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Rochester salió del barro sin zapatos y con las medias negras hasta las rodillas. Ned Rook lo arrastró mientras a su espalda la casa de Norwood seguía ardiendo.
—Si os quedáis a contemplarla, tendré que sacaros de debajo de una viga.
—Guíame.
En una taberna del camino, Ned le dio sus propios zapatos y se puso unos viejos que le vendió el tabernero por una guinea. Había dos caballos ensillados en la cuadra.
—Ya los tenías preparados —dijo Rochester.
—Por si las cosas se torcían. Y se han torcido.
Salieron al galope hacia Knightsbridge. Bajo la lluvia, Rochester miró a su salvador de reojo.
—Norwood llegó a tiempo.
—Porque yo le escribí. Una carta sin firma: su mujer estaba en la casa del río y no estaba sola. —Ned no se molestó en parecer avergonzado—. Sin esa carta, seguiríais cenando con la condesa. La condesa me pagó por traeros, y vos me pagaréis por sacaros.
Rochester se rio por primera vez en todo el día.
—Desde ahora estás a mi servicio. Alquila un coche hasta Harwich y que espere en la posada del White Hart.
Reúne a diez hombres con caballos y armas.
Necesito todo listo a medianoche. —Le dio la carta para Buckingham—.
Y esto viaja con nosotros. Si me pasa algo, llévala a las Provincias Unidas y entrégasela al duque en persona.
Ned se guardó la carta sin hacer preguntas.
En Whitehall, Rochester desmontó y fue derecho a los aposentos de Lucy. La encontró de pie entre baúles abiertos, con la licencia de la reina sobre la mesa.
—Por fin —dijo ella—. ¿Dónde estabais?
—Preso, y luego en un incendio. Ya os lo contaré. ¿Dónde está Julian?
—Salió antes de las ocho. Dijo que tenía que cerrar un asunto. No me dijo cuál. —Lucy apretó los labios—. No le pregunté. Le había prometido no hacerlo.
—¿Tenéis idea de adónde ha ido?
—Solo conoce a una persona en Londres a la que no podría ver delante de mí.
Rochester no la contradijo.
—Seguid haciendo los baúles. Volveré con él.
Fue a casa de Mercy tan deprisa como le permitían las piernas y los zapatos de otro. Martha le abrió con la cara descompuesta.
—Mi señora salió con Jasper antes de las ocho. Se puso el vestido blanco, el que nunca se había puesto. Lloró todo el día.
—¿Adónde ha ido?
Caleb se rascó la oreja desde la escalera.
—Esta mañana llevé la vajilla de plata y unas botellas a otra casa que tiene la señora, en Great Queen Street, cerca de Drury Lane. El guardarropa del rey estuvo allí toda la tarde preparándolo todo.
Rochester recordó a Mercy, con fiebre, diciéndole a Martha que avisaran en el teatro de que estaba enferma, y su propia frase de dos noches antes: no os matará.
Salió sin despedirse. Fleet Street, el Strand, Drury Lane.
Las piernas lo obligaban a apoyarse en las paredes y el empedrado mojado lo hacía resbalar, pero no aflojó el paso.
Al entrar en Great Queen Street vio dos figuras que avanzaban hacia él bajo la lluvia. Una era baja y ancha. La otra, una mujer envuelta en un manto, que se apoyaba en su brazo.
Rochester desenvainó la espada que se había llevado del gabinete de Norwood.
—Quedaos donde estáis.