Seis días de lluvia 96
97%

96

Rochester bajó la escalera despacio. Tenía la sensación de que, si se paraba, no podría volver a moverse.

En la puerta, Lucy forcejeaba con Gideon para entrar. Al verlo bajar se quedó quieta.

—¿Dónde está Julian?

—Arriba. Ahora baja.

—¿Y ella?

Durante todo el descenso, Rochester había ido preparando una mentira.

Pensaba contarle a Lucy que Mercy había querido que Julian se sintiera culpable, que lo había llamado para hacerle daño y que aquella muerte era la última función de una actriz despechada.

Así protegería aquel matrimonio de una muerta que pesaría sobre los dos el resto de su vida.

Julian bajó detrás de él. Lucy corrió hacia él y se detuvo a un paso.

—Os mentí esta tarde —dijo él—. No fui a cerrar ningún asunto. Vine a verla. Me había citado, y no os lo dije. Había preparado una caja de guantes con veneno. Me la llevé para tirarla al río. Ella se quedó el guante envenenado. Ha muerto.

Lucy lo escuchó sin moverse. Rochester pensó que iba a apartarse de él, pero la mujer lo tomó de la mano.

—Gracias por decírmelo.

Rochester decidió guardarse la mentira que traía preparada. No iba a hacerle falta.

Gideon se había sentado en el bordillo, bajo la lluvia, y lloraba con la cara entre las manos.

—Yo lo hice —repetía—. Con mis propias manos. Yo lo hice.

Compton se sentó a su lado y no le dijo nada. Después se levantó, se quitó el manto y cubrió con él a Jasper.

Rochester miró al bufón. Por los borradores de Jasper sabía ya que Carstairs llevaba dos días muerto en Bow Street, y adivinaba quién lo había matado.

Aquella noche, él había matado a Jasper, el hombre que la había criado.

Y arriba, entre rosas sueltas, yacía muerta la muchacha a la que Jasper había querido más que a su vida.

Llevaron el cadáver de Mercy a su casa en una silla de manos, de madrugada.

Martha abrió la puerta, vio el vestido blanco y no dijo nada.

Se limitó a sentarse en el suelo del zaguán.

Entre sollozos, mencionó un testamento. Rochester lo encontró en un cajón.

Estaba fechado aquella misma tarde y firmado ante notario.

Al leerlo tuvo que sentarse.

Mercy dejaba seis mil guineas a Jasper si la sobrevivía; si no, irían para los pobres.

Mil a Martha, mil a Caleb. Mil a Gideon Vale, por un gran favor.

Cuatro mil para obras de caridad y diez mil a la parroquia de St Martin-in-the-Fields para su sepultura, para socorrer a los necesitados y para que se predicara un sermón en su memoria.

Pedía una tumba sencilla. Nombraba a Rochester su único albacea.

Y le pedía que eligiera un objeto suyo y lo conservara.

Por un gran favor. Rochester entendió lo que significaba y dejó el papel boca abajo sobre la mesa.

—Tengo que sacar a Julian y a Lucy de Inglaterra —le dijo a Compton—. No podré quedarme a cumplir con esto.

Redactó un poder para que el obispo se ocupara del albaceazgo en su nombre. Compton firmó como testigo y aceptó.

—¿Volveréis?

—No lo sé. Os escribiré.

Rochester entró en la alcoba. La habían tendido en la cama, con el vestido blanco y las manos cruzadas. Se descubrió y le tomó la mano, ya fría.

—Te dije que no te mataría —dijo en voz baja—. Te mentí sin saberlo.

Sacó la daga y le cortó un rizo, el más oscuro, el que le caía sobre la sien.

Se lo guardó junto al pecho.

Al salir de la casa, ya amanecía. Tardó unos pasos en darse cuenta de qué era lo que había cambiado en la calle.

Había dejado de llover.