88
Rochester llevaba un día entero encerrado en la casa del río cuando Charlotte mandó servir otra cena para dos.
Había vajilla de oro y cristal de Venecia, y las velas se multiplicaban en los espejos.
Las armas de Norwood aparecían en las fuentes y en los tapices.
Rochester las había visto. También había visto la llave que Charlotte llevaba colgada al cuello.
—Me hicisteis prender —dijo él.
—Mi padre rompió la orden. Yo compré otra.
Rochester dejó la copa.
—Julian está preso en la Gatehouse por lo de Rowley.
—Julian tiene una esposa y una madre que mueven cielo y tierra por él. Vos solo me tenéis a mí.
Charlotte rodeó la mesa y le apoyó una mano en el hombro.
—Quizá yo pueda ayudaros. Queréis devolver a Buckingham al Consejo y que mi padre caiga. Os ofrezco todo lo que tengo: mi puesto en Whitehall y el nombre de mi padre. Si tengo que vigilar a un hombre al que detesto, lo haré.
—¿Y Norwood?
—De él también sabré ocuparme.
Rochester comprendió que Charlotte podía abrirle puertas a las que ni Buckingham ni él llegarían solos. Y comprendió también que, si aceptaba, nunca podría alejarla de su lado.
—Tengo que irme, Charlotte. Tengo que sacar a un muchacho de una cárcel y llevar una carta a un duque.
—Si salís por esa puerta, sabré que me habéis vuelto a engañar.
—No me obliguéis a apartaros.
—Tendréis que matarme para salir.
En ese momento se oyeron pasos en el corredor.
—¡Señora! Soy Judith. Ha llegado lord Norwood. Pregunta por vos.
Rochester buscó a su alrededor. No tenía espada ni bastón.
—En el gabinete hay armas —dijo Charlotte—. Esperad aquí y no se os ocurra moveros mientras hablo con mi marido.
Salió. Rochester oyó girar la llave y después una barra que se deslizaba al otro lado.
—Desde luego que no se me ocurrirá —murmuró.
Esperó a que los pasos se alejaran. Tomó una vela y entró en el gabinete. Era una pequeña armería. Había pólvora, mosquetes de caza, espadas, dagas y pistolas. Eligió una espada, una daga y dos pistolas. Probó una puerta que esperaba que diera a un balcón y encontró una ventana con una reja gruesa.
Miró los frascos de pólvora.
Con la punta de la daga abrió una grieta entre el marco de la reja y la pared, la llenó de pólvora e hizo un reguero hasta un rincón donde podría protegerse.
Después arrastró mesas y sillas hasta la puerta del salón, añadió un arcón, colchones y mantas, y arrancó un tapiz y las cortinas para amontonarlos encima.
Miró un instante la cama preparada para Charlotte y para él.
Y acercó la vela a las telas.
El fuego subió por las cortinas y el humo llenó el salón. Rochester corrió al gabinete, prendió el reguero de pólvora y se agachó detrás de un mueble pesado. La explosión arrancó la reja e hizo temblar todos los cristales de la casa. Al otro lado de la puerta empezaron los gritos.
Rochester trepó hasta el hueco y saltó sin saber cuánta altura había.
Cayó de pie en el jardín. La tierra, empapada tras seis días de lluvia, se lo tragó hasta las rodillas.
Tiró de una pierna. No salió.
A su espalda, la casa ardía.