95
Mercy oyó girar la llave en el zaguán. Solo había dos llaves de aquella puerta. Una la tenía ella. La otra se la había llevado Jasper.
Durante un instante pensó que el bufón volvía solo, como lo había visto marcharse.
Después recordó lo que le había ofrecido aquella tarde: Puedo ir a buscarla.
Que te vea con él. Ella le había dicho que no.
Pero Jasper ya había hecho cosas por ella sin pedirle permiso.
Pensó que, si subía la escalera con Lucy Ainsworth, la encontraría sola en un salón preparado para dos, vestida de novia para un hombre que acababa de marcharse con otra en el corazón.
Pensó también en lo que tenía junto al pecho.
Lo sacó del pañuelo. El guante derecho estaba tibio por el calor de su piel. Se lo puso despacio, dedo a dedo, como si lo hiciera para salir a escena. Era suave y olía a ámbar. Después se lo quitó y se llevó la mano a los labios.
Le pareció que no pasaba nada. Luego notó un frío que le subía por el brazo.
Los pasos llegaron a lo alto de la escalera. El tapiz se apartó. No era Jasper ni Lucy. Era Rochester, con la cara mojada y una espada en la mano. Detrás de él entraba un obispo con una linterna.
Rochester vio primero el vestido, después la cara de Mercy y luego el guante sobre la alfombra. Soltó la espada.
—Mercy…
Le arrancó el guante de la otra mano con un pañuelo, aunque ya no servía de nada. Compton se arrodilló a su lado y le sujetó la cabeza. Le estaba hablando, pero Mercy tardó en entender lo que decía. Le pedía que vomitara, que respirara, y la llamaba por otro nombre.
—Rose…
Mercy quiso decirle que se llamaba Mercy Lane, pero no le salió la voz.
Hubo carreras en la escalera. Alguien subía los peldaños de tres en tres. Julian apartó el tapiz. Venía empapado y sin aliento, con las manos vacías. Se detuvo un instante en el umbral y luego cayó de rodillas junto a ella.
Le tomó la mano, la que había llevado el guante.
—¿Por qué?
Mercy lo miró. Tenía tantas respuestas que no sabía cuál era la verdadera. Pensó que ya no iba a tener que ver cómo la olvidaba. Pensó en Martha, en el vestido blanco que había esperado dos años en un arcón y en un teatro donde, por una vez, había entendido las palabras de amor que recitaba.
Después dejó de pensar.
Compton le cerró los ojos. Rochester se quedó de pie junto a la mesa, con la mirada en las rosas que se le habían soltado del pelo.
Duele, hace cometer disparates. Pero no os matará.
Abajo, en la calle, una mujer preguntaba por su marido.