara a ir a Mahalaxmi.

Con la presión de tener tantas hijas y las dotes que tendría que pagar por sus bodas, el marido de Indira había empezado a probar suerte en el hipódromo. Hasta ahora, había perdido siempre.

Puse mi mano sobre la de ella. Tenía recuerdos felices de su marido, y eso era bueno. Pero esos recuerdos palidecían frente a lo que él se había convertido.

Unos golpes en la puerta nos sobresaltaron. Indira y yo nos pusimos en pie. La miré con gesto interrogante y ella asintió, alisándose el delantal de enfermera. Desbloqueé y abrí la puerta.

Era Rebecca, la otra enfermera medio inglesa que trabajaba en el Wadia. Entrecerró los ojos al vernos.

—¿No tenéis trabajo que hacer? Me miró primero a mí y luego a Indira, que se encontraba detrás. La cubrí para evitar su escrutinio.

Le dediqué mi sonrisa más cordial.

—¿Cómo estás, Rebecca? ¿Tus padres siguen bien?

Cuando llegué al Wadia, había supuesto que, al compartir origen, acabaríamos siendo amigas. Al final, fue Indira con quien estreché lazos. Me preguntaba si era porque la matrona me asignaba a mí los pacientes que requerían un trato más delicado, aunque Rebecca llevaba más tiempo en el hospital. Y quizá los rumores —que tal vez influyeron en la matrona— eran ciertos. Se decía que Rebecca había tenido un romance con uno de los médicos casados, que posteriormente fue trasladado a otra ciudad. Yo había sido objeto de rumores durante demasiado tiempo —«el padre de Sona era un fugitivo al que tuvieron que devolver a Inglaterra; robó al ejército antes de marcharse; drogó a su madre para acostarse con ella»—, como para no saber que te desgastan por dentro, como una herida invisible. No tenía ningún deseo de defender a mi padre, pero tampoco quería que Rebecca pensara que yo era de las que difunden chismes. A veces le llevaba trozos de bizcocho de mantequilla y tofe que hacía mi madre o una peonía rosa de nuestro jardín, intentando ablandarla, acercarla a una amistad. Hasta ahora, no había funcionado.

Rebecca adoptó una sonrisa extraña, llena de dientes y vacía de emoción.

—Todos bien, gracias. Mi hermana está embarazada otra vez. ¿Y tu madre, Sona? ¿Cómo está? No se siente demasiado sola, espero.