Seis días en Bombay CAPÍTULO 1
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Seis días en Bombay

Seis días en Bombay

Por Alka Joshi

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CAPÍTULO 1

Mira se estremeció cuando una punzada de dolor le atravesó el cuerpo. Apoyé la palma de la mano en su frente. Le ardía la piel, como un jalebi recién sacado de una olla de aceite hirviendo. Cogí una toalla de algodón de una pila junto a su cama, la mojé en el vaso de agua y se la presioné contra la frente. Su ceño se relajó. Dejó escapar un suspiro.

—¿Y el bebé? —se interesó, arrastrando las palabras.

Moví la boca para contárselo, pero lo pensé mejor.

—Voy a llamar al médico, señora.

Abrió los ojos de golpe, como si hubiera adivinado lo que iba a decir.

—¡Oh, no! —Se le llenaron de lágrimas—. Tenemos que avisar a Paolo.

Parpadeé. Según su historial, su marido se llamaba Filip. ¿Sería la morfina?

—¿Paolo? —pregunté con cautela.

—Mi amado. Me enseñó a pintar retratos. Hasta que lo conocí, solo pintaba paisajes. Después, fue como si las personas fueran lo único que podía pintar —hablaba sin aliento, como si tratara de atrapar las palabras antes de que se desvanecieran—. Y ahora Whitney lo tiene copiando a los maestros, lo cual es una pena. ¡Qué desperdicio de talento! A la gente le gusta colgar falsificaciones en las paredes, con la esperanza de que sus invitados no noten la diferencia. La mayoría no la notaría. —Me apretó la mano—. Haré que Filip traiga mis cuadros. —Hizo una mueca—. Aunque, claro, solo me quedan cuatro.

Su inglés estaba teñido de algo distinto al habla del Burra Sahib o al tono cantarín con el que hablábamos los angloindios. Era más suave, con los sonidos duros amortiguados.

Gimió, pero esta vez más fuerte, apretándome la mano con tanta fuerza que dolía. La morfina dejaba de hacer efecto. Miré el reloj de la pared. Faltaban dos horas para la siguiente dosis.

Retiré con suavidad mi mano de la de ella, le quité la compresa de la frente, ahora templada por su piel, y la sumergí en el vaso de agua. Cuando se la volví a colocar, pareció relajarse un poco.

—Tienes una sonrisa preciosa.

Un rubor me subió al rostro. Una vez, una de mis profesoras de tercer curso me dijo lo mismo delante de mi madre. Esta escupió al suelo para ahuyentar a los malos espíritus que desaprobaban la vanidad. Desde entonces, siempre me han inquietado los cumplidos, temiendo que pudieran hacer que mi madre se arrodillara a rezar a Krishna por mi seguridad.

—Háblame. Por favor —suplicó la pintora mientras volvía a tomarme la mano, queriendo que acompañara su dolor.

Miré nuestras manos unidas, un estudio de contrastes: la suya, pálida, con venas azuladas, uñas mordidas hasta la raíz, restos de pintura incrustados en los remolinos de las huellas dactilares; y la mía, color arena, limpia a conciencia, ligeramente agrietada en las yemas. El calor de su piel, un poco húmeda por la fiebre, resultaba extrañamente reconfortante, como el tacto de mi madre. Mira Novak parecía anhelar la intimidad con la misma intensidad con la que la mayoría de los pacientes la evitaban; ellos solo querían recuperar su cuerpo —ese que nosotras pinchábamos y explorábamos— lo antes posible, sacudiéndose el recuerdo de su convalecencia.

***

Habían traído a la señorita Novak al hospital Wadia hacia las once de la noche. Tenía fiebre y estaba agitada, sujetándose el vientre con los brazos. La parte trasera de su falda estaba empapada de sangre. Su marido, un hombre pálido y de hombros anchos, dijo que llevaba varios días quejándose de dolor.

El marido no se quedó. Se marchó poco después de traerla.

Cuando el doctor Holbrook, el cirujano de guardia, terminó de atenderla —había necesitado unos puntos y bastante morfina—, la matrona me asignó su cuidado. No era algo inusual. A los pacientes extranjeros nos los encargaban a Rebecca o a mí; Rebecca era la otra enfermera angloindia del turno de noche, porque hablábamos inglés con fluidez. Durante el día, la matrona asignaría a otra enfermera eurasiática o se ocuparía ella misma de la paciente.

—Puede que se quede aquí por un tiempo —susurró la matrona, lanzándome una mirada significativa.

Somos un hospital pequeño, y a la paciente le habían dado una habitación privada. No se me escapó que podrían haberla llevado a un hospital más grande, de los preferidos por los británicos, pero, al parecer, había necesidad de discreción. Aun así, los rumores rebotaban por los pasillos.

«No se trata de un simple aborto espontáneo. Ha intentado provocárselo ella misma. Lo ha hecho su marido. Ha intentado quitarse la vida».

No presté atención. Bastaba con saber que una mujer necesitaba nuestra ayuda; nuestro trabajo era curarla.

