94
Julian bajó hacia el río por las callejas que hay detrás del Strand, con la caja apretada contra el pecho.
Al principio caminó deprisa, sin pensar en nada más que en llegar al agua.
Después más despacio. En la escalera de Hungerford, los barqueros se habían refugiado bajo un alero y el Támesis corría negro e hinchado por seis días de lluvia.
Julian bajó hasta el último peldaño que no cubría el agua.
Bastaba con soltar la caja. La corriente se la llevaría hasta Greenwich, y nadie podría morir.
No la soltó.
Había jurado a Lucy que no le ocultaría nada, y aquella noche ya le había ocultado adónde iba. Si iba a contarle que había tirado al río un veneno preparado para alguien, tenía que saber qué había tirado. Necesitaba entender hasta dónde había llegado Mercy, y hasta dónde la había empujado él.
Se agachó bajo el alero, al abrigo de la lluvia, y desató la cinta roja y negra. Dentro, envuelto en papel de seda, había un guante de cabritilla blanca, perfumado con ámbar, con el puño bordado en plata. Uno solo. El izquierdo.
Julian se quedó mirando el hueco donde tenía que estar el otro. El papel de seda conservaba todavía su forma. Mercy no le había entregado el veneno. Se lo había quedado ella.
La caja cayó al agua. Julian ya corría escaleras arriba.
Volvió por el Strand esquivando coches y resbalando en el empedrado.
Chocó con un mozo y tiró al barro una linterna.
Alguien le gritó algo a su espalda. En Drury Lane le faltó el aire, y siguió corriendo sin él.
Al entrar en Great Queen Street vio luces delante de la casa.
Había dos caballos sin jinete. Un hombre estaba tendido en el suelo.
Gideon Vale sujetaba del brazo a una mujer con un manto oscuro.
La mujer se volvió.
—¡Julian!
Era Lucy. Julian no se detuvo. La puerta estaba abierta. Subió la escalera de tres en tres hacia la franja de luz que se veía bajo un tapiz.