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Antes de ir a ver a Danby, Rochester separó de los papeles de Jasper los borradores escritos con aquella letra demasiado regular y se los guardó. Llevó el resto.
En la portería escribió tres líneas:
Milord: tengo en mis manos el cuchillo que puede cortaros la cabeza. Os lo entregaré si me recibís.
Lo hicieron pasar enseguida. Danby vio las manchas de sangre en el legajo y reconoció las cartas de Barillon y de Montagu.
—¿Cuánto pedís por ellas?
—No he venido a venderlas. He venido a que cerremos esta pesadilla. Jasper Quill está muerto en Great Queen Street. Lo maté yo, en defensa de una dama. Nadie investigará cómo.
Danby no hizo preguntas.
—Mercy Lane ha muerto —continuó Rochester—. Se puso un guante envenenado que preparó para ella vuestro guardarropa mayor. Cualquier médico dirá que fue la fiebre que arrastraba desde hace días, y así constará.
Danby se sentó. Rochester vio en su cara que lamentaba la muerte de Mercy, y vio también, a continuación, que calculaba cuánto iba a ahorrarse.
—Quiero un salvoconducto para sir Julian Villiers y su esposa, y otro para mí. Licencia para viajar a las Provincias Unidas.
—Se lo pediré al rey.
—Firmadlo vos. Hoy.
Danby escribió las órdenes, las firmó y las selló. Después tomó la primera carta de Barillon, la acercó al fuego y esperó a que se consumiera antes de quemar la siguiente. Rochester lo dejó terminar.
—Os han quitado el miedo por ahora —dijo—. Pero pronto llegarán otros que sepan lo que sabía el bufón.
—Ya tengo quien me proteja de eso.
Rochester recogió su bastón.
—Adiós, Thomas Osborne.
En la escalera se cruzó con sir Bartholomew Crane, que subía con un nombramiento enrollado bajo el brazo. El magistrado se detuvo al reconocerlo y se puso pálido.
—Milord…
—Me dicen que os vais a Jamaica. Buen viaje, sir Bartholomew. Dicen que allí la justicia también es ciega, así que no echaréis nada de menos.
Bajó a la calle. Ned Rook lo esperaba con dos caballos y el coche para Harwich enganchado.
—¿Nos vamos, milord?
Rochester miró el cielo despejado sobre Westminster, el primero en seis días.
—Antes tengo que despedirme de alguien.
Se refería a Charlotte, en la casa quemada junto al río. No sabía si ella querría verlo.
Montó y tomó el camino de Knightsbridge.