Seis días de lluvia 90
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A las ocho menos cuarto, Mercy Lane entró en la casa de Great Queen Street del brazo de Jasper Quill.

Gideon había hecho un trabajo admirable.

El salón del piso alto estaba cubierto de tapices flamencos y de espejos con marco de plata, y la araña de cristal multiplicaba cada llama.

Había cuatro mesas servidas con platos para veinte y cubiertos para dos.

En el centro, sobre un cojín de terciopelo y rodeada de otras seis cajas, había una de falso nácar con una cinta roja y negra.

Mercy se había puesto por fin el vestido blanco bordado en oro, el que llevaba dos años guardado en el arcón.

Se había sujetado los rizos con una corona de rosas y brillantes, y llevaba rubíes en el cuello y en los brazos.

Bajo el maquillaje, la fiebre le encendía las mejillas, y cada vez que respiraba le costaba un poco más.

—Ha quedado hermoso —dijo—. Gracias.

—Ha costado trabajo. Y tu dinero.

Jasper alargó la mano hacia la caja de la cinta. Mercy le agarró la muñeca.

—No toquéis los guantes.

—Me pides que confíe en ti sin decirme qué va a pasar. Te he criado. Déjame ayudarte.

—Ya me habéis ayudado.

—Julian ama a Lucy.

—No digáis su nombre. —Mercy se apoyó en la mesa—. A veces quisiera que desapareciera. Y después me avergüenzo. Ni siquiera la conozco lo bastante para odiarla.

—Puedo ir a buscarla. Que te vea con él.

—No. Lucy no merece que le haga daño para aliviarme yo.

Jasper la miraba sin entender: la mesa, el vestido, la caja.

—¿Y si no acepta?

Mercy apartó la vista.

—No volváis a preguntármelo. Id a Charing Cross. Estará esperándome junto a la estatua del rey. Dejad la casa a oscuras. Que solo haya luz aquí. Traedlo hasta la puerta y marchaos. Quiero hablar con él sin testigos.

Jasper recogió la capa. En el umbral se volvió.

—Te conozco desde el día en que naciste. Nunca me había dado miedo dejarte sola.

—Pues hacedme este último favor.

Salió. Mercy oyó sus pasos en la escalera, la puerta de la calle y luego nada.

Se quedó sola con la mesa, con las velas y con la caja.

Deshizo el lazo. Le temblaban los dedos y no la obedecían del todo.

Dentro, envueltos en papel de seda, había un par de guantes de cabritilla blanca, perfumados con ámbar, con los puños bordados en plata. Eran preciosos.

No tocó el izquierdo. El derecho lo sacó por el puño, usando dos dedos, como quien sostiene algo vivo.

No quería que se quedara en la mesa. Lo envolvió en un pañuelo y lo guardó en el corpiño.

Luego cerró la caja y volvió a atar la cinta con tanto cuidado que nadie habría notado que la habían abierto.

Se sentó a esperar.

Pensó en lo que le diría cuando apartara el tapiz. Lo había ensayado muchas veces. Pensó también en la otra posibilidad, la que no se había atrevido a ensayar.

Abajo, en el zaguán a oscuras, giró una llave.