Seis días de lluvia 91
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Jasper lo había llevado a oscuras por una casa vacía. Le iba indicando los giros y contaba los peldaños en voz baja. En el piso alto, una línea de luz asomaba bajo un tapiz.

—Está ahí. Os dije que algún día os pediría un favor. Es este: escuchadla hasta el final.

Julian levantó el tapiz. Esperaba encontrar a Mercy en una habitación discreta, pero encontró un salón iluminado, mucha plata y una cena para dos en la que habrían comido una docena de personas.

Mercy estaba de pie junto a un sillón, vestida de blanco y oro, con rosas y brillantes en el pelo.

Tardó un instante en notar lo pálida que estaba bajo las joyas.

—Acercaos —dijo ella—. No os he traído aquí para miraros desde el otro extremo de la sala.

—Creía que os encontraría en Charing Cross. ¿Por qué todo esto?

—Quería recibiros bien.

Le señaló un asiento y ella ocupó el otro. Llenó dos copas. Julian tomó la suya, pero no bebió.

—¿Me amáis? —preguntó Mercy.

—Me atraéis desde el primer día, pero amo a mi mujer.

—No os pediré que dejéis de amarla, pero necesito que vengáis conmigo. Escapemos esta noche. Tengo dinero y joyas. En Francia o en las Provincias Unidas nadie sabrá quiénes somos.

—Estoy casado. Lucy confía en mí. Le di mi palabra ante Dios.

—Yo conseguí que os abrieran la cárcel. Se lo supliqué a Danby y soporté que supiera por qué. Después hice que vuestra libertad llegara a manos de Lucy, para que fuera ella quien os sacara. Os devolví a ella con mis propias manos.

—Nunca podré agradeceros lo bastante lo que hicisteis.

—No quiero gratitud.

Se arrodilló. La falda blanca se extendió sobre la alfombra. Julian intentó levantarla y notó que le ardía la frente.

—Estáis enferma. Voy a llamar a alguien.

—No. Mientras estéis aquí, no entrará nadie.

Mercy se incorporó apoyándose en la mesa. Sin querer, sus ojos fueron hasta el centro, a la caja de falso nácar con la cinta roja y negra.

Julian siguió su mirada y alargó la mano.

—¿Qué hay ahí?

—¡No la abráis!

El grito fue tan brusco que él retiró la mano.

—¿Es veneno, Mercy?

Ella no lo negó.

—¿Para quién?

—No lo sé.

Julian miró la caja. Pensó en Lucy, que lo esperaba en Whitehall y que no sabía adónde había ido. Pensó en Mercy sola en aquella sala cuando él se marchara. Podía llamar a la guardia, pero eso significaría Newgate para ella.

Tomó la caja con las dos manos.

—Me la llevo.

Mercy no se movió.

—Haced lo que queráis con ella —dijo.

—La tiraré al río. Nadie volverá a tocarla.

—¿Me amáis, aunque sea un poco?

—Sí. Lo que siento por vos no es solo lástima.

—Entonces despedíos de mí.

Le tomó la cara entre las manos y lo besó. Julian no se apartó. Cuando ella se separó, los dos tenían los ojos húmedos.

—No digáis nada. Quiero recordar esto sin vuestras explicaciones.

Lo acompañó hasta el tapiz.

—Prometedme que cuidaréis de Lucy.

Julian asintió. Se guardó la caja bajo la capa, apartó la tela y se volvió una sola vez. Mercy seguía de pie en medio de la luz, con una mano apoyada sobre el corpiño.

Bajó a oscuras. Detrás de él, alguien que no vio cerró la puerta de la calle con llave.

La lluvia lo recibió en la calle. Julian apretó la caja contra el pecho y echó a andar hacia el Támesis. Si la tiraba al río, nadie podría tocarla.