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La cola ocupaba media calle: gente de los dos teatros, caballeros, mendigos que esperaban los chelines que Caleb repartía en la puerta y lacayos de Danby con librea azul y plata. Gideon intentó abrirse paso, y un alguacil lo frenó.
—Es conocido de la casa —dijo Caleb—. Dejadlo pasar.
En la cocina, Martha lloraba con un mantón negro rodeada de vecinas. Al ver a Gideon se secó la cara.
—Os nombra en el testamento, señor Vale. Mil guineas. Por un gran favor, dice.
Mercy había muerto de unas fiebres. Así constaba en los papeles.
Nadie buscaba a ningún envenenador, y Gideon tenía una explicación con la que podría vivir.
Subió a la habitación. Habían cerrado los postigos y cubierto las paredes con paños negros ribeteados de oro.
Ardían cirios a ambos lados del cuerpo. Mercy llevaba el vestido de raso blanco bordado en oro, y alguien le había vuelto a poner en el pelo las rosas que se le habían soltado.
Cuatro lacayos de Danby guardaban las esquinas.
Detrás rezaban clérigos, actores, actrices y caballeros. Entre ellos estaba el doctor Compton.
Gideon dio dos pasos. Las llamas de los cirios empezaron a moverse delante de sus ojos. Creyó ver que Mercy se incorporaba y le tendía los brazos, igual que se los había tendido a él la tarde en que le encargó los guantes.
—En medio de la vida estamos en la muerte… —recitaban los clérigos.
—¡Perdonadme! —gritó Gideon—. Rezaré por vos todos los días de mi vida. Haré penitencia. ¡Pero no me llevéis con vos!
Cayó de rodillas. Los presentes se apartaron.
Compton lo levantó con ayuda de un criado y lo llevó a una habitación cerrada.
—Este hombre ha perdido el juicio —les dijo a quienes intentaban seguirlos.
Cuando se quedaron solos, Gideon se miró las manos.
—Yo le di con qué hacerlo.
—Ella eligió —dijo Compton.
—Pero yo se lo puse en la mano.
—Y yo no os pregunté nada cuando vinisteis a contármelo. Y Jasper os obligó. Y Rochester la dejó sola con su fiebre. Y Julian se llevó la caja creyendo que la salvaba. —Compton se sentó a su lado—. Todos hicimos algo, señor Vale.
Gideon no respondió. Seguía mirándose las manos.
En la sala de al lado, los clérigos terminaron el oficio. Abajo, Caleb seguía repartiendo chelines. Londres sospechaba que en aquella muerte había algo que nadie quería contar, y tenía razón. A los magistrados se les ordenó que no averiguaran qué.