Incluso antes de leer su historial, supe quién era. Mira Novak. La pintora. Famosa, incluso aquí, en Bombay. Había visto su foto y leído sobre ella en el Bombay Chronicle. El artículo decía que había estudiado pintura en la Accademia di Belle Arti de Florencia, en Italia, cuando solo tenía quince años; la estudiante más joven jamás admitida. Su madre hindú, una mujer de alta casta, había acompañado a su hija desde su casa en Praga hasta Florencia y, finalmente, a París, para cultivar el talento de Mira. Hasta los veinte años, Mira no había puesto un pie en la India. Pero cuando miré las imágenes de sus cuadros en el artículo, no vi París ni Florencia ni ninguno de esos lugares lejanos con los que soñaba viajar algún día. Vi a mujeres de aldea con saris, con la piel mucho más oscura que la mía o la de Mira. En sus pinturas, las mujeres se sentaban en silencio, con gravedad, mientras se aplicaban henna en las manos, cuidaban ovejas en las colinas o pegaban estiércol de vaca en las paredes de sus casas.

«¿Por qué una joven privilegiada estaba obsesionada con lo cotidiano, con los pobres?», me pregunté.

Tenía seis años más que yo —veintinueve, según la fecha de su historial—. A mis ojos, era hermosa. Piel lisa, sin imperfecciones. Una línea de cejas que se inclinaba hacia unos pómulos hundidos. Aunque tenía los ojos cerrados, pude ver que eran grandes, quizá un poco saltones, pero de una forma que, en su rostro, resultaría atractiva: lo dominaban, exigían la mirada del observador. Su nariz, rematada en una punta ligeramente respingona, le daba un aire imperioso. Debía venirle de su linaje real. No era bella. Mi madre habría dicho que era llamativa, que su rostro tenía carácter.

***

En ese momento parpadeó, antes de abrir los ojos por completo, mirándome con curiosidad, como si no hubiéramos hablado unos minutos antes. Tenía las pupilas contraídas y parecía desorientada.

—¿Señora Novak? —Esperé un atisbo de reconocimiento—. Está en el hospital Wadia, señora. En Bombay. La trajeron hace varias horas —hablé en voz baja, en inglés, con acento hindi.

Frunció el ceño. Miró su torso y luego volvió a mirarme.

—No es señora —dijo—, señorita Novak.

—Disculpe, señorita.

No lo entendía del todo, pero no lo dejé ver. ¿Cómo podía una mujer estar casada y seguir usando su apellido de soltera? Aun así, no era mi trabajo cuestionarlo y, después de lo ocurrido en Calcuta, era prudente con lo que decía. Allí no era la única enfermera a la que los pacientes varones le pellizcaban el pecho o las nalgas, pero sí la única que se había quejado —a menudo y en voz alta—, lo que le provocó jaquecas a la matrona del hospital católico y le dio una excusa para desterrarme de su vista. Era una alborotadora, decía. ¿Por qué no me había callado como las demás?

Pero ya no estaba en Calcuta. Estaba en Bombay. Y le había prometido a mi madre que aquí las cosas serían distintas.

—¿Cómo se encuentra, señorita?

Cerró los ojos y soltó una leve risa.

—He estado mejor, enfermera… —Dejó la frase en el aire, esperando que completara el vacío.

—Falstaff, señorita.

—¿Y su nombre?

Una calidez parecida a la miel se extendió por mis extremidades. La mayoría de los pacientes no se molestaban en usar nada más que «enfermera» o «hermana».

—Sona —respondí con timidez.

Abrió los ojos.

—¿Sona? Como… —Señaló los pequeños aros de oro de mis lóbulos.

Sonreí.

—Sí, señorita. Significa oro.

Podría haberle contado que mi madre me perforó las orejas al tercer mes de nacer. Era auspicioso, le había dicho el pundit. Me llevó a un orfebre —una opción más segura que el sastre—. El joyero pasó un fino cordón negro por los agujeros con una aguja de oro y le dijo que me llevara de vuelta en dos semanas. Si hubiera podido hablar entonces, le habría dicho a mi madre que no merecía la pena el gasto. Los diminutos aros de oro que me puso cuando regresamos le costaron dos meses de sueldo.

Pero no le conté nada de eso a la nueva paciente. No hablaba de mi vida con nadie salvo con Indira. Y aun con ella, solo revelaba pequeñas cosas, poco a poco, como Gandhi hilaba en su charkha, añadiendo solo el algodón necesario al huso.

Mira gritó, y esta vez con más fuerza. Mi cuerpo se tensó en respuesta. No pasaría nada por darle una dosis menor, ¿verdad? En cuanto lo hice, los ojos de Mira se cerraron. Observé a la pintora hasta que su respiración se volvió regular. Luego salí de la habitación para atender a mis otros pacientes.

***

Encontré a Ralph Stoddard, en su pijama de algodón a rayas, leyendo el periódico a la luz de su lámpara de mesilla. Se había roto la pierna izquierda al resbalar en el suelo de su bungalow. Su criado lo había estado puliendo, pero el doctor Stoddard no se había dado cuenta. Estaba hojeando el correo mientras caminaba hacia su despacho. Médico jubilado, tenía ochenta años, si llegaba. A su edad, era fácil romperse algún hueso.

—Son las tres de la madrugada, doctor —le reprendí.

Bajó una esquina del periódico y me miró a través de las gruesas lentes de sus gafas, que le daban aspecto de búho.

—Me he roto la pierna, enfermera. No la capacidad de saber la hora. —Una sonrisa le jugó en los labios, tan finos que casi se plegaban hacia dentro—. Además, con ese ruido… —Señaló con la barbilla a su compañero de habitación, el señor Hassan—, ¿quién puede pegar ojo?