Seis días de lluvia 93
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Lucy había vuelto a los baúles cuando le anunciaron a Jasper Quill. Lo hizo pasar porque conocía a Mercy. El bufón entró sin saludar. Tenía los ojos enrojecidos y respiraba con un silbido áspero. De vez en cuando le recorría los hombros un temblor breve.

—Guardad todo eso. No os vais a marchar.

—¿A qué habéis venido?

—A deciros que Julian se quedará en Londres. Mercy os lo está quitando, y no piensa devolvéroslo. Sé dónde están. Si no me creéis, seguidme y lo veréis con vuestros propios ojos.

Lucy le sostuvo la mirada. Jasper tenía fiebre o rabia, quizá las dos cosas.

—¿Están juntos ahora?

—Se han citado mientras vos hacíais los baúles.

Le había prometido a Julian no interrogarlo cada vez que cruzara una puerta. No le había prometido no seguirlo.

—Llevadme.

Salió por la puerta de servicio con un manto oscuro. La lluvia corría por las calles en arroyos. Jasper caminaba deprisa, y en los tramos inundados la levantaba por la cintura y la dejaba al otro lado. Cruzaron Charing Cross y el Strand y subieron por Drury Lane.

En Great Queen Street, una voz los detuvo en la oscuridad.

—Quedaos donde estáis.

Jasper retrocedió un paso.

—¿Rochester? —dijo Lucy.

—¿Lucy? ¿Quién os acompaña?

—Jasper Quill.

Rochester se colocó entre los dos, con la espada en una mano y la daga en la otra.

—Poneos detrás de mí, pegada a la pared.

Jasper soltó una risa breve.

—Apartaos, Rochester.

—Dejadla y marchaos.

Jasper atacó. Lucy vio el destello de un puñal, oyó el acero contra el acero y vio a Rochester retroceder para alejar el combate de ella. Jasper era más bajo, pero atacaba deprisa, desde ángulos que la poca luz no dejaba ver. Rochester esquivó un tajo, se volvió hacia el costado del bufón y golpeó.

Jasper cayó sobre las piedras.

Lucy se arrodilló a su lado antes de que Rochester pudiera impedírselo. El bufón tenía los ojos muy abiertos.

—Decidle a Mercy… —empezó.

No terminó la frase.

Sonaron cascos de caballo. Dos jinetes llegaron bajo la lluvia. Compton desmontó con una linterna. Gideon bajó del caballo tambaleándose, vio el cuerpo en el suelo y se agarró a la manga de Rochester.

—En esa casa hay una caja de guantes atada con una cinta roja y negra. El derecho lleva veneno. Lo preparé yo.

—¿Para quién? —preguntó Lucy.

Gideon no la miró.

—No lo sé. Me lo encargó Mercy.

Rochester se arrodilló junto a Jasper y le registró la ropa.

Encontró una llave y un legajo de papeles atados con un cordel.

Se lo pasó a Compton, que lo abrió a la luz de la linterna.

Encima había varias cartas con la firma de Danby.

Debajo, unas hojas sueltas escritas con una letra que Lucy reconoció antes de leer una palabra.

Era pequeña, cuidadosa y tan regular que parecía trazada con regla.

—Esa letra… —dijo—. Es la del memorial de Rowley.

Compton pasó las hojas. Eran borradores: el memorial contra Danby, con tachaduras y frases corregidas. Una carta dirigida al rey hablaba de una llave bajo el almohadón. Otra, a un magistrado de Westminster, denunciaba un cadáver en Bow Street.

—Era él —murmuró Compton—. Desde el principio.

—¿Y Julian? —preguntó Lucy—. ¿Dónde está Julian?

Nadie le respondió.

Rochester ya estaba delante de la puerta. Probó la llave del bufón. Funcionó.

—Quedaos aquí —le dijo a Lucy—. Gideon, no os separéis de ella.

Lucy quiso seguirlo. Gideon le puso una mano en el brazo, y ella no la apartó.

Rochester empujó la puerta. Compton entró tras él con la linterna.