Seis días de lluvia 89
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Antes de bajar a recibir a su marido, Charlotte se había quitado el vestido de novia. Guardó la seda blanca y las perlas y se puso un vestido oscuro que nadie habría tomado por el de una cena de amantes.

Lord Norwood la esperaba de pie en la sala. Ella le hizo una reverencia y él inclinó ligeramente la cabeza.

—Me dijeron que esta noche estabais de servicio en Whitehall.

—Y a mí, que seguíais desterrado.

—El rey me ha levantado el destierro. He respetado vuestra libertad mientras no ha puesto en entredicho mi nombre. Decidme quién está en esta casa.

—Rochester.

Norwood tardó en contestar.

—¿Es vuestro amante?

—Lo amo.

—Puedo hacerlo encerrar. Y puedo denunciaros.

—Podéis hacer eso, o podéis seguir administrando mis rentas. Mirad, en público seguiré llevando vuestro apellido y evitaré el escándalo. En privado, viviré como quiera.

—Queréis pagarme para que acepte una afrenta.

—Os propongo que dejemos de fingir entre nosotros. Ante la corte fingiremos todo lo que haga falta.

La explosión los interrumpió. Toda la casa tembló.

—¡Fuego en las habitaciones de la condesa!

Charlotte echó a correr. En el corredor el humo salía por debajo de su puerta.

Los criados llevaban cubos de agua y gritaban órdenes que nadie obedecía.

Entró en una habitación vecina que daba al jardín y abrió la ventana.

La lluvia le golpeó la cara. Abajo, junto al muro, había un hombre hundido en el barro hasta las rodillas, con una espada en la mano.

Forcejeaba para sacar una pierna, y cada vez se hundía un poco más.

Habría bastado un grito para que los criados que corrían hacia el fuego bajaran a por él.

Lo devolverían arriba, a la casa, a ella.

No gritó.

Por el borde del jardín, pegado a la tapia, avanzaba otro hombre. Le lanzó algo, una capa, y tiró de ella hasta que la tierra soltó a Rochester. Después, los dos se perdieron detrás de los árboles.

Charlotte se quedó en la ventana con la lluvia golpeándole en la cara. Él se había ido.

Oyó a Norwood a su espalda.

—¿Era él?

—Era.

Norwood sacó un papel doblado del bolsillo.

—Alguien me escribió anoche que estaríais aquí, y que no estaríais sola. No lo firmaba. Decía ser un amigo.

Acercó el papel a la vela, esperó a que ardiera hasta el último borde y dejó caer las cenizas al suelo.

—Ya no tengo que hacer nada —dijo—. Se ha ido solo.

Salió de la habitación. Charlotte no se volvió. Detrás de los árboles, el resplandor del incendio teñía de rojo las nubes sobre el jardín. Más allá no había nada